Arlindo Luciano Guillermo
Este amargo amor (2025, 149 págs.), con prólogo de Cronwell Jara Jiménez, título del libro de Fernando Carrasco, no es casual que se afilie a las letras de la canción del mismo nombre de Chacalón. En ambos hay desamor, ingratitud sentimental, traición y necesidad de vivir lejos de la causa que provoca dolor y frustración. En ninguno de los diez cuentos, la relación de pareja es feliz, de equilibrio emocional ni opción de armonía amorosa; siempre hay un evento del destino que perturba a los personajes. Cuentos urbanísimos, lenguaje literario correcto, ritmo ágil y sostenible, con experticia en contar historias de personajes sin la intromisión del narrador y un afán de escribir desde la observación de la realidad cotidiana. Los cuentos de Fernando Carrasco atrapan inmediatamente al lector y no lo suelta hasta culminar la lectura; es una virtud de un narrador que conoce el poder persuasivo de la ficción literaria. El impacto emocional y estético en el lector es poderoso. En palabras de Julio Cortázar, lo deja noqueado, tendido en la lona, sin aliento, con la respiración suspendida. Si bien el cordón umbilical de los cuentos es el amor en todas sus posibilidades y variantes, hay otros contextos y actitudes éticas que se adhieren y conforman un corpus compacto de fabulación y advertencia. Un cuento, escrito con pericia y sensibilidad, enajena al lector, lo convierte en otro interlocutor o en socio solidario de los personajes, de sus tragedias y vivencias.
“Primer amor”, desde una “celda grande y oscura”, en medio de una tertulia y licor, un septuagenario feminicida argumenta que su carácter violento y celotípico tiene origen en la niñez cuando le arrebataron al primer amor de su vida: Viviana, la hermosa maestra de escuela. Se alternan tiempos (70-6 años), espacios (escuela-cárcel), crimen execrable (pajarillo-esposa). “El primer beso”, narrado en pertinente primera persona (divorciado reincidente, 45 años, militar, traumas emocionales irresueltos, “perverso y ruin”), llega a la conclusión de que “el amor es un milagro que castiga, que nunca más volvería a confiar en el amor de una mujer”. “Dos gardenias para ti” tiene un final sorpresivo, fantástico y desconcertante para el lector. Quien ha llegado a la casa no es el novio real, sino su fantasma, a quien “ella le susurró algunas palabras más al oído, acarició su frente, le besó los labios con verdadero deleite y lo cubrió con la frazada hasta los hombros”. “Tu momento ha llegado”, desde la primera persona, en una fiesta de jóvenes roqueros, describe lentamente, con pausas necesarias y recuento de tiempo y circunstancias, una posible venganza por infidelidad; en realidad, se trata de la revelación de un dato omitido: Paul tiene esposa y un hijo. En “Bajo el invierno de Lima”, una llamada inesperada -de Eloísa- cambia totalmente el curso de la historia que se va a contar. La relación de coincidencias artísticas y afectos amatorios entre un escritor y su novia es perturbada por el carácter arisco y descontrolado de esta.
“Este amargo amor” es la historia de cinco peperas: Andarina de la Noche -Estrella, la narradora-, la flaca Chavi, la negrita Zulay, la china Yolanda y Clarisa, que poniendo en riesgo su integridad física y moral, engañan y fingen sentimiento para robar y esquilmar a sus víctimas. El interlocutor es un escritor que busca y ausculta historias reales para crear ficciones literarias. Este cuento es un exquisito manual para ejercer el oficio de pepera audaz. La pepera es Estrella; el cliente, Emilio; en otros tiempos. fueron enamorados. “Nuestra casita en el campo” es el fluido monólogo de una mujer demente que vive en la irrealidad. La historia avanza entre el hilo delgado de la ficción, la locura y la esperanza. Asea obsesivamente, “como una hormiguita incansable”, una “casa de campo” que la considera propia, luego de cumplir con su supuesta labor de maestra de escuela. El otro tema relevante es la espera inútil de Emilio, quien ha fallecido en un accidente de carretera. El último apartado del cuento es revelador: Martita, la mujer loca, un hijo muerto, limpia y ordena una “casita hecha de piedras pequeñas, cartones, chapitas, pedazos de ladrillo y maderas” al borde de la carretera. “Borrachos de amor” empieza con un hallazgo espantoso: el cuerpo malherido y “plagado de moscas azules, cucarachas y hormigas”, en medio de un basural. Relata la relación tormentosa de una pareja de alcohólicos, Yefri y Lizet, cuyas raíces están en la tragedia familiar y el descontrol emocional. Dice Lizet: “Yo sé que todos cargamos una herida grande por dentro. Una herida que nos tortura y no nos deja vivir tranquilos”. A través de las observaciones e indagaciones del escritor -buscador de historias-, nos enteramos de sus demonios, calvarios y fiascos personales. El docente escritor es el narrador testigo que recrea mediante el testimonio de los personajes. En “Tú me pides que te olvide”, un despechado novio hace aflorar sus frustraciones por el alejamiento de la mujer que ama; además, en esas peripecias, se sabe que Leo Dan ha muerto.
“¡Dulzorada!” es una pieza de gran valor literario e histórico. Dice Cronwell Jara: “Un bellísimo relato expuesto en tono biográfico, de ricos detalles humanos e intimidades psicológicas, de lo más enternecedor, entre Otilia y el poeta”, “que le costó casi la vida, por su propia mano”. Es la libérrima reconstrucción, con el parafraseo de versos de Los heraldos negros y Trilce, del romance de César Vallejo y Otilia Villanueva. En el capítulo “IX Otilia Benedicta Villanueva Gonzales”, del libro Las mujeres de Vallejo (2023), de Miguel Pachas, se reporta información sobre esta dama y su vínculo con algunos poemas de Trilce. Vallejo, el famoso Korriscosso, su apodo, tenía 26 años -víspera de la publicación de Los heraldos negros-; ella, 22; era profesora. Dice Pachas: “Fue una mujer muy importante en su vida, al punto que le dedicó aproximadamente 30 de los 77 poemas que aparecen en su polémica obra Trilce”. La versión de Fernando Carrasco apela a las posibilidades de la creación literaria sobre la relación de Vallejo con Otilia. El propio César Vallejo, en primera persona, relata su romance doloroso y dramático con Otilia, la “zorrilla mía”, ante un interlocutor silencioso y discreto, Adán Felipe, desde un yinquén sombrío –fumadero de opio y juegos de azar-, el martes 15 de octubre, 2:00 a.m., de 1919, Lima, del Barrio Chino, donde intenta mitigar su tristeza inmensa de perder a su hijo provocado por un aborto. Vallejo rechazó el matrimonio; su destino era la poesía y su viaje a París. Otilia, en una carta, escribe: “Nos lo quitaron, Cesitar”.
Cuando tuve en mis manos Este amargo amor, empecé a leerlo, no paré casi 50 minutos ininterrumpidamente. Postergué la lectura de Diccionario Mario Vargas Llosa. Habitó las palabras. Fernando Carrasco es un talentoso narrador, un ingenioso contador de historias literarias, que atrapa, como un gran embaucador o un hechicero, al lector, con la sencillez de su lenguaje y sus personajes cuyo rumbo depende de las circunstancias. Este amargo amor invita solícito a la relectura.




