Dos hombres conversan

Por: Jacobo Ramírez Mays
Mi hijo, conocedor de mi adicción al café, me dice para irnos a tomar uno bien cargado a las diez de la mañana. Yo, que para eso nunca me niego, le choco la mano y después de unos minutos nos encontramos caminando por el centro de la ciudad.
Pá, me dice, felizmente Huánuco no ha sido azotado por los fenómenos naturales. Le respondo afirmativamente y en ese preciso momento un señor muy aseñorado arroja al suelo la envoltura de un chocolate que acaba de comer. Observando el pequeño atentado en pleno centro de nuestra localidad, le digo a mi hijo que después que tomemos el café recorramos algunas calles de la ciudad de los Caballeros de León.
Mientras caminamos, vemos cómo cientos de choferes, de diversos vehículos, hacen hasta lo imposible para adelantar a otros. A punta de bocinazos y de mentadas de madre, logran adelantarse y recoger pasajeros, deteniéndose donde mejor les plazca y sin prender, en muchos casos, ni siquiera las luces direccionales. Entonces mi hijo me dice que lo que hacen estos malos choferes es contaminación auditiva. Sí, le digo; ojalá que los apus de los cerros que nos rodean no se hayan quedado sordos de tanto sonido, concluyo.
Nos damos una vuelta por el mercado y, soportando los olores desagradables, nos enfrentamos a una gran cantidad de bolsas y basura expandida por diversas partes. Una mujer se acerca a las rendijas del drenaje pluvial y arroja agua con sangre y plumas de pollo. Nadie le dice nada, seguramente porque es una imagen que ven todos los días.
Le digo a mi hijo para ir al puente Calicanto. Nos paramos en medio de este histórico puente y vemos las aguas turbias del río Huallaga. Mientras estamos ahí observamos que bolsas de basura, cada cierto tiempo, pasan por debajo del puente, impureza que, estamos seguros, algunos inescrupulosos han arrojado.
Invito a mi hijo para ir a Puelles y, mientras le voy contando que antes todo eso era un pampón donde hacíamos volar nuestras cometas, llegamos a la quebrada que ahora está llena de basura. Le muestro un camino por donde antes subíamos a las Siete Cuevas y que ahora está lleno de casas. Bajamos caminando y nos topamos con bolsas vacías volando.
Entonces, le digo a mi hijo: ¿crees que está bien que algunas empresas, candidatos y grupos pinten los cerros? Un “no” enérgico sale de sus labios, mientras vemos a nuestros imponentes cerros pintarrajeados por inescrupulosos que seguramente ruegan a su Dios para que no sean castigados.
Nos subimos a un carro y salimos de la ciudad con destino a Ambo. Nos bajamos en Colpa, y mientras tapamos nuestras narices para soportar el hediondo olor a animal muerto, vemos cómo algunos choferes de empresas y carros particulares disminuyen la velocidad de sus carros en ese lugar para que sus pasajeros o familiares arrojen basura sin haber siquiera leído un letrero que dice que está prohibido.
Entonces converso con mi hijo y él me explica que el monóxido que botan los cientos de combis, así como los miles de Bajaj que disque han pasado por la revisión técnica respectiva, también contaminan nuestra ciudad. Felizmente, gracias al viento no tenemos un cielo como el de Lima.
Me mira y me pregunta: Pá, ¿Qué pasaría si Huánuco fuera golpeada por la madre naturaleza?, ¿Soportaría una lluvia de tres horas seguidas? ¿Se saldrían los ríos? Entonces, indignado, le digo que si eso pasara, Huánuco desaparecería del mapa, y con justa razón. Estoy seguro, hijo, de que el cerro de Rondos se bajaría y taparía una parte de nuestra ciudad, que nuestro majestuoso río Huallaga recuperaría su cauce y que las estructuras del Gobierno Regional se desplomarían, y los apus quieran que sea con o sin gobernantes.
Segurísimo de que no tendríamos espacio a donde escapar, ya que los carros obstaculizarían los pases y muchos de nosotros moriríamos.
Entonces, él me dice que si eso pasara, ojalá yo me encuentre en Las Pampas. Nos abrazamos y riéndonos nos quedamos en silencio meditando en todo lo que habíamos visto y hablado.
Las Pampas, 30 de marzo de 2017