El incremento en la incidencia del asma de tormentas y otros episodios alérgicos severos representa una amenaza creciente para la salud pública. Este fenómeno, exacerbado por el cambio climático, no solo prolonga las temporadas de alergias estacionales, sino que también genera eventos extremos con consecuencias fatales, como se evidenció en Melbourne en 2016. Las políticas medioambientales deficientes, la falta de planificación urbana y la escasa inversión en investigación sobre alergias estacionales, son factores que contribuyen a agravar la situación.
Según la investigación publicada por El Comercio, el calentamiento global está intensificando los problemas para quienes sufren de alergias, exponiéndolos a más polen y creando eventos alarmantes de alergias extremas, según expertos.
En el caso del asma de tormentas, la combinación de lluvia, humedad y fuertes vientos fragmenta las partículas de polen, dispersando alérgenos a gran escala. Estos fragmentos, al ser inhalados, desencadenan reacciones alérgicas agudas, incluso en personas sin historial previo de asma, como ocurrió en Melbourne, donde la demanda de atención médica superó la capacidad de respuesta de los servicios de emergencia. Diez personas perdieron la vida durante este evento, poniendo de manifiesto la vulnerabilidad de la población ante estos fenómenos.
El cambio climático está alterando drásticamente la producción y dispersión del polen. El aumento de las temperaturas prolonga las temporadas de polinización, exponiendo a las personas a alérgenos durante más tiempo y con mayor intensidad. Plantas como la ambrosía, conocida por su alta producción de polen, se están expandiendo a nuevas regiones, lo que incrementa la exposición de poblaciones no acostumbradas a sus efectos alergénicos. Estudios recientes pronostican que, de no reducirse las emisiones de gases de efecto invernadero, las temporadas de polen podrían extenderse hasta dos meses más al año para finales de siglo.
El aumento de los niveles de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera también juega un papel crucial. Investigaciones han demostrado que muchas plantas productoras de polen alergénico, como el roble y diversos tipos de pastos, prosperan en ambientes con altas concentraciones de CO2, lo que resulta en una mayor producción de polen y un aumento en su potencial alergénico. Esta combinación de factores ambientales está creando un escenario cada vez más desafiante para la salud pública.
Ante esta situación, se requiere una acción coordinada a nivel global para mitigar los efectos del cambio climático y proteger a la población de los riesgos asociados a las alergias estacionales. Esto incluye la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, la implementación de estrategias de control de especies invasoras como la ambrosía, la planificación urbana que priorice la biodiversidad y la salud pública, y el desarrollo de sistemas de monitoreo y alerta temprana de niveles de polen y alérgenos en el aire.
Además, es fundamental invertir en investigación para comprender mejor los mecanismos que desencadenan las alergias y desarrollar tratamientos más eficaces. El restablecimiento de programas de erradicación de plantas alergénicas, como los que se implementaron en Estados Unidos en el pasado, podría ser una estrategia complementaria para reducir la exposición al polen en áreas urbanas. En Europa, iniciativas como las de Berlín y Suiza demuestran la viabilidad de este tipo de acciones a nivel local.




