Arlindo Luciano Guillermo
Escucho en Studio 5 a Rosendo Serna Román decir que debemos “educar ciudadanos” (17/09/2019). Efectivamente, está en lo cierto. Esa es la tarea de la educación con el enfoque por competencias. El trabajo en esa línea exige de maestros “buenos ciudadanos” y “buenos profesionales”. Sin duda, ese recurso humano (meritocrático y con mejoras salariales) existe en el magisterio. Sin embargo, no es fácil sacudirse del enfoque enteramente cognitivo, de adiestramiento para acumular y repetir conocimientos e ingresar a la universidad. Si se equilibra la enseñanza, el aprendizaje será el mejor para las necesidades, retos y competencias del siglo XXI.
Tenemos una historia política desgraciada, lamentable, nefasta e inmerecida: presidentes elegidos por el pueblo y líderes políticos manchados por la inmundicia de la corrupción. ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿En qué fallamos? ¿Qué no hicimos bien? La respuesta es simple como la tabla del uno: no actuaron con honestidad ni vocación de servicio; llegaron al poder para beneficiarse. Un gobernante puede no cumplir sus promesas electorales, pero la honradez nadie se lo quita. No existe gobernante perfecto, infalible, pone todo su esfuerzo, la mejor voluntad para resolver problemas, promover el desarrollo de los pueblos y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Un buen ciudadano eso lo entiende con claridad. Un buen ciudadano tolera, no juzga con el hígado, sino con la cabeza, sin bilis ni apasionamiento político e ideológico. Se ha hecho parte nuestra la criollada, la viveza, la pendejada, esos cinco minutos de oportunidad para birlar al Estado. Se “admira al pendejo”; se “censura secretamente al honesto”.
¿Quién es un buen ciudadano? ¿Cuál es el perfil? ¿Existe en estos días? ¿Dónde podemos encontrarlo? Quien solo critica lo que ve y ocurre en la sociedad es charlatán, criticón, criticastro, francotirador, ventilador que salpica barro a todos por igual. El que critica y propone es un ciudadano completo, como las dos caras de una moneda. El ejercicio práctico del pensamiento crítico se hace visible cuando se resuelven problemas con amplitud de criterios y opciones, concertando, tolerando la discrepancia, escuchando a los demás. La intolerancia es una actitud antidemocrática que no calza con el buen ciudadano. Buen vecino, buen profesional, buen amigo (leal y no interesado), buen esposo y padre de familia es un buen ciudadano; opina con libertad, con razonabilidad, con firmeza de argumentos, con responsabilidad para favorecer la convivencia democrática, fortalecer la democracia y la institucionalidad de la sociedad. El buen ciudadano tiene cultura ambiental: no bota disimuladamente la basura a la calle ni tira la cáscara de frutas por la ventana del ómnibus, prefiere agua fresca que gaseosa, yogurt natural antes que una “salchipapa con todas las cremas”.
El buen ciudadano tiene que andar de la mano con el buen profesional; hacer convivir la ciudadanía y la meritocracia. No es posible que solo sea válido el “excelente profesional” sin el “buen ciudadano”. Es peligroso que la sociedad se abarrote solo de tecnócratas de alto rendimiento, al margen de la política, los problemas y la propuesta. El autoritarismo y la dictadura asoman, como ladrón en la oscuridad, cuando no hay pensamiento crítico. Al buen ciudadano, a parte del desempeño laboral, le interesa la democracia, por dónde avanza la sociedad, cómo resolver problemas colectivos, qué hacer para que la comunidad donde vivimos sea más justa, solidaridad y con oportunidad para todos.
El buen ciudadano se equivoca, convierte la adversidad en lecciones aprendidas; no busca responsables para endosar culpabilidades. No es fácil ser “buen ciudadano”, no es fácil ser coherente, sintonizar pensamiento, lenguaje y acción. El tecnócrata es competente académicamente; el buen ciudadano a eso le añade un plus: compromiso social y responsabilidad moral con el tiempo y la coyuntura. El buen ciudadano no es un cómodo espectador; actúa, toma decisiones, lidera y deslinda de qué lado está.
Vivimos en una sociedad donde predomina el interés personal, el yo exponencial: primero yo, segundo yo, tercero también. Jamás nos ha entrado, como un chip renovado, el mensaje del buen samaritano, de los talentos, de la mujer adúltera, del buen pastor y del sembrador. Vivimos para trabajar, ganar dinero, consumir compulsivamente en los centros comerciales. La lectura de libros (impresos o digitales) no está en la agenda diaria. Vivimos en una sociedad de ultrapragmáticos, cero sensibilidad social y dejar que otros resuelvan los problemas. La educación con enfoque por competencias es el camino. Como no me cae la lluvia, para qué comprar paraguas. La educación, sin duda, es la herramienta para educar ciudadanos; así debe ser. Para eso la lectura, la reflexión democrática, el pensamiento crítico, el conocimiento convertido en debate y acción, el liderazgo horizontal y la toma de decisiones son las evidencias que demuestran que hemos educado buenos ciudadanos. Si eso no hemos logrado tendremos “cerebros llenos de conocimientos”, pero sin actitud ni compromiso. Tiene mucha razón Rosendo Serna cuando habla del “buen ciudadano”. Finalmente, uno mismo decide si es o no un “buen ciudadano”.



