Escribe: Ronald Mondragón Linares
Ayer, en el día después del triunfo de la selección peruana sobre Paraguay, he preguntado– a los amigos, a los grupos de estudiantes del colegio donde dicto clases, a algunos familiares-: ¿qué actividad que no sea el fútbol convoca a verdaderas masas, pletóricas de emoción, en un desborde inusitado de energía ansiosa, de júbilo que se desboca muchas veces en el desenfreno?
Nadie me supo responder. En realidad, no hay actividad que supere al fútbol en niveles de pasión desbordante y de la más cara expectativa colectiva. Pero de lo que se trata es de preguntarnos y reflexionar por qué sucede ello.
En una época en que el teatro se ha vuelto una actividad que en general solo es degustada por una élite, el estadio y sus graderías han reemplazado al magno escenario del telón teatral. Para ir más lejos, el estadio del balompié se ha convertido en el verdadero sucedáneo ya no de las graderías griegas sino, salvando las distancias, del coliseo romano.
Es cierto que el gusto en la Antigua Roma, primero por las comedias y después por el espectáculo sangriento, tuvo una clara intención política y de manipulación ideológica por parte del Estado. También, en esa misma línea, podemos convenir que el espectáculo y los avatares futbolísticos también están presentes en las tácticas manipuladoras, tanto de los poderes globales como de gobiernos interesados en distraer a la población con circo futbolero, a falta de pan. Sin embargo, no me termina de convencer la idea de que, detrás del encantamiento y la locura pasional del fútbol, solo se encuentren intereses políticos.
El siglo XX ha sido testigo, en el Perú, de grandes frustraciones sociales y proyectos inconclusos. El Apra fue uno de ellos. La izquierda también. Luego, se abrió una herida muy honda y muy oscura con la irrupción de Sendero Luminoso. La miseria y la pobreza planeaban, en esa época, como buitres en el cielo peruano. Luego, se abrió otra grieta en el corazón de la sociedad con la dictadura criminal de Fujimori. La democracia misma ha sido otra de esas esenciales frustraciones de nuestro país. Bandas políticas corruptas, ya en el siglo XXI, se disputan el poder. Y, luego, la pandemia.
Mi explicación o mi tesis, si quieren, respecto al insólito fuego fatuo pero real del fútbol, es que funciona como catarsis, a través de una poderosa válvula de escape hecha de ansiedades y depresiones que erupcionan en gol, en grito, en abrazo (con el amigo o el desconocido) que quiere estrechar la solidaridad que se perdió, la honestidad que se perdió en un país que queremos ver nacer de nuevo y no podemos.
No podemos, hasta ahora. Es la verdad. La impotencia, ya no individual sino social, la resolvemos en el grito desaforado, en el improperio a los errores de los futbolistas-errores también nuestros-, en la felicidad que se nos presenta compartida y mágica, en la locura que se nos antoja – y la realidad lo confirma- tiene dimensiones planetarias.
Solo falta decir que la catarsis, como tal, tiene una cara positiva. No solamente procesa las furias y las penas de un país en plena demolición ética. No solamente nos sitúa y nos hace ver con horror el abismo ante el cual nos encontramos en grave peligro si no hacemos algo.
También hace que aflore en nosotros lo bueno y lo generoso que podemos ser y que, hasta ahora, fuera de los gritos de los goles y los vasos de cerveza entre ellos, no hemos sido ni mostrado lo suficiente. La verdadera comunión y confraternidad humana, la emoción social como uno de los caminos de la justicia, la búsqueda del ennoblecimiento moral de un país. En suma, el amor auténtico a una patria que debe ser de todos-como la selección de fútbol.




