En una semana llega la Navidad en conmemoración de la máxima fiesta de la cristiandad; es la fiesta de amor, de solidaridad, de estar más unidos con la familia, de olvidar los rencores, es fiesta de la paz, fiesta del nacimiento del Niño Dios, de la danza de los Negritos, que en nuestra ciudad y casi en todo el departamento lo celebramos con derroche de comida, de tragos y de fuegos artificiales.
Reventar cohetes es nuestra costumbre ancestral para anunciar una fiesta, antaño era una invitación de los mayordomos a la celebración y saber en dónde están bailando los Negritos, en dónde hay una fiesta o en dónde van a servir el rico locro. Sin embargo, de un tiempo a esta parte con la proliferación de cuadrillas que alegran las calles, también hay proliferación, en la mayoría de los casos exagerada, de reventar los cohetes, cohetones y bombardas e incluso los castillos con vistosas alegorías de colores que de alguna manera es una costumbre hecha ley.
Al margen de los días de fiesta que dura más de 25 días, los fuegos artificiales contaminan por el humo que producen y por los químicos que se impregnan en las manos al manipularlos. Pero lo más grave es el bullicio que provoca una sensación de miedo, nerviosismo y llanto en las criaturas, peor aún en las mascotas; los perritos no saben dónde esconderse, pierden el apetito, se enferman del corazón; claro, es ganancia para los veterinarios.
Felizmente a partir de este año el uso de pirotécnicos será controlado y la Prefectura ha dispuesto que solo podrá hacerse con su autorización y quienes organicen estas fiestas tendrán que tramitar la autorización, de lo contrario serán sancionados; esto nunca antes se ha hecho, acaso es un abuso contra la costumbre, pero también es necesario aunque no se debe prohibir.



