El guardián del agua

Por Irving Ramírez Flores

Cada noche el guardián del agua quiebra su sueño y se levanta antes que claree el alba para juntar agua en siete baldes y cinco tachos. El agua, en su zona de Cayhuayna, en Pillco Marca, viene de madrugada, o a veces a medianoche. Si es a medianoche, debe levantarse a esa hora. “Es mejor, para dormir después más tiempo”, dice, mientras sonríe con resignación… Saber resignarse, para él es de cada día, o de cada noche. El agua hace su aparición a partir de las tres de la mañana. Casi siempre.

     En su labor de aguatero lleva dedicado más de treinta cinco años y sigue. Él es el guardián del agua. Su faena nocturna es solitaria. A veces la luna llena le alumbra o le acompaña, Chezman, su perro ciego, que olfatea el agua, lo bebe y luego vuelve a su covacha a rumiar su sueño. “¿Es que sino con qué se come?”, increpa el guardián del agua. Y tiene razón. A pesar de todo, a él, un poco, la suerte le acompaña: el agua llega a un caño de su casa.

     Hay otros que en la calle, cada noche, hacen cola ante una pileta para juntar agua en baldes y galones. “Sin agua no hay vida”. Después trasladan los recipientes hacia sus casas camino arriba, algunas están cerca y otras a no poca distancia. Se los oye susurrar, reír, a veces discutir o pelear, o permanecen en silencio lamentando quizás ese castigo inmerecido de vivir sin ese elemento vital y soñando con que algún día el agua en sus casas sea un abrir de caño. Pero qué se hace. Deben seguir. Sus hijos esperan. Sin agua no se merienda, no se lava, no se vive. El agua lo es todo. Siempre ha sido así desde los primeros tiempos.

     A la autoridad de Pillco Marca y a las otras que fueron, o a las que son en el departamento, el agua les debe sobrar y ser en sus hogares como aire abundante. Les debe alcanzar hasta para regar el jardín, lavar el carro del año, bañar al perro o al gato —Es el lujo del manguerazo. Claro, si a ellos no les falta, o les sobra, para qué preocuparse. Que los demás sobrevivan. Ahora si quisieran procurar agua a sus vecinos, tampoco podrían… Sucede que, por incapacidad o desidia, el deseo del pueblo se hace agua. Así los eligieron. Quizás dirán: “¿Acaso no hay agua en el Huallaga?”.

     En temporada de lluvia el agua cae, reverdece el valle y trae dicha al guardián del agua. Este se refocila, coloca tinas y recoge agua que cae del techo. En el fondo sabe que la lluvia es ave peregrina, pero es buena y sirve; solo hay que esperarla. Aunque la espera desespera, no importa hay que esperarla.

     Hoy son las cinco de la mañana, y soy otro guardián del agua, un aguatero más, un asistente, un ayudante. El caño surte agua rala, lenta, parece despedirse ya.

     —¿Y qué hará cuando todo el día haya agua en su casa? —pregunto.

     —Me tomaré con gusto una chela, que también es de agua, ¿verdad? —responde y esboza una sonrisa.

     Él sabe que es una tarea impuesta, que la vigilia es su día a día, o su noche a noche, que no hay solución por el momento y que ya le agarró el gusto. Hay que poner buena cara, porque hay otros que viven en peores condiciones… Hay noches que el agua no llega. Solo se oye su grito lejano en el tubo del caño. Entonces hay que pedirla a las buenas gentes y lavar la ropa en un pequeño pero bravo río en Huancachupa. No queda remedio. Así será hasta que algún día ocurra un milagro. “Quizás no esté muerto cuando venga todo el día. Espero estar para recibirla con las manos y agradecerla, porque a mí la agüita nunca me abandona”, responde el guardián del agua, mientras lava sus manos en el caño y luego, somnoliento, cambia de balde…