EL CORAZÓN ARDIENTE DEL ESTÍO

Arlindo Luciano Guillermo

Samuel Cárdich tenía acostumbrado a sus lectores a una poesía introspectiva, de evocación y elegía, de intenso testimonio, con alto lirismo, lenguaje y arquitectura del discurso laboriosamente trabajados. Luego de publicar Heredar la Tierra (tema ambiental) y La lira de los colores ilustres (pintores y sus obras relevantes), de súbito cambia notablemente tópico y estilo con el reciente poemario El corazón ardiente del estío (Ediciones Condorpasa, 2024, 72 págs.). Incursiona sutil, prudente, sin provocaciones ni exhibición de la anatomía sexual, y temerario por la senda de la poesía erótica donde se hila fino y ajusta celosamente la palabra, la frase poética, la verbalización de la mujer, la libido, los genitales, la metáfora, el símil idóneo, el hipérbaton, el enunciado vocativo y el tono suplicante, de invocación y recordatorio para centrarse diligente en el discurso poético en el marco del erotismo, la sexualidad, el goce y el deseo. Tiene 31 poemas cuyo tema esencial es, precisamente, el gozo, deseo e instinto sexuales. En el título, la “voz poética” está simbolizada por el corazón, órgano vital de arraigo romántico y apasionado; el adjetivo “ardiente” refiere a la intensidad del erotismo; el tiempo idóneo: el verano, estación calurosa, sofocante, de sudoración, desnudez. Las ilustraciones pertenecen al pintor Israel Tolentino Cotrina; la imagen de la carátula, al artista plástico Oliver Mucha Chávez. En el poema “Exaltación de los sentidos”, la “voz poética” dice: “A eso yo te invito: a la exaltación de tus sentidos, / que te vuelva implorante de caricias / y distorsione la belleza de tu faz, apenas útil / para el ojo, a que se quiebre la sobriedad / de tu boca y tu voz suelte una plegaria / de alabanza al amor en el momento justo / que estemos cercanos  al mutuo arribo / y me pidas que apure el clímax, / y sea, finalmente, tierno como un golpetear / de alas de paloma, / suene como un aplauso largo y entusiasta”. Nótese que es solo deseo, no hay consumación del acto sexual. La intensidad del erotismo se diluye en el símil.

En el capítulo 20 de Cien años de soledad de García Márquez, solo quedan dos Buendía Iguarán (Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula, sobrino y tía). Se lee: Una noche se embadurnaron de pies a cabeza con melocotones en almíbar, se lamieron como perros y se amaron como locos en el piso del corredor, y fueron despertados por un torrente de hormigas carniceras que se disponían a devorarlos vivos”. En este notable pasaje se evidencia cópula desenfrenada y concupiscencia, sentimiento amoroso e incesto, fetichismo sexual. El núcleo temático de Un corazón ardiente en el estío es el deseo, el goce e impulso sexuales, interpelación a la mujer, la contemplación, sutileza y ponderación para exponer sobre los genitales, la seducción con fines sexuales, el coito, la desnudez femenina y el ardor del frenesí íntimo. Es la “voz poética” -el varón suplicante, ávido y voraz- quien habla, mientras el interlocutor, la mujer, no responde, solo se muestra esquiva, erótica, delirantemente sensual. El sexo es una atracción diaria, sea activo o contemplativo, erotismo, intimidad amorosa. Una vez más retorno a La llama doble: erotismo y amor, el anverso y reverso en la existencia de los hombres. El corazón ardiente del estío es una hipótesis demostrada. El poema “Canto profano” dice: “Con el látigo dulce de tu lengua / crispa mis nervios en el beso / y con tu boca succiona el hongo / que envenena con locura / tu imaginación más desmedida”. En estos versos confluyen sexo e imaginación. La imaginación convierte el sexo y el coito en erotismo y sensualidad. El erotismo es cultura e imaginación; el acto coital, fisiología y flujo incontenible que también disfrutan los animales. “Yo ensalzo tu pubis insaciable que renueva el deseo” (“Sueño y realidad”).  

El corazón ardiente del estío es una invitación para disfrutar de la vida y sus intimidades, a través de la poesía erótica, sin malicia, pecado ni hipocresía. Cito a Octavio Paz: “En todo encuentro erótico hay un personaje invisible y siempre activo: la imaginación, el deseo”. En el poema “Madriguera del lobo” se lee: “…soy un caballo lleno / de ritos, soy una garra de terciopelo. / Tu boca: morada, / tu sexo: morada abierta”. En “Cabalgata”, la construcción poética se centra hábilmente en imágenes eróticas de ardor, insinuación y temperatura: “Teje en dos trenzas tus cabellos negros / que caen en cascada sobre el llano / deshabitado de tu espalda, para usarlas / como riendas suaves, y, detrás de ti / pueda cabalgar, ya al trote corto, ya al galope, / para guiarte por el territorio / de la cópula  y así logres arribar al horizonte / del clímax, al gimo repetido, que echa sus aromas / áspero, más intensos que un rosal / en primavera, tan sedantes / como una tibia infusión de pasiflora”. En el primer poema “En el altar de Venus”, la “voz poética” oficia de intercesor de un oferente ante Venus. “Diosa del amor (…) / Concédele, al suplicante que llega a ti desnudo / y con ávido deseo de consuelo, la hembra / que sepa extraviarlo en el laberinto de sus noches / tórridas y de par en par le franquee la puerta / del cielo en la tierra, lo deleite / con los frutos rojos de su fogosa intimidad”. Safo dice en Oda a Afrodita: “Inmortal Afrodita de trono colorido, / hija de Zeus, que tramas ardides, te suplico: / ni a tormentos ni a angustias me sometas, señora, el corazón…”.  

El acto coital se consume inexorablemente, el deseo y el gozo empequeñecen, el erotismo se desgasta, sobrevive porque es imaginación, el amor perdura y supera adversidades; muere el hombre, el amor continúa. Escribe Octavio Paz: “Ningún amor, sin excluir a los más apacibles y felices, escapa a los desastres y desventuras del tiempo. El amor, cualquier amor, está hecho de tiempo y ningún amante puede evitar la gran calamidad: la persona amada está sujeta a las afrentas de la edad, la enfermedad y la muerte”. En El cantar de los cantares, ELLA le dice a ÉL: “Guárdame en tu corazón / como tu sello o tu joya, / siempre fija en tu muñeca, / porque es fuerte el amor como la muerte, / y la pasión, tenaz como el infierno; / sus flechas son dardos de fuego / como llama de Yahvé. / ¿Quién apagará el amor?” Samuel Cárdich escribe: “Me alucina el temblor silente / que te acomete cuando acaricio el herbaje / oscurecido y disperso de tu pubis, / bellos por los vellos que adornan el corte / de tu sexo que alimenta la sed / del falo que una y otra vez te atraviesa / y transforma en una mujer líquida,” (“Oda a una mujer desnuda”). El corazón ardiente del estío espera al lector desinhibido que disfruta la vida y sus misterios, intimidades, equilibrios y desvaríos. Para contradecir a César Vallejo, que escribe “Mi oscilación sexual está helada”, Cárdich dice: “Tú que eres flor y tu belleza engalana / la rama de los días trashumantes; / tú que sabes a almíbar y estás hecha de frutos / del trópico y tu cuerpo exhala el aroma / de los nardos, deja que mi boca aplauda la gracia / de tus formas, que mi sexo atice / la pasión y penetre / hasta el último resquicio de tu alma” (Invocación para abrir un sueño”).