Escribe: Ronald Mondragón Linares
Quienes me conocen saben que, como lector medianamente informado y solo aficionado a escritor, tengo mis preferencias por determinados autores: Sartre, Poe, Sábato, Arguedas, Ribeyro. Pero, entre ellos, hay uno especialísimo y que me pareció fundamental para entender la vida: Fiódor Dostoievski.
Hace poco, leí una suerte de confesión que hizo el Nobel turco de Literatura 2006, Orhan Pamuk en un ensayo sobre la novela “Los hermanos Karamazov”: Dostoievski “cambió mi mundo entero…El momento en que lo leí por primera vez supuso para mí la pérdida de la inocencia con respecto a la vida.”
Comprendí con gozo que no soy el único en haber sentido semejante conmoción ante la lectura del gigante escritor ruso. Virginia Woolf, por su parte, describe lo que ella sintió ante tal lectura:”… una vorágine que te hace hervir la sangre, tormentas de aire que giran, una tromba que sopla y te traga.”
Es probable que Dostoievski sea el novelista formalmente más imperfecto en relación a la pléyade de maestros de la novela del siglo XIX. Aprisionado por las deudas y urgido por ende de dinero, escribía de prisa y publicaba sus obras por entregas en los periódicos. Vivía con muchos apuros económicos y escribía, pues, al paso sus novelas (por lo menos algunas de ellas). Esto puede explicar, en parte, las críticas hacia su obra narrativa, ya sea de orden estructural o de composición.
Ernest Hemingway se manifestó a través de una opinión más que discutible:“ Me he preguntado sobre Dostoievski. ¿Cómo un hombre puede escribir tan mal, tan increíblemente mal, y hacerte sentir de manera tan profunda?”
Por mi parte, preguntaría más bien lo siguiente: ¿Qué es lo que hace que la prosa de Dostoievski haya influido tan profunda y poderosamente hasta en los más renombrados escritores, como Nietzsche, Sartre, Woolf, Pamuk e incluso Faulkner? Digo incluso, pues el novelista norteamericano fue un maestro especialmente dotado para la técnica narrativa; sin embargo, tenía en la obra de Dostoievski una de sus principales fuentes de inspiración literaria, siendo la novela que más le impresionó “Los hermanos Karamazov”. Según Robert Hamblin, estudioso de la obra de Faulkner, este llegó a afirmar que “la literatura norteamericana no tiene nada parecido.”
Personalmente, lo que ocurre en mí respecto a la narrativa de Dostoievski, es similar a la experiencia que tengo con la lectura de José María Arguedas. Hay como un influjo perturbador, una vibración de la mente y del espíritu, una especie de neurosis intelectual que ataca la imaginación y los sentidos. Pareciera que la palabra fuese perdiendo su carácter abstracto y se vuelve de pronto cosa concreta: aquí está ante mí, en mí, la sórdida taberna en la que acaba de entrar Raskolnikov; el alto volumen de la voz ebria de Marmeládov; las monedas que tintinean sobre la mesa oscurecida de moho…Y luego, esa ceguera instantánea (producida seguramente por la potente luminosidad del haz de verdadera realidad) y el abrir los ojos y ver lo que antes no podíamos: la vida.
La vida, la verdadera, la que crepita y vibra día y noche, la misma que por su cotidianidad hace que pasemos por alto su carácter esencial, la que antes del genio de Dostoievski no nos era posible ver y, sobre todo, encontrar.



