El frenesí inversor en la inteligencia artificial (IA) ha alcanzado proporciones históricas, impulsado por la promesa de la Inteligencia Artificial General (IAG) y el potencial de revolucionar la economía global. Gigantes tecnológicos estadounidenses se preparan para inyectar cerca de 400 mil millones de dólares en la infraestructura crucial para el desarrollo y operación de modelos de IA este año. Este despliegue de capital sin precedentes plantea interrogantes significativas sobre la sostenibilidad y el impacto de estas inversiones masivas.
Según la investigación publicada por The Economist, la valoración combinada de los líderes del sector como OpenAI y Anthropic se aproxima al medio billón de dólares, mientras que los analistas estiman que el gasto mundial en centros de datos superará los 3 billones de dólares para finales de 2028. Esta fiebre inversora, aunque impulsada por la promesa de la IAG, conlleva riesgos sustanciales.
La expectativa de que la IAG, capaz de superar las capacidades cognitivas humanas promedio, esté a la vuelta de la esquina, alimenta una competencia implacable. Sin embargo, incluso en un escenario optimista donde la IAG impulse un crecimiento económico anual del 20%, no todos los participantes se beneficiarán. De hecho, muchos inversores podrían enfrentarse a pérdidas significativas, ya que la tecnología puede evolucionar de formas inesperadas. Un ejemplo histórico es la transición de la corriente continua a la alterna en el siglo XIX, donde las empresas que apostaron por la tecnología menos eficiente quedaron obsoletas.
Hoy en día, la creencia generalizada es que los ganadores en la carrera de la IA serán aquellos capaces de operar los modelos más grandes. No obstante, las primeras implementaciones están recurriendo a modelos lingüísticos más pequeños, lo que sugiere que la potencia informática necesaria podría ser menor de lo previsto. Además, la adopción generalizada podría ser más lenta y llena de obstáculos, brindando a los rezagados una oportunidad para competir. Factores como la complejidad tecnológica, la dificultad para asegurar un suministro eléctrico adecuado y la inercia administrativa podrían frenar el ritmo de adopción.
Si las expectativas de ingresos derivados de la IA no se cumplen, inversores y acreedores podrían mostrarse reacios a seguir invirtiendo a gran escala. Esta desaceleración podría llevar a que muchas empresas emergentes, agobiadas por las pérdidas, se retiren del mercado. Gran parte del gasto actual podría resultar inútil, a diferencia de otras burbujas tecnológicas como la de las puntocom, que dejaron un legado duradero en forma de redes de fibra óptica. En el caso de la IA, gran parte de la inversión se destina a servidores y chips especializados que se vuelven obsoletos rápidamente.
El sistema financiero actual parece capaz de absorber un posible revés, ya que gran parte de la inversión en centros de datos se ha financiado con los beneficios de las grandes empresas tecnológicas y los fondos del mercado privado. Sin embargo, a medida que el auge de la inversión se extienda, las estructuras de financiamiento podrían volverse más riesgosas y las empresas podrían endeudarse más. Las empresas eléctricas, presionadas para aumentar su inversión en infraestructura, podrían sobrecargarse financieramente. El auge de la IA ha contribuido significativamente al crecimiento del PBI estadounidense, pero una reducción de los proyectos de inversión podría tener un impacto negativo en la economía.




