El circo Montecarlo

Escrito por:  Cristhian J. Ayala

La presentación impecable, mágica, de ingenio tesonero, que compromete a las opulencias del circo Montecarlo, parece haberla idealizado un genio de la comicidad; pues para muestra de un botón, en el imaginario colectivo, donde se tejen los hilos entre las palabras y las cosas, el circo Montecarlo se asocia con la proeza corporal, con elementos cómicos y con un modo normal de vida, con su cortejo de carrozas y, en su versión más moderna, de camiones y caravanas. A partir de este conjunto de imágenes podríamos definirlo como una diversión popular un poco antigua y generalmente itinerante que, en el centro de un círculo inmutable, convoca emociones fuertes que van de la risa al pavor. El circo Montecarlo no solo es un teatro popular, sino el más popular de los espectáculos. Es también el más aristocrático y el más heroico, el único teatro donde la perfección es la regla.

En cuanto a los artistas, estos parecen asumir con facilidad una amplia gama extremadamente variada de personajes, que van de la bestia al ángel o del monstruo paleolítico a la heroína intergaláctica. Nada del otro mundo, pues en esta arena de la desmesura el hombre se convierte, por una parte, en un genio alado y por otra en un indígena de la selva amazónica. La sorpresa es justamente lo que busca, en todas sus variantes que van de la admiración y de la proyección de lo mágico a la provocación más frontal. Le corresponde entonces al espectador desenredar la multitud de sentimientos ambivalentes, en tanto las contorsiones del artista pueden provocar una admiración llena de envidia o de rechazo a la idea del sufrimiento que padece para ejecutar sus proezas. El arte de la diferencia de los artistas, en sus aspectos más triviales, impuestos por ellos mismos, se apasiona al resultado de sus horas de trabajo. Cada acto se entiende como una manifestación de entera fortaleza mental. Desde el joven, de tono trigueño, atravesando una cuerda sencilla y con los ojos vendados, el mago intentando engañar al público con sus actos de intensa frialdad al ejercerlos, hasta las damas, cautivadoras señoritas con sencillez de gitanas, volando sobre los aires cual palomas atravesadas por el viento.

El circo Montecarlo intenta asumir una postura extremadamente variada, casi de novedad absoluta. Así los espacios pintorescos con entarimados guiados por un alambrado, donde no existe la mentira ni el dolor, consiguen cautivar de opulencia a los niños de todas las edades. Los colores de sus resquicios juegan un papel importante para transportar a la sensibilidad humana vibraciones unicelulares de intensa felicidad. Estamos, pues, frente a una comicidad exigente de personajes que coinciden al reconocer en sus oyentes una dimensión de seres puramente maestrales.