DIARIOS DE MOTOCICLETA

Por Yeferson Carhuamaca

Hay sombras que se buscan en la noche, mientras las luciérnagas danzan al compás del amor. Los caminos son pequeños si hay una buena compañía, alguien con quien contar historias y de oídos que regalan atención, de los ojos que se miran como cuando se ve una tarde roja llena de arreboles. Era tan grata su compañía, siempre había un tema de qué reír, de ironizar, de burlarnos de todos aquellos que no soportábamos que nos contradigan, de la vida y sus defectos, de nuestros amigos; solíamos fumar en aquel parque, bailar en aquella discoteca, beber y beber trapiches en el jirón Dos de Mayo, mientras nuestras sombras dibujaban un paisaje en la soledad de la noche de una iglesia o una calle.

Recuerdo que la conocí gracias a una amiga, en esa ocasión yo me presenté como un gran conocedor de la vida, esa fue una gran mentira, apenas sabía como me llamaba, ese día bailamos como locos, y al son de unas buenas cumbias nos empezábamos a caer bien o más que bien. La llevé a su casa, fue un recorrido algo intenso, por aquella vez yo tenía una moto pequeña de color rojo, muy ligera y siempre rendidora. Recuerdo que, en una curva, donde había mucha tierra y piedritas, la llanta trasera resbaló y caímos los dos a un costado de la pista; que susto y vergüenza pasé, ella solo atinó a reírse a carcajadas, mientras yo moría de pena por dentro, pero su risa despiada hizo que mi mirada se centre en aquel hermoso ser que yacía sentada en piso. Aquel paisaje en la noche tenía sus detalles, mi motocicleta en el piso y ella a su costado, mis rodillas rasguñadas, pero el corazón ligero latía cada vez más y más; un paisaje del amor que conocí al caer de las dos ruedas.

Éramos amigos, siempre dando vueltas por la ciudad al salir de la universidad, vagamos con la moto y recorríamos caminos como para llegar a Ambo, nos gustaba perdernos por caminos rocosos desde Tomaykichua hasta Pampas; también ruteamos por Kotosh, en las tardes nos metíamos a nadar al río Higueras de aguas mansas con el sol aún en el horizonte, después bebíamos vino y escuchábamos música, acostados sobre la hierba mirábamos el cielo y dibujamos con las nubes nuestros sueños con pinceles que imitaban nuestros dedos, salíamos de noche hacia el Valle, y nos sentábamos en su plaza a conversar, fumando y bebiendo; la motocicleta, ella y yo, una trinidad inseparable. Volvíamos cansados, ya que muchas veces nos metíamos por nuevos caminos, había días que la luna nos miraba, una pareja medio ebria sentados en una moto, recorriendo las faldas de los cerros con caminos o trochas que nunca tenían fin.

Todo iba bien, habíamos vivido muchas experiencias solitarias llenas de amor, sin embargo, nunca le había pedido de manera directa que sea mi enamorada, a pesar de que ella sujetaba mi cintura mientras manejaba y de besarnos hasta que nuestros labios queden adoloridos, nunca habíamos hablado de ello, creo que era mejor así, eso pensaba. Entonces, ella me contó que le había vuelto a escribir un ex enamorado y que dejaríamos de vernos, yo acepté, sabiendo que nunca habíamos sido más que una estela que muere en el cielo, fugaz y como un bello recuerdo. Dejamos de vernos durante tres meses, de pronto como cuando uno no espera que nada suceda, sucede; era un mensaje para poder ir por ella, eran las once de la noche y arrancaba mi moto a toda prisa.

Al llegar al lugar, salió y me abrazó, sus lagrimas mojaban mi hombro derecho, su aliento a alcohol me daba un beso que me dejó pasmado sin oportunidad a una rección verdadera. Ella me dijo que la llevara a aquel lugar que solo los dos conocíamos, ese lugar en donde “danzan las luciérnagas”, nos subimos en la moto, llegamos al lugar en donde muchas veces bebiendo vino veíamos los atardeceres y las estrellas. Ella me tomó de la mano, corríamos por la gran pampa sin mirar bien por donde íbamos, luego nos subimos en una roca y desde ahí nos besamos bajo la infinidad de la creación de Dios, nos sentamos y abrazados veíamos como las luciérnagas nos rodeaban, las estrellas estaban en cielo y la tierra. Después de ello nunca más nos volvimos a ver.