El fascismo de ayer y hoy I

J. Miguel Vargas Rosas

En la publicación anterior, hemos demostrado que mientras se exige a los trabajadores u organizaciones populares a someterse al supuesto sistema “democrático” burgués, las clases gobernantes y, principalmente, las superpotencias actúan con poco tino “democrático”, invadiendo países subdesarrollados militarmente, saboteando economías y aplicando la violencia desmedida contra los pueblos externos y contra sus propios pueblos. Esto nos lleva a examen el tema del fascismo y este es uno de los tópicos ampliamente tratados por Mariátegui en La escena contemporánea. El fascismo carecía de un programa o una ideología como tal, pero se constituyó en una expresión antirrevolucionaria y de sojuzgamiento contra el proletariado. Por ello, recibirá el apoyo directo e indirecto de la burguesía. En la Segunda Guerra Mundial, las superpotencias en pugna con los países socialistas no vieron peligro en dicha política hasta sentirse amenazadas por las tropas nazis y, sobre todo, por el triunfo de la URSS sobre el nazismo; este último hecho ponía en demasiado riesgo la comodidad del imperialismo. Para Mariátegui, el fascismo perdura en la historia porque, a diferencia de otros movimientos, ocupó un lugar bien definido en la lucha de clases, la cual, a decir de Marx, es toda la historia de la humanidad.
«El fascismo (…) tomó posición en la lucha de clases. Y, explotando la ojeriza de la clase media contra el proletariado, la encuadró en sus filas y la llevó a la batalla contra la revolución y contra el socialismo. Todos los elementos reaccionarios, todos los elementos conservadores, más ansiosos de un capitán resuelto a combatir contra la revolución que de un político inclinado a pactar con ella, se enrolaron y concentraron en los rangos del fascismo» (Mariátegui, J. La escena contemporánea. 1981, p. 33).
De esta manera, el fascismo no es un movimiento surgido al azar que representa solo a aquella época de entreguerras, sino que se constituye en una expresión del conservadurismo para batallar contra cualquier intento de revolución o de protesta incómoda, alzando como bandera el ultra nacionalismo o chauvinismo, condimentado de otras teorías o pensamientos retrógradas. Esta es también la política de las superpotencias, quienes intentan aplastar y someter a los demás países para percibir mayor cantidad de plusvalía o riquezas. Este último planteamiento nuestro se conecta muy acertadamente con lo que Lenin ya explicaba acerca del imperialismo: «Ante todo, surgen aquí dos cuestiones de hecho: ¿se observa una intensificación de la política colonial, una agudización de la lucha por las colonias, precisamente en la época del capital financiero?» (Imperialismo, fase superior del capitalismo. 1975, p. 98) y, tras arrojar una respuesta afirmativa, predecirá lo siguiente: «Junto a las posesiones coloniales de las grandes potencias, hemos situado las pequeñas colonias de los pequeños estados, que son, por así decirlo, los próximos objetivos de una posible y probable “redivisión” de colonias. Estos pequeños estados, en su mayoría, conservan sus colonias solo porque las grandes potencias se ven desgarradas por intereses contrapuestos, fricciones, etc., que les impiden llegar a un acuerdo sobre el reparto del botín» (Imperialismo, fase superior del capitalismo. 1975, p. 104) Para dicha “redivisión” que se hace cada cierto periodo o para que ciertas potencias afiancen su poderío mundial, les es indispensable el método fascista.
Por ende, el fascismo es una política indispensable del capitalismo e imperialismo para mantener las cosas en orden. Maher, H. (2024) en su “¿Fascismo neoliberal? Tendencias fascistas en el pensamiento neoliberal temprano y ecos en la actualidad” identifica tres puntos de convergencia entre el neoliberalismo y el fascismo. «El primero fue la creencia de que el socialismo debía ser combatido por todos los medios posibles, incluyendo la violencia y la represión de la democracia popular. El segundo fue una comprensión racializada de los fundamentos de la economía de mercado, que condujo a la aceptación de la necesidad de la exclusión racial. En tercer lugar, tanto los pensadores fascistas como los neoliberales creían que el patriarcado era una característica necesaria para la reproducción del capitalismo (…)» (p. 393)
Nos interesa más el primer punto, pues Mariátegui sentenció que la cuestión de clase diferencia a los individuos más que el sexo o la raza y esta es una verdad universal. Es, dentro de este contexto clasista, en el que el neoliberalismo se arma del fascismo para poder luchar contra cualquier intento de revolución socialista e incluso contra cualquier protesta popular conducente a reformas que puedan resultar nocivas para los intereses mezquinos de la clase social gobernante. No obstante, bajo el sistema capitalista perviven también los aires funestos del machismo y del patriarcado, pero esto no hace que lo planteado por Mariátegui acerca del rol clasista de las mujeres pierda vigencia; porque, ciertamente, las mujeres pueden ser «reaccionarias, centristas o revolucionarias»; algo semejante ocurre con la cuestión racial. Esto lo entendieron bien los burgueses y, por ello, tienden a distorsionar el camino clasista del movimiento femenino, conduciéndolo hacia las vías del reformismo pequeñoburgués. Saidel, M. (2020) nominaliza los actos de violencia política, militar y económica de las grandes superpotencias como “neoliberalismo punitivo” o “fascismo neoliberal”, debido a que «no solo sirve para construir una comunidad imaginaria, sino también para disciplinar y castigar a los sectores pauperizados y precarizados por las políticas de ajuste y endeudamiento, a la vez que se minan las bases del estado de derecho y de la democracia liberal» (pp. 71 – 72). Es decir, las acciones perpetradas por el imperialismo y sus burguesías marionetas conllevan a la violación de sus propias leyes, denotando así la obsolescencia de su falsa “democracia” burguesa. En consecuencia, puede dársele el nombre que se quiera, pero el fascismo es política esencial para el capitalismo; sin ella, no puede la burguesía mantener el orden de las cosas; no puede conservar el poder.