Jorge Farid Gabino González
Propalado el último fin de semana a través de un conocido dominical de señal abierta, el vídeo de lo que vendría a ser una suerte de detrás de cámaras del golpe de Estado perpetrado por Pedro Castillo ha sacado a la luz muchas y reveladoras cosas en torno a lo que en realidad habría ocurrido durante la antesala del tristemente célebre mensaje a la nación golpista del aprendiz de tiranuelo. Hito indiscutible de la política peruana de los últimos años, y que por ello mismo marcaría un antes y un después en esa retahíla de acontecimientos nefastos para el país, y a los que, a falta de mejor nombre, cierto sector de la ciudadanía, todavía incapaz de entender la real gravedad de lo sucedido, insiste en tildar de “gobierno del pueblo”, la ruptura del orden constitucional llevada a cabo por Castillo había estado rodeada hasta no hace mucho de más dudas que certezas. Ya no lo está más. O no tanto, que tratándose del asunto de que se trata no es poco decir.
Revelaciones que a todas luces sobrepasan lo solo concerniente a aspectos propios del ámbito jurídico, las imágenes mostradas por la prensa, y difundidas hasta el hartazgo por las redes sociales, se han encargado de poner en evidencia, antes que nada, el que el sujeto de marras que con sus acciones y omisiones (más estas que aquellas) contribuyó en no poca medida a llevar al país al estado de crisis social y económica en que ahora se encuentra, y que se vio sensiblemente agudizado a raíz de su merecido encarcelamiento, sabía a cabalidad lo que estaba haciendo cuando, guion en mano y asesores de por medio, le dio por dirigirse a la Nación para decretar la reorganización del sistema de Justicia, y anunciar, como si de un detalle menor se tratara, la inmediata disolución del Congreso.
Con todo y ser de suma importancia para el proceso que se le sigue el que se establezca con certeza el grado de participación que tuvo Castillo en la planificación y consumación de los hechos, para lo cual el video en cuestión resulta, naturalmente, de capital importancia, no es de ello de lo que nos gustaría ocuparnos más en este momento, sino de la manera en que quedó al descubierto que solía conducirse el susodicho cuando sabía que se encontraba lejos de las preguntas incómodas de la prensa independiente, esto es, cuando tenía la seguridad de que quienes lo rodeaban eran de los suyos.
Y es que el Pedro Castillo que pudimos apreciar en la grabación que recoge los minutos previos al golpe de Estado dista mucho en realidad de aquel personaje elemental, timorato y sin muchas luces que todos estábamos ya acostumbrados a ver cada vez que se presentaba en público, tanto dentro como fuera del país. Es más, diríase incluso que el Pedro Castillo que se ve allí es en verdad otra persona. Alguien completamente distinto del que todos conocemos. Alguien seguro de sí mismo. Alguien que no solo no tiene ni el más mínimo temor por las consecuencias que podría acarrear lo que está a punto de decir ante millones de personas, sino que además se muestra molesto porque no se le permita comenzar a decirlo de una vez por todas.
Imagen de seguridad y fortaleza la antedicha que se verá no obstante dejada de lado apenas comience a hablar, ¿o deberíamos decir, mejor “actuar”? Pues si hay algo que contrasta, y diametralmente, es la manera en que se muestra minutos antes del mensaje a la nación, y durante el desarrollo del mismo. Primero: desafiante, mandamás, chulesco. Después: timorato, apocado, aprensivo. Esto es, ni más ni menos que la imagen que tiene acostumbrado mostrar: la del discriminado, la del segregado, la del pobrecito.
Claramente no es nada de ello. Lo demuestra el hecho ahora evidente e incontrovertible de que la imagen que ha estado brindando a lo largo de estos meses no es más que una careta. Un vulgar y a la vez muy bien estudiado disfraz con el que se ha estado presentando ante la ciudadanía para hacerse pasar por alguien que en verdad no es, o no es en esa misma medida. ¿Que para qué darse semejante afán? Pues para hacer una de las cosas que ha demostrado hacer como pocos: dar pena.
Que para nadie es un secreto que si hay algo capaz de mover a los peruanos, ese algo es la lástima. Y Pedro Castillo lo sabe muy bien. Su “negocio” es el dar pena. El hacerse la víctima. Que haya salido a dar su mensaje a la nación con las manos temblorosas es solo parte del espectáculo. Que haya llegado a decir que había sido obligado a leer la sarta de disparates dichos durante su discurso es solo parte del guion. Un guion en cuya redacción contó, por supuesto, con la participación de más de un voluntarioso ministro. Un guion cuya escenificación, asimismo, se vio notoriamente enriquecida por las dotes histriónicas de un payaso que lo último que podría producirnos es risa.




