Arlindo Luciano Guillermo
¿La educación que reciben los estudiantes en la EBR les sirve para la vida, les permite ser felices, resolver problemas o solo el ingreso a la universidad? Los aprendizajes deben ser útiles, en un contexto de alta exigencia, en la empleabilidad, presencia de redes sociales, la inteligencia artificial y la urgencia de una conciencia y regulación emocionales. ¿El destino de quienes egresan de la escuela es, necesariamente, la universidad? A los padres les enloquece saber que sus hijos van a estudiar lo que ellos no pudieron hacerlo por falta de oportunidades o escasez pecuniaria. La docencia hoy, según la Carrera Pública Magisterial, es rentable y de difícil acceso al nombramiento. Un directivo de sexta escala, 40 horas de jornada escolar, puede ganar más de 5,800 soles. Lamentablemente, el éxito, en una sociedad pragmática y crematística, se mide por el título universitario, los bienes materiales, estabilidad laboral y ubicarse en un visible estatus social. Dice Yuval Harari, en 21 lecciones para el siglo XXI: “En la actualidad, demasiadas escuelas se centran en que se aprenda de memoria la información. (…) ¿Qué debemos enseñar? Muchos pedagogos expertos indican que en las escuelas deberían dedicarse a enseñar “las cuatro ces”: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad”. A eso hay que aumentar dos ces más: carácter como equivalente de emoción, actitud, personalidad; y curiosidad, el primer paso para la indagación y los conocimientos nuevos. La neurociencia ha demostrado categóricamente que el carácter es plástico y educable. El Currículo Nacional está en la línea con el enfoque por competencias, estándares de aprendizaje, evaluación formativa, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y el perfil de egreso.
No existe ciudadano ni sociedad sin historia; omitirla es una temeridad. Nadie procede de la nada; no somos ficciones literarias. Es una necedad ignorar quiénes somos, de dónde venimos, qué misión cumplimos donde vivimos y trabajamos y hacia dónde vamos. Jerí surgió de las circunstancias políticas. Sacaron a Boluarte por cálculos electorales. Se cambió mocos por babas con Jerí. Su caída fue el chifagate y el ingreso al atardecer y salida al día siguiente de mujeres jóvenes de palacio de gobierno, quienes, finalmente, obtuvieron contrato y empleo codiciado con el Estado. El expresidente Jerí empezó como un ridículo Bukele, zapatos de ingeniero residente, jean azul, camisa arremangada y abalorios, pero terminó como títere sin cabeza. No supo conducirse correctamente ni política ni emocionalmente para el cargo de alta representatividad. El remedio resultó peor que la enfermedad. He ahí un ejemplo de lo que no debe hacer un gobernante en ejercicio. Negar el pasado histórico o el historial personal o social es, sin duda, repetir amarguras, metidas de pata y desilusiones. “A mí no me interesa el pasado o lo que haya sucedido porque no estuve presente en ese momento”, me restriega en el rostro un estudiante universitario, 19 años, nativo digital, en tres se graduará de ingeniero civil. ¿Es consciente este joven de lo que sucedió en el Perú entre 1982 y el 2000? Él nació en 2007, era presidente de la república, por segunda vez, el extinto Alan García Pérez, que había sucedido a Alejandro Toledo. Vio, a los 15 años, cómo gobernaba el Perú Pedro Castillo y luego Dina Boluarte. Hay grupos políticos e ideológicos que prefieren la amnesia histórica, el borrón y cuenta nueva, aquí no pasó nada, hay que mirar hacia adelante. ¿Cuál es la función de la escuela en el fomento de la memoria histórica? La información se esfuma como humo de cigarrillo, las competencias y habilidades ayudan al ciudadano a resolver problemas, enfrentar la vida diaria, conducirse con equilibrio emocional. La política sin regulación emocional es una bomba de tiempo y ligera toma de decisiones.
Una mañana, en el recreo, el profesor de historia, me dijo: “Jordano Bruno jamás dobló las rodillas ante el crucifijo ni ante el sacerdote que le pedía arrepentimiento. Prefirió morir en la hoguera”. Lo decía con admiración; tiene razón. Galileo claudicó, se retractó de sus conocimientos científicos y observaciones con su telescopio. Jordano Bruno se enfrentó valientemente a la Inquisición, al oscurantismo medieval, al Papa y al pensamiento retrógrado del siglo XVI. Le costó la vida decir y defender la verdad y la ciencia; alcanzó inmortalidad. Les dijo a sus acusadores: “Tal vez ustedes tiemblen más al dictar esta sentencia, que yo al escucharla. La hoguera consumirá las cenizas, serán arrojadas al Tíbet, pero la idea de la infinitud del universo vivirá para siempre”. Jordano Bruno fue quemado vivo el 17 de febrero de 1600. ¿Cuál fue el delito intolerable de Jordano Bruno? Herejía, pensar diferente que el sistema religioso y político de entonces, remar contra la corriente, decir lo que muchos callan por conveniencia, decir la verdad científica. Él había validado la teoría de Nicolás Copérnico: la Tierra gira alrededor del Sol. Decir la verdad tiene un costo personal y social, pero otorga coherencia de convicciones. La Inquisición asesinó salvajemente a un científico y filósofo; jamás pudo eclipsar ni extinguir sus ideas ni desaparecer sus libros. Jordano Bruno y sus ideas revolucionarias son un Ave Fénix. Han transcurrido 425 años, un docente y yo conversamos sobre Jordano Bruno. La tertulia terminó con un acalorado debate sobre la frase de Nietzsche: “Dios ha muerto”. Le repito unos versos de Vallejo: “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, / hoy supieras ser Dios; / pero tú, que estuviste siempre bien, / no sientes nada de tu creación. / Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!” Propone: “La próxima hablamos de Freud y Edipo rey”. ¿Cuesta decir la verdad? Atrévanse a decir la verdad y verán lo que sucede. No iremos a la hoguera ni a las mazmorras de la Inquisición, pero empieza el insulto y la adjetivación infame en las redes sociales, la indiferencia, el aislamiento y la aplicación implacable de la ley del hielo.
Las crisis políticas en el Perú son recurrentes. El presidente José María Balcázar Zelada se sacó la Tinka, encontró “una olla repleta de oro y plata” en una vetusta casa. ¿Qué hará a dos meses de las elecciones generales y a cinco de ceder la casa de Pizarro al electo presidente de la república? Es el octavo presidente interino. Ollanta Humala sí cumplió los cinco años de mandato constitucional. Inestabilidad política, fricciones entre líderes y partidos, ingobernabilidad y anarquía siempre hubo. No aprendemos testarudamente la lección histórica a pesar de los muertos y heridos, los puntapiés y coscorrones. La memoria histórica alerta y enseña, pero somos sordos y palurdos. El ciudadano responsable tiene que ser consciente de que va a elegir presidente de la república, senadores y diputados. La desgracia del Perú son los políticos demagogos, de fácil discurso, muletillas rústicas, arengas vacías, promesas de don Juan. Es el momento de revertir las adversidades políticas. El primer paso es votar con responsabilidad, por argumentos y planes viables. ¿La verdad nos hace libres o ganamos enemigos?




