Por: Arlindo Luciano Guillermo
Muchos hablan con locuacidad, pero poquísimos saben escuchar con sabiduría. Escuchar es una virtud ejemplar tan igual o mayor que decir siempre la verdad. Quien escucha pone en prueba la tolerancia, las ganas de hablar sin interrumpir al interlocutor. La comunicación asertiva y clara es una maravilla, cuyo impacto se ve en las buenas relaciones interpersonales. No hay nada más extraordinario que conversar con amenidad, verbosidad y buen humor. Un diálogo con el rostro adusto espanta las ideas.
En la escuela califican (incluso exigen) la participación oral. Eso tiene una nota. ¿Quién califica al estudiante que sabe escuchar? El docente, antes que hablar y despacharse sendos discursos, debe escuchar, agudizar sus oídos para recepcionar las expectativas, necesidades, sueños, deseos e inquietudes de los estudiantes. Debe escuchar el docente, el estudiante, el gobernante, el político, el funcionario público, el barredor, el taxista, etc. El político que escucha percibirá el clamor de los ciudadanos, el gobernante que escucha conocerá de primera mano qué necesita el pueblo, el docente que escucha apoyará a los estudiantes para mejorar o fortalecer los aprendizajes. Escuchar es tomar en cuenta a quien habla. Existen aprendizajes innecesarios, poco beneficiosos para resolver problemas, por tanto, volátiles en el tiempo. Un niño nunca olvida que ha bailado, actuado en una obra teatral o ha declamado un poema. ¿De qué sirve saber que Simón Bolívar dirigió personalmente la Batalla de Junín (06-08-1824) o que José Antonio de Sucre fue el general que lideró la Batalla de Ayacucho (09-12-1824)? Cuando en realidad lo que importa es saber el contexto social y político de América Latina a principios del siglo XIX. Así que un aprendizaje imprescindible, que se debe aprender en familia y en la escuela, es “saber escuchar”. Esta competencia será utilizada por los ciudadanos durante toda su vida. Si es padre de familia escuchará respetuosamente a sus hijos; si es empresario escuchará con interés, antes de que le pidan el Libro de Reclamaciones, las quejas de sus clientes.
Cuando un líder no escucha a los colaboradores incurre en abuso de autoridad. Todos tenemos el derecho de ser escuchados. Una gestión pública debe mostrar resultados, eso nadie lo duda ni cuestiona; sin embargo, no se debe ignorar, bloquear ni postergar a los colaboradores. La “ceguera de atención” significa que el líder no toma en cuenta a los demás, solo él es la empresa, solo él lo sabe y decide todo; las opiniones de los demás no son tomadas en cuenta. No escuchar es un grave error en una empresa, en un partido político o en la gestión pública. Nadie es invisible. Todos tenemos algo que decir, algo que nos deben escuchar. Un líder no solo debe vivir obsesivo por cumplir metas, gastar el presupuesto y lograr resultados. Es necesario también tomar en cuenta a los colaboradores, quienes tienen expectativas, intereses laborales y personales.
Nos sentimos bien cuando nos dan importancia en el momento de hablar o conversar. Hay mucha gente que no sabe escuchar, solo sabe oír. La empatía (esa competencia que sirve para sintoniza emocionalmente con otra persona) es fundamental. ¿A quién le agradaría que, cuando estamos hablando, el interlocutor esté mirando el cielorraso, el reloj, escribiendo, chateando o contestando el celular? Debemos aprender a hablar con los ojos. El acto de escuchar implica un sacrifico personal, pues se deja de lado asuntos pendientes para generosamente entregar nuestros oídos para escuchar.
El talón de Aquiles de (casi todos) nosotros es el no saber escuchar. En otros términos, aún persiste la creencia (falsamente conservada en el inconsciente colectivo) de que aquel que grita, insulta o tiene poder es el que tiene la razón y el derecho de hablar, decir, argumentar lo que quiera. Eso se ve en la vía pública cuando dos choferes entran en discusión por negligencia de uno o de otro. Se enfrascan en una incontrolable “pelea verbal” que acaba cuando en la comisaría ambos dan su respectiva manifestación y cada quien asume su responsabilidad. Muchos usuarios se quejan del maltrato de algunos funcionarios públicos. No los atienden oportunamente, no hay paciencia para explicar con detalle el trámite o, simplemente, ya no hay ganas de otorgar un servicio de calidad al cliente. El ciudadano acude a una institución para que escuchen su demanda, sus necesidades, sus expectativas. A veces no se le resuelve el problema, pero, al menos, se le ha escuchado y se retira satisfecho.
Oír y escuchar no es lo mismo. Oír es el funcionamiento fisiológico del sentido del oído que reacciona ante cualquier sonido externo. Escuchar es decodificar, entender, interpretar y comprender la información recibida del interlocutor. Todos oímos (salvo que haya una discapacidad), pero pocos, realmente pocos, escuchamos. Escuchar es una competencia lingüística que consiste en interpretar los mensajes que recibimos de modo gráfico, escrito u oral. Es uno de los objetivos de la enseñanza de comunicación en la escuela. Se enseña literatura no para acumular información literaria, sino para, a través de la lectura, que es un acto de escucha con el autor del texto literario, apreciar, el lenguaje poético, valorar el talento del escritor y contextuar las circunstancias extraliterarias del libro para una comprensión global del cuento, novela o poema.
Cuántas veces hemos dejado de escuchar a nuestros padres, a nuestra pareja, a nuestros hijos, a nuestros amigos. Generamos resentimiento innecesario con las actitudes. Los hemos ignorado argumentando carencia de tiempo o los hemos apabullado con nuestra conversación petulante, culta, pero egoísta. Mucha gente anda suelta por ahí buscando quién la escuche, quién haga suya, momentáneamente, su tragedia personal, sus problemas cotidianos, sus fracasos familiares, sus aprietos económicos. Sin inteligencia emocional firme es casi imposible que se practique el arte de escuchar, pues siempre nos ganará las ganas de hablar en público o frente al prójimo.
Tenemos que aprender a escuchar. Necesitamos que el diálogo sea, precisamente, para escucharnos. Una de las claves del éxito y aprecio personales y sociales es “saber escuchar”. A veces escuchamos lo que nos interesa, lo demás que se lo lleve el viento. A mucha gente, que escucha, le entra por un oído y rápidamente le sale por el otro lado. Escuchar implica un esfuerzo gigante de voluntad. No es fácil ponerse en la posición de escuchar. Cuando hablemos con alguien mirémosle los ojos. Eso representa interés, respeto y empatía durante la comunicación. Dice la sabiduría popular: “Quien no mira a los ojos, cuando conversa, algo esconde.” Si hubiéramos escuchado atentamente algunos consejos, cuántos problemas nos hubiéramos evitado.



