EL ESPÍRITU DEL DEBATE

Por: Arlindo Luciano Guillermo

Debatir es sinónimo de confrontar, exponer, compartir, socializar y discutir democráticamente ideas, planes, programas, proyectos y puntos de vista. Es una de las herramientas vitales que dispone el ciudadano para hacer conocer lo que piensa, siente, sueña y desea. La democracia se robustece, precisamente, con el debate respetuoso, hábil, de argumentos y contraargumentos racionales. En democracia, el debate es tan necesario como el aire que respiramos.
El debate permite a los ciudadanos, de boca de los propios aspirantes a autoridades, conocer qué van a hacer cuando lleguen al poder, qué decisiones van a tomar desde el poder político y administrativo. El debate es tan esencial en la toma de decisiones. El proverbio popular “piensa antes de hacer” refleja la importancia que tiene el debate y la discusión antes de elegir por tal o cual opción. En este momento, miles de ciudadanos debaten para defender al candidato de su preferencia, exaltan las virtudes de uno, demonizan al otro.
El debate con intransigencia, intolerancia y estupidez es diálogo de sordos. Quienes se perjudican son los ciudadanos que esperan ávidos propuestas, novedades en la política, la educación, la economía y la cultura. Escuchar más de lo mismo es monotonía, tedio, bostezo de hipopótamo, aburrimiento. El debate se hace interesante, atractivo, cuando los contendientes proponen y contraproponen. El debate se hace sabroso con la ironía proverbial y el humor fino. El payaso, el cómico ambulante, el torpe, el chistoso arranca risas e hilaridad, pero no propone nada, porque no tiene nada que ofrecer ni aportar.
El debate no convierte a los actores en enemigos irreconciliables ni en potenciales opositores políticos. El debate, correctamente concebido y dirigido, conduce también a entendimientos con sinceridad y honestidad sobre problemas comunes que se deben enfrentar en beneficio de los pueblos, de las comunidades, de los ciudadanos. El problema de la inseguridad ciudadana todos conocemos, padecemos, pero el cómo resolverlo es un tema de debate. El espíritu del debate se orienta a informar con firmeza, probidad, transparencia y respeto los proyectos políticos a los ciudadanos votantes, quienes, en sus manos, tienen la responsabilidad social y moral para elegir autoridades, gobernantes y líderes.
El debate público empobrece, se reduce vilmente al nivel del chisme y al lío de callejón, cuando se tiene una mirada retrospectiva del contrincante. El pasado de un político, de un ciudadano que incursiona en política, es un pasivo de tamaño variable, en unos más y en otros menos, que puede jugar en contra, siempre que las “malas prácticas” continúen vigentes. Un acto de enmendadura oportuna, respaldado con “buenas prácticas”, decencia y credibilidad convierten al político en un personaje con autoridad y confianza. Solo ver qué se hizo y no se hizo en el pasado conduce al debate a un escenario donde predomina la chacota, el careo bravucón, los dimes y diretes. Así, el debate es inútil, un saludo a la bandera, un cumplido electoral. El currículo del candidato debe ser impecable, intachable, íntegro, transparente. Hoy, ni uno ni otro tienen credenciales de pulcritud política ni moral, porque los políticos son ciudadanos imperfectos, propensos al error, al delito, a las trasgresiones y la demagogia. Exigirles otro credencial sería pedir peras al olmo. Una vez más los ciudadanos peruanos estamos en una encrucijada: ¿por quién votar? El debate entre ambos candidatos muy poco inclinará la balanza para uno u otro lado. Solo esperamos que el voto sea informado y responsable. Vamos a elegir presidente de la república para 5 años.
En el debate político hay temas sumamente sensibles, que es preferible esquivarlos y no caer en provocación. En los debates se hacen pisar el palito, el que se pica pierde y corre el riesgo de caer estrepitosamente en las encuestas y en la intención de voto. El machismo, el pasado oprobioso, la religión, la homofobia, el matrimonio civil y la equidad de género tienen una poderosa carga controversial, emocional, que pueden enturbiar un debate sobrio, respetuoso y necesario. La habilidad, la sensatez y la inteligencia emocional del polemista entran en acción para exponer con serenidad, escuchar con oído de tísico sin interrumpir y arremeter como un depredador sobre el contrincante. Todo, sin duda, dentro de las reglas democráticas: escuchar y ser escuchado. Solo así el ciudadano votante podrá escuchar qué proponen, qué se traen entre manos, qué cartas debajo de la mesa esconden y cómo resolverán los problemas los aspirantes a la presidencia de la república.
El debate técnico tiene una perspectiva muy peculiar. Se trata de exponer con claridad y sinceramiento cómo se resolverán los problemas a corto y largo plazo, con el apoyo de la “voluntad política”, que siempre debe estar presente. Quien, finalmente, toma decisiones es el gobernante, sobre la base de las sugerencias y propuestas de los técnicos. Solo los tecnócratas, con su sapiencia indiscutible, habilidad gerencial y alta acreditación profesional, no resolverán los problemas de descentralización, educación de calidad, seguridad ciudadana o lucha frontal contra la corrupción. Se necesita, impostergablemente, que el componente político, que encarna el gobernante, le dé impulso oportuno a la “opinión técnica”.
El debate debería convencer a los indecisos, desconfiados, escépticos, quienes consideran que la política es un “negocio empresarial”. Los peruanos elegiremos, entre dos propuestas diferentes, según nuestras preferencias, responsabilidades y convicciones, al presidente de la república que gobernará hasta el 28 de julio de 2021, año del bicentenario de la independencia del Perú, hecho histórico que revela la gesta continental para sacudirnos del poder español.
Mientras el voto en el Perú sea obligatorio, el debate “jugarán un rol” motivador para votar, asumir una responsabilidades e informar sobre planes de gobierno, equipos técnicos y estilo para conducir al país. Miles de peruanos muestran repugnancia, indiferencia y toman distancia de la política por el modo cómo se ve y se practica. Del debate político y técnico a gobernar hay un largo trecho, que no necesariamente se cumple. Una cosa es debatir y otra, muy distinta, es gobernar, tomar decisiones políticas, ejercer liderazgo de una nación y cumplir con la oferta electoral.
Un debate político pone en vitrina a los candidatos políticos para verlos cómo exponen, qué dicen, qué gestos hacen, cómo plantean los problemas, cómo se defienden y cómo sacan provecho de las circunstancias. El debate, reducido al mutuo reproche, a la pulla insistente, pero lejano de la propuesta, no contribuye con el fortalecimiento de la democracia, ni la simpatía de los ciudadanos por la política ni la persuasión de los electores que aún no saben por quién van a votar.