A menos de un año de los comicios generales del 2026, el panorama electoral en el Perú está marcado por el escepticismo y la desconexión ciudadana. Una reciente encuesta del Instituto de Estudios Peruanos (IEP) reveló que solo el 8% de los peruanos confía plenamente en el proceso electoral, mientras que el 49% expresa una baja confianza.
En una escala del 1 al 7, el 37% de los encuestados se ubicó en el nivel más bajo de confianza, lo que refleja una severa crisis de legitimidad. La desconfianza predomina en las regiones del sur, oriente y norte del país, así como entre los sectores socioeconómicos D y E, donde el acceso a servicios y representación política es más precario.
El interés por participar también se muestra limitado. Apenas un 28% de los peruanos afirma tener mucho interés en las elecciones de 2026, cifra que sube en Lima y entre quienes pertenecen a los niveles A y B. En cambio, el 48% señala tener poco o ningún interés, una tendencia más marcada en zonas rurales, adultos mayores y personas de bajos ingresos.
La desconfianza no se limita al proceso electoral, sino que se extiende al Ejecutivo. Según el IEP, el 37% de los ciudadanos considera que Keiko Fujimori, lideresa de Fuerza Popular, tiene más influencia que la propia presidenta Dina Boluarte en la conducción del país. Le siguen Vladimir Cerrón (16%) y César Acuña (15%) como figuras percibidas con poder en el actual gobierno.
Estos resultados reflejan una sensación extendida de que el poder real se ejerce desde fuera del Ejecutivo, por parte de líderes con agendas particulares. Esta percepción de cooptación política profundiza el desapego ciudadano y erosiona la credibilidad institucional.
Frente a este contexto, el reto para las autoridades será doble: garantizar la transparencia del proceso electoral y recuperar la fe de una ciudadanía desencantada. La democracia, sin confianza ni participación, queda peligrosamente vacía.




