Por: Jacobo Ramírez Mays
Hace unos días caminaba por el Mercado Modelo, que de modelo no tiene nada, y en medio de la gente que transitaba llevando bolsas de plástico con compras, de choferes que te ofrecen llevar casi a la mala a algún lugar, me detuve a contemplar y a escuchar a un hombre con barba recrecida, con una bolsa de tela colgada a un costado del cuerpo y una Biblia en la mano, quien gritaba explicando la palabra de Dios.
En esas circunstancias, un borracho, que estaba más feliz que los santos en el cielo, insultó al predicador. Entonces, este respondió a la ofensa diciéndole: “¡Hermano, debes dejar el vicio y entregarte al Señor!”.
El borrachito interpretó mal eso de “entregarse al señor”, y haciéndole recordar a su madre, le dijo que él era bien hombre, que podía ser borracho, pero ni después de tres días de borrachera se entregaría a ningún señor.
Ante tal agresión, el evangélico le dijo: «¡Conviértete, sé un hombre nuevo, yo era antes como tú, ahora soy distinto!«
El bebido, tambaleándose de un lado a otro y levantando las cejas, le respondió: «Cómo es eso de hombre nuevo, a ti te veo como de cincuenta años, un hombre común y corriente, y de nuevo no tienes nada; creo que lo único nuevo que tienes es tu cabeza, que debe estar llena de aserrín. De que seas distinto, en eso sí tienes razón, aunque parece que de tanto leer, no libros de caballería, sino la Biblia e interpretarla mal, se te ha secado el cerebro; y date cuenta que ni yo, que estoy borracho desde hace dos días, ando por la calle gritando como loco».
El creyente, levantando la voz, le gritó: «¡Fuera, Satanás!» El borracho miró a todos lados con la intención de ver a Lucifer correr ante tal orden, pero al ver solo a las personas que se movían de un lado para otro, recriminó al predicador diciendo que ni Satanás ni Lucifer ni Leviatán le hacían caso, y que no le engañe con ese cuento. Además, si el amo de las tinieblas estaba en ese momento ahí, que por favor, en vez de largarlo, lo debería de convocar para que los tres juntos conversen y se aclaren algunos asuntos.
El predicador, ante tales respuestas, abrió su Biblia y dirigiéndose al borrachín y gritando con todas sus fuerzas, le manifestó que en primera de Corintios capítulo seis, versículo diez, dice: «Ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores, heredarán el reino de los cielos» «¿Escuchaste?: ¡Ni los borrachos!», recalcó. El embriagado movió los ojos de un lado a otro, y también levantando la voz, le contestó: «En primer lugar, chupo con mi plata, que es fruto de mi trabajo, no robo a nadie ni un sol; en segundo, lugar no soy avaro como algunos pastores evangélicos que piden diezmos para llenarse más los bolsillos; no trabajo en programas de farándula para difamar ni he estafado a nadie con cuentos que si te comportas bien irás al cielo y si te comportas mal al infierno. Lo de borracho es cierto, soy borracho».Y dirigiéndose a todos los que estábamos escuchando dicha discusión, dijo: «El que alguna vez no haya tomado siquiera una copita que lance la primera piedra» y miró desafiante a todos. Luego, dirigiéndose a su predicador, le dijo: «No sé si en primera o segunda de Corintios, de la misma Biblia que usas para predicar, pero lo que sí estoy seguro es que en el capítulo 15, y del versículo tampoco me acuerdo, se manifiesta que debemos comer y beber porque mañana moriremos». Ante tal desafío, el bíblico no supo qué contestarle, y después de una pausa le aclaró que estaba interpretando mal la palabra de Dios, que lo que quería decir es que no debería emborracharse hasta perder el sentido y su condición de hombre y le dijo que el alcohol le hace daño; y el borrachito le respondió que él ya le había perdonado por el daño que le hacía.
Después, parándose fuerte y sintiéndose un poco sano, se acercó al hombre de Biblia, se abrazaron como si fueran viejos amigos y se marcharon por en medio de la gente, el caos vehicular y el desorden que impera en ese lugar.
Las Pampas, 12 de mayo de 2016



