DOMANDO AL MINOTAURO

En el receso, Miguel Garzón pregunta por qué cuando alguien llega al poder político se desconoce totalmente, se olvida de los amigos, te quiere arrollar con su automóvil; se transforma, no lo reconocemos. Ensayamos una respuesta. Moby Dick: “Ese huevón es un inmaduro, le falta inteligencia emocional”. Quedamos con los ojos abiertos por el acierto. Dick no se equivoca. El Minotauro, monstruo, cuerpo de hombre y cabeza de toro recio, vive prisionero en el laberinto de Creta; devora salvajemente a catorce jóvenes cada nueve años. ¡Tenemos un Minotauro propio! El mito, una metáfora brutal. 

Somos ciudadanos de carne y hueso, falibles, vulnerables al error, con defectos visibles y encubiertos, con virtudes y fortalezas; mezclamos en las decisiones diarias razón y emoción; muchas veces predomina la emoción. Nadie es totalmente racional. El enojo por algo que sale mal es una muestra de que la razón está por debajo de la emoción. Si en la política, la ética está proscrita aparece la corrupción, el cohecho, la venalidad; si la inteligencia emocional está ausente hay abuso de poder y enajenación política. Un docente sin paciencia no debe enseñar. Padres intolerantes al fracaso escolar, castigan hijos. La rebeldía en la adolescencia es un proceso natural de maduración; malcriadez, irrespetuosidad y desafío insolente revelan malos hábitos emocionales, aprendidos en el entorno familiar, redes sociales o de los mismos progenitores. “Todo viene de casa”. Cuando los padres “envenenan” a los hijos en contra de uno de ellos, el daño emocional es irreversible; el descontrol y anarquía emocionales no mide consecuencias. La secuela repercute años después. Padres que insultan, hijos que insultan.   

Saber mucho o poco no garantiza tomar decisiones correctas. Las actitudes juegan un rol determinante en el acierto o fracaso de una acción emprendida. Compramos en el supermercado por impulso consumista; el cigarrillo y el alcohol dañan la salud, pero los consumimos sin reparo; estamos segurísimos que la ira, la cólera encendida, perturban la salud mental y la paz espiritual, pero lo hacemos hasta quedar exhaustos. Un chofer se pasa la luz roja, se aleja riendo. ¡Él es un pendejo! Se insulta sin temor a dañar la autoestima; se miente con maestría. En las redes sociales se injuria, difama, con frases coprolálicos, creyendo que es debate, intercambio de opiniones. ¿Qué pasa por la cabeza de alguien que agrede a una mujer, incluso la mata? Hay desajuste emocional, no hay control emocional. Cuando el vaso de vidrio está hecho trizas, ya es tarde. 

La gestión de inteligencia emocional es fundamental en la vida cotidiana, familiar, laboral, en la educación de hijos y estudiantes. Sin inteligencia emocional es probable que se echen a perder inmejorables oportunidades de bienestar y felicidad. Un niño es berrinchudo por naturaleza; un adulto no puede llegar a los 50 años con ñoñerías y actitudes infantiles. Saber manejar la inteligencia emocional es poseer extraordinaria habilidad social para mejorar la convivencia democrática y con uno mismo.     

El ciudadano exitoso no es aquel que ostenta grados académicos, bienes raíces, alto desempeño profesional, sino también el que tiene control racional de las emociones, la paz espiritual, el disfrute de la felicidad terrenal. El bienestar se consigue con dinero; la paz espiritual se logra con una buena gestión de inteligencia emocional. De qué sirve que vayamos a misa, a la asamblea de la iglesia, rezar el Padrenuestro 70 veces 7, llenarse la boca con Dios o Jesús a cada instante, cuando en la práctica cotidiana “se perdona, pero no se olvida”, se apela a la hipocresía histriónica, no se actúa honestamente, se desea el mal al prójimo. La verdadera religión solo exige actuar correctamente, sin hacer daño a nadie, conservando la dignidad como un derecho supremo de la autoestima. La intolerancia a la frustración, la automotivación permanente, la empatía y las buenas relaciones interpersonales ayudan a vivir en armonía, sin canibalismo ni raje. La ira y el odio envenenan el corazón. Un error no es fracaso total, sino una lección, un aprendizaje para mejorar el desempeño. 

Daniel Goleman publicó en 1995 Inteligencia emocional. Se convirtió en un best seller mundial. Hacía 12 años había aparecido Teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner. Estos dos libros cambiaron radicalmente la visión de la educación, los enfoques sicopedagógicos, el trabajo docente en la escuela y la investigación científica. La propuesta de Goleman se basa, sustancialmente, en el control consciente de los impulsos, las emociones, la liberación del secuestro de la amígdala y el protagonismo de la zona prefrontal. Goleman es el más notable gurú de la inteligencia emocional.  

Quien no reconoce sus errores está condenado a vivir enrejado en emociones autodestructivas. Inteligencia emocional de D. Goleman planteó que no basta la inteligencia intelectual (que abunda en el mundo) ni los conocimientos enciclopédicos para ser y vivir feliz. El éxito, vivir en paz y practicar la tolerancia depende de la inteligencia emocional. Si supiéramos escuchar atentamente al interlocutor, sin mirar el reloj ni el celular. No podemos vivir secuestrados por los impulsos y las emociones. Respetar, aceptar que no somos perfectos, que aprendemos a diario, que equivocarse es lección aprendida son modos de vivir en relaciones interpersonales empáticas. Quien se burla de otro, insulta, juzga, quien tiene doble moral está avasallado por emociones repelentes y tóxicas. ¡Aún somos analfabetos en inteligencia emocional!