El bien común por delante

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

La incompetencia de nuestros políticos para enfrentar con acierto los estragos que, con altas y bajas, viene causando el coronavirus en el país desde hace ya casi un año, ha quedado demostrada desde todo punto de vista a lo largo de estos difíciles meses, y a todos los niveles. Lo inexplicable, lo incomprensible, lo inaceptable, es que a pesar de haber pasado ya por la denominada primera ola de la pandemia durante buena parte de 2020; y de haber, en consecuencia, vivido en carne propia la terrible experiencia de ver nuestro sistema de salud colapsado a causa de los embates de la COVID-19, el nivel de preparación de nuestros gobernantes para cuando llegase el momento de tener que enfrentarnos a los embates de la segunda ola haya sido prácticamente nulo; por no decir que inexistente, en un gran número de casos.

Y no hay disculpa que valga para lo hecho por estos granujas, desde luego. Porque lo que estaba en juego aquí no eran las coimas por la adjudicación de obras públicas; eran ni más ni menos que vidas humanas. Vidas que, de haberse tomado las acciones que se debieron tomar de manera oportuna, no se habrían perdido de una forma tan absurda, tan descabellada, tan inadmisible, como es que al final ha ocurrido. Así, desde el gobierno central hasta los más recónditos gobiernos locales, no hemos tenido autoridades que supieran estar a la altura de las circunstancias, que estuvieran en la capacidad de tomar decisiones oportunas, que actuasen con resolución ante la inminencia de la catástrofe que se nos aproximaba.   

Porque tendrían que haber sido imbéciles redomados, individuos a los que las luces no les alcanzasen para ver más allá de sus narices, para suponer que lo que comenzaba a vivir la totalidad de países que, al igual que nosotros, habían soportado ya la primera acometida del virus, no lo viviríamos también los peruanos. Como si el Perú tuviese corona. Como si a los peruanos el virus de marras nos tuviese miedo. Si solo era cuestión de tiempo para que la historia se repitiera; esto es, si más temprano que tarde volveríamos a ver nuestros hospitales colapsados y a nuestras autoridades sin atinar a dar ni un solo paso en firme. Qué es lo que a fin de cuentas ha pasado. Ni más ni menos.

Las consecuencias, naturalmente, las vivimos ahora: gente muriendo sin que el Estado esté en condiciones de brindar una efectiva respuesta. Con un Ejecutivo que no sabe dónde tiene las narices en materia de salud pública; con parlamentarios cuya agenda tiene como prioridad a cualquier cosa menos, claro, a afrontar los estragos causados por la pandemia; con gobernadores regionales y alcaldes que no atinan a mover un solo dedo para revertir en algo la situación en la que nos encontramos; salta a la vista que tenemos sobradas razones para no poder ver el panorama con optimismo.

Si a ello le sumamos el hecho de que lo de la llegada de la mentada vacuna no termina de ser una realidad; una realidad que podría brindarnos el necesario respiro que nos saque, aunque fuese en alguna medida, de esta terrible situación; sobra decir que el panorama se nos torna más que sombrío. Y no es para menos. Pues como van las cosas acabaremos siendo uno de los últimos países en recibir la vacuna. Si no el último. Lo que se agrava sustantivamente si tenemos en consideración que un alto porcentaje de la población no tiene pensado vacunarse.

Por si no fuera suficiente con tener autoridades incompetentes; por si no nos bastase con que seremos de los últimos países de la región en recibir la vacuna; por si no fueran cada vez más los que han tomado la resolución insensata de no vacunarse por nada de este mundo; los peruanos tenemos encima la desfachatez, la cara dura, la conchudez, de pretender que aquí no pasa nada. Da cuenta de ello el que, aun sabiendo que nuestro sistema de salud ya no da para más, que no tenemos ni tendremos en un futuro inmediato la capacidad de enfrentar como se debe esta pandemia, insistimos tercamente en pensar que somos inmunes, que a nosotros no nos puede pasar nada.

Con calles atestadas de gente sin cumplir con los más mínimos protocolos de seguridad; fiestas clandestinas a lo largo y ancho del país; con unas elecciones congresales y presidenciales a la vuelta de la esquina; con una ONPE que no tiene ni la más mínima idea de cómo llevará adelante un proceso electoral como el que se nos avecina, sin que ello implique un aumento exponencial del número de contagios; con un presidente papanatas que no sirve ni para jugar al intelectual de conversación; todo, pero absolutamente todo, conspira para que el futuro que nos espera sea más bien sombrío. Como sea, dependerá de nosotros, de todos nosotros, el que sepamos salir airosos de esta. El que pongamos el bien común por delante, aunque sea por una vez. No es tan difícil como parece.