Escrito por: Marcos Cancho Peña
Hemos regresado al 2020. El Gobierno decretó quince días de inmovilización social obligatoria en Lima Metropolitana y otras nueve regiones, buscando frenar la segunda ola del nuevo coronavirus.
La nueva cuarentena solo servirá para contener los contagios (con suerte), mas no para “hacerle frente” a la pandemia. Entiendo que la primera ola tomó al Gobierno a la deriva, sin saber cómo actuar, pero ahora no debió ocurrir lo mismo. Nuevamente, como hace un año, el país no está preparado. Y es que el Estado habría podido evitar una segunda inmovilización social obligatoria, si compraba los implementos necesarios para afrontar la segunda ola: ventiladores, camas UCI, etc. Incluso estos podrían ser utilizados en una hipotética tercera ola (es muy probable que ocurra). En los bonos se gastaron miles de millones de dólares, ¿tan difícil era equiparnos? Ahora ya es muy tarde, todo es complicado.
Cuando se habla de inmovilización social obligatoria, es inevitable pensar en nuestra moribunda economía. Y comprendo la desesperación de las personas que viven del día a día. La situación ahora es mucho más complicada. La pesadilla ha vuelto. No tenemos soluciones. Los pequeños empresarios ya tenían la soga al cuello. Cuando se reactivaron las actividades, pudieron aflojarla un poco. Solo un poco. Ahora, esta nueva inmovilización podría terminar ahorcándolos. Apoyemos a nuestros conocidos que viven a diario. Compremos sus productos, adquiramos sus servicios. De esta salimos todos. La frase parece un eslogan, pero es así. A darnos la mano.
Pasarán los días. Será de quince en quince. Ya vi esa película, con todo y créditos. Y mientras el calendario pierde hojas, una zapatería quebrará, un restaurante cerrará sus puertas para siempre, una familia pasará hambre. Pasarán los días. Será de quince en quince. Ya no alcanzará con las alcancías rotas, ni con el “guardadito” de la abuela. Pasarán los días. Será de quince en quince. En los barrios habrá asfixia y hambre. Ambas son igual de terribles. Ambas son compañeras de la muerte. Y de quince en quince, pasarán los días, quién sabe hasta cuándo.




