El ascenso de Robert Prevost al papado, ahora conocido como Leo XIV, marca un hito significativo en la Iglesia Católica, especialmente considerando su trayectoria desde un misionero en Perú hasta el líder espiritual de 1.400 millones de católicos. Su experiencia en primera línea durante tiempos de conflicto y su habilidad para conectar con las comunidades más vulnerables le confieren una perspectiva única para abordar los desafíos globales actuales, caracterizados por el auge del autoritarismo y la creciente desigualdad.
Según la investigación publicada por The New York Times, el entonces Padre Robert Prevost demostró su valentía y compromiso al enfrentarse a soldados peruanos en la década de 1990, protegiendo a jóvenes seminaristas de un reclutamiento forzoso.
Durante esa época convulsa en Perú, marcada por la violencia interna y la inestabilidad política bajo el gobierno de Alberto Fujimori, Prevost y los seminaristas realizaban representaciones teatrales que buscaban fomentar el diálogo y la reconciliación en un país profundamente herido. Estas dramatizaciones, en las que a veces interpretaban roles de insurgentes o soldados, permitieron a Prevost desarrollar una voz crítica frente a la injusticia y la opresión, una voz que ahora resonará a nivel mundial.
La elección de Leo XIV representa también la culminación de una estrecha relación con el Papa Francisco, quien impulsó su carrera en los últimos años de su pontificado. A pesar de su nuevo rol, sus allegados lo describen como una persona sencilla y discreta, un administrador de la fe que prioriza el bienestar de los demás y la promoción de los valores cristianos. Este rasgo quedó patente en su reciente encuentro con amigos de la orden agustina, donde reconoció los sacrificios personales que implica liderar la Iglesia Católica.
Prevost, originario de Chicago, Estados Unidos, experimentó un profundo cuestionamiento sobre su vocación sacerdotal en su juventud. Sin embargo, una conversación con su padre lo llevó a comprender la importancia de la intimidad espiritual con Dios, consolidando su decisión de seguir el camino del sacerdocio. Su formación inicial transcurrió en un seminario en Michigan, seguido por estudios en la Universidad de Villanova y la Catholic Theological Union en Chicago, donde se destacó por su compromiso con los marginados y su trabajo con personas adictas.
Su labor misionera en Perú a partir de 1985, donde se desempeñó como experto en derecho canónico y luego lideró proyectos de formación sacerdotal, lo confrontó con la dura realidad de la pobreza y la violencia. Durante este tiempo, la iglesia enfrentó ataques del grupo terrorista Sendero Luminoso, poniendo a prueba su compromiso y valentía. No obstante, se ganó el respeto y el cariño de la comunidad local por su cercanía a la gente, su apoyo a los necesitados y su defensa de los derechos humanos.
El nuevo Papa, conocido por su afición a conducir largas distancias, incluso recorriendo Europa en coche en lugar de volar, deberá ahora ajustarse a una vida más protocolaria y con menos libertad de movimiento. Su experiencia como líder de la orden agustina a nivel mundial durante 12 años le proporcionó una visión global de los desafíos que enfrenta la Iglesia Católica y le permitió establecer contactos y relaciones en diferentes partes del mundo. En 2004, conoció al entonces Cardenal Jorge Mario Bergoglio, quien años después se convertiría en el Papa Francisco, iniciando una relación que marcaría su destino.




