Arlindo Luciano
Arlindo Luciano Guillermo - Escritor huanuqueño

DIATRIBA CONTRA UNA VOCACIÓN ELEGIDA POR CONVICCIÓN

Arlindo Luciano
Arlindo Luciano Guillermo – Escritor huanuqueño

Arturo Escalante viajaba en la parte trasera de un colectivo junto a dos jóvenes universitarios. Tiene cita en un laboratorio. La médica le ha prescrito un minucioso hemograma para descartar diabetes, hígado graso, nivel de colesterol y triglicéridos. Desde hace varios días, en el trabajo, a las 11 de la mañana, siente náuseas, ligeros mareos, sed persistente y recurrente inapetencia. Los años han avanzado inexorablemente. Cerró los ojos, recostó la cabeza de pera en el asiento para escuchar Un buen perdedor de Franco de Vita. “Y si él supo darte más amor / supo llenarte más que yo. / Claro que sé perder / claro que sé perder. / No tienes por qué disimular / esas lágrimas están de más / si tienes que irte vete ya. / Sin embargo, esperaba que te quedaras, / pero el agua hay que dejarla correr / mientras yo me tragaba palabras que no pude decir”. Esos versos los leí en un cuento que publicó.   De inmediato se activaron, en su aún lúcida memoria, algunos episodios de sus años de estudiante universitario, voraces lecturas de poesía principalmente, escritura de periodismo, bohemia sin límites, romances efímeros e ilusorios, culto sagrado a los amigos. Son la sal de la tierra. Localizó preciso la noche de luna menguante cuando se emborracharon hasta perder la conciencia, en un parquecillo de bancas de madera y pileta inoperativa de Las Moras, cerca del cauce del huaico.

Adonis estuvo locamente enamorado de las muchachas de su facultad, pero a ninguna se atrevía a decirle que le agradaba, que estaba interesado en ellas. Era tímido, pero no pusilánime. Era dirigente estudiantil de la federación universitaria; representaba a un partido de izquierda moderada, seguidor de Mariátegui y Gramsci. Jamás Mao ni Fidel Castro. Era la época de mayor violencia en la ciudad y el país. Los Andes ardían. Cuando estaba achispado, se ponía galanteador, a veces impertinente. Les recitaba versos románticos de Neruda, Buesa o los amorosos de Vallejo en las fiestas improvisadas que Cánepa organizaba en su casa. Leyendo los sonetos de Petrarca descubrió que se podía inventar un nombre ficticio para dedicar versos clandestinos a una mujer. Eligió, como el poeta renacentista, Laura. A Laura dedicó todos los poemas que escribió hasta antes de terminar sus estudios en la universidad. Siempre le preguntaban quién era Laura. Respondía: “Adivina, adivinador. Para mis biógrafos, cumpa mío”. Podría haber sido también Helena (con h), pero Paris no era bardo o Isabel como la musa del poeta español Garcilaso de la Vega o Beatriz como la inspiración de Dante Alighieri. Laura Esquivel, Laura Riesco, escritoras. Lady Laura, canción de Roberto Carlos. Laura Pausini, Tú entre mil mares. Cuando tuviera una hija le pondría Laura Isabel, Laura Beatriz, Beatriz Isabel o Laura Beatriz. Si escuchaba que una dama se llamaba Laura, se avivaban sus amores lejanos y platónicos. Ninguna Laura le correspondió como hubiera deseado. En un recital de poesía erótica, Laura era una fiera de apetito voraz, sábanas blancas terminaban de colores indescriptibles, la desnudaba a su antojo y la poseía con imaginación desaforada. Hasta que una tarde de abril -Día del Poeta Peruano, muerte de Vallejo- conoció a Verónica Reátegui, quien había llegado a Huánuco desde Moyobamba; su padre era un sargento de la Guardia Civil. Era espigada, caminaba por la vereda como si modelara en una pasarela, piel blanca, risa elegante. Estudiaba derecho. Su larga cabellera sin sujetar le daba sensualidad y coquetería. Al fin le había llegado su turno. Se hicieron amigos. Desayunaban juntos en el quiosco de los hermanos Castro. Adquirieron la costumbre de acompañarse desde la universidad hasta una cuadra antes de su domicilio. ¿Por qué no le permitía acompañarla hasta la puerta de su casa? Eso le intrigó a Adonis. Una noche, animado por unas chelas en El Timbre, se atrevió a buscarla. Golpeó la puerta de madera tres veces. Cuando se abrió, apareció un caballero con bigotes espesos, polo verdeolivo, voz de cachaco, un metro ochenta de estatura. Tuvo que levantar la cabeza para ver su rostro. Dice que no se dejó intimidar. El Poeta Maldito, interesado en empezar pronto la chupeta, no le creyó, se rio. Salazar lo abrazó, estoy contigo hermano; así es la vida de injusta. Dice que le preguntó: “¿Estudias educación? ¿Tú eres poeta?” Le dijo alegre que sí. “Mi hija no puede ser novia de alguien que va a ser profesor y pierda su tiempo escribiendo poemas”. Cerró la puerta refunfuñando algo que no logró escuchar. ¡Mierda!, pensó.    

Eran solteros, felices e indocumentados, libres como el viento, peligrosos como el mar, potros sin domar. No pensaban en casarse ni tener hijos. Trabajaban y estudiaban. Preferían El Timbre hasta las 10 de la noche para terminar en El Amigo hasta el día siguiente. Adonis, Cánepa, Dalton, Poeta Maldito y Salazar, cofradía de bohemios y futuros docentes de literatura. Como presintiendo un agravio imperdonable, el Poeta Maldito, ese que presumía, solo cuando estaba beodo, ser Baudelaire y Rimbaud, dicen que personalmente había sentado en sus rodillas a la poesía, que besaba como ramera, lamía como perra en celo. Él fue el que trajo camuflados, en su gabán de Pedro Navaja, tres botellas de ron, una de cañazo, una Coca Cola de litro, vasitos descartables y galletas. Tuvieron docentes escritores y amigos escritores, con quienes se enfrascaban en inacabables tertulias con cerveza, lectura en los bares y declamaciones callejeras de versos. Salazar tenía una memoria prodigiosa. Recitaba sin parar El cantar de los cantares. Adonis siempre hablaba de una muchacha linda, una rosa que no necesitaba maquillaje para ser bella, de quien se había enamorado, que estaba insistiendo con paciencia, a ver si uno de estos días le caía. Dalton y Cánepa fueron los cupidos que escribieron la famosa carta de declaración. Lo esperaron 10 minutos, regresó cabizbajo. Enmudeció, no hablaba durante la francachela. Vamos, Arturito, eso le sucede hasta a los más experimentados galanes. Vamos a ser docentes aquí o allá, hermano. Aquí nos tienes para ir a patear la puerta de ese infeliz. Somos candidatos a pobretones. ¡Viva la educación! Tal vez algún día cambien las cosas con el gobierno que vendrá. ¡Salud! ¡Por ellas, aunque mal paguen! ¡A chupar¡ ¡El mundo se va a acabar pronto! El césped era una cama pública; el sol, una ligera sábana.

Eso escuché del profesor Arturo Escalante, hoy casi en el umbral de la jubilación, luego de más de 40 años. Entonces era un muchacho flaco, cabellera larga y ensortijada, lector de poesía, poeta prolífico, ocho o diez poemas diarios; el Poeta Maldito da fe de eso. Yo, sentado en esta oficina del hospital, donde todos vamos a llegar tarde o temprano, espero mi turno de atención. No soy profesional ni poeta ni personaje ilustre como ellos, pero me di el tiempo para recordar lo que me contaron. Tenemos el cabello blanco, las dolencias aparecen sin avisar. Adonis hizo un pacto con Mefistófeles; no envejece, utiliza anteojos. Es profesor de colegio, los otros son docentes universitarios. “No se acaba el mundo cuando un amor va”, amigo mío.