Jacobo Ramirez
«Profe, ¿usted fuma?». «¿Por qué?», le digo sorprendido, mientras pongo mi mirada de malo sobre su rostro. «Porque el otro día le he visto, sentado en una de las bancas de la Plaza Mayor, fumando un cigarro. Estaba con su gorrita y su mochila». «Seguramente se ha confundido o, como es periodista, tal vez me quiere sacar boca», pienso. Y como quiero continuar con la conversación, le sigo el hilo de su discurso.
«Eran como las ocho y media de la noche, le vi botando humo por la boca como tren de sierra». Hasta ese momento, pensé que el único que mentía era yo, pero me estaba dando cuenta de que este joven era más fabulador que toda la asociación de escritores juntos, y para saber en qué iba a terminar todo esto, continué escuchándolo.
«Quise acercarme para fumar con usted, porque yo también soy adicto a este vicio. Pero como soy un poco chupado, me senté en otra banca y fumé mi cigarro solo. De rato en rato le observaba y me di cuenta de que usted fuma como chino en quiebra, ya que, ni bien terminaba uno, encendía otro. Pero seguramente usted fuma para inspirarse, ¿no dicen que así son los artistas?», me aclaró, mientras botaba humo por las fosas nasales.
«Profe, para que sepa que digo la verdad, mientras usted estaba fumando se le acercó un viejito, se sentó a su lado y comenzaron a hablar. Pensé que seguramente era un pata de su promo y, en cuestión de minutos, ese lugar se convirtió en una chimenea. Luego usted miró su reloj, se despidió de su amigo y se marchó sin destino. Y ahora que le encuentro me gustaría invitarle un cigarrito mientras conversamos, ¿qué dice?» Le acepto, nos sentamos en una de las bancas del parque Cartagena, y me cuenta: «El primer cigarrillo que fumé fue a los trece años, mi papá fue quien me lo encendió y me dijo que si me atoraba nunca más me daría otro. Y cuando me lo prendió fumé con gusto y, desde ese día hasta hoy, le sigo con el vicio. Profe, he leído que esta huevaba mata, que jode los órganos respiratorios, que cuando van pasando los años los pulmones se ponen negros y no puedes respirar. Que da cáncer a la garganta, al estómago, al esófago, al páncreas y a hasta a los huevos; de hecho, dicen que si uno abusa de él, puede que hasta nunca más se le vuelva a parar la pinga, pero aun así yo sigo fumando, porque, profe, usted sabe que fumando o sin fumar, igual algún día entregaré la jeta al Soberano. Profe, ¿y usted que fuma, y está ya medio viejito, puede dar fe de ello o es pura habladuría? También me han dicho que si sigo así no podré respirar y que me tendrán que hacer una traqueotomía; la verdad, profe, eso no me preocupa, porque si me hacen un hueco en la tráquea, por ese huequito, yo le aseguro que seguiré fumando. Profe, ¿prendemos otro para seguir conversando?» «Por supuesto que sí», le digo.
«Mi abuelo fue fumador, tres cajetillas diarias, tuvo tres mujeres; y, en cada una de ellas, cinco hijos. Mi papá me contó que el viejo fumaba desde los trece años. Por eso aquello de que el cigarro te pone estéril, no lo creo. A mis treinta y cinco años, profe, fumo dos cajetillas diarias, y lo único que siento es un dolor estomacal durante todo el día, me agito cuando camino, doce dientes menos en mi boca. Pero no creo que sea por causa del cigarro, ¿verdad? También leí que uno de los componentes del cigarro es el formol, esa cosa que echan a los muertos para conservarlos algunos días, profe. Si es verdad, yo estaré bien conservado, ¿no? Pucha, profe, creo que le estoy haciendo perder la paciencia, mejor me voy, y ojalá otro día podamos seguir conversando. Pero antes de irme, le aseguro, con todo mi corazón, que yo no soy fumón sino fumador, y si se me presenta la oportunidad de meterme un porro algún día, lo voy a rechazar porque eso no es para mí». «Okey», le digo, mientras nos despedimos.



