Por: Jorge Farid Gabino González
Cuatro puertas hay abiertas… Crónicas periodísticas, de Jacobo Ramírez Mays, es, como se apuntó en la primera parte de esta nota, un libro que recoge cuatro de los muchos artículos que a la fecha lleva publicados su autor a través del Diario Ahora. La razón de que sean cuatro obedece, básicamente, a que estos comparten una misma línea temática, análogo fondo, un, en resumidas cuentas, mismo contenido. Característica esta que a la par que los relaciona en vínculo indisoluble, los hace, también y así mismo, y según sea el caso, causa o consecuencia unos de otros.
Surgidos de las letras del conocido bolero En el juego de la vida, como obviamente salta a la vista, incluso para quienes no se reconozcan como aficionados a la música de Daniel Santos, los títulos de las crónicas de Cuatro puertas hay abiertas… emulan, lo mismo que las historias que desarrollan, las peripecias de un personaje sin nombre ―y que por ello mismo es todos a una―, a través de su paso por el hospital y la cárcel, la iglesia y el cementerio.
Realidades inapelables del ser humano, importa poco si grande o chico, si blanco o negro, si pobre o rico ―las grandes niveladoras, dirían los clásicos―, el hospital, la cárcel, la iglesia y el cementerio, nos recuerdan la que es quizá la condición más elemental, más primaria, del ser humano; aquella por la que precisamente nos reconocemos como tales: el miedo. Es de esa «angustia por un riesgo o daño real o imaginario», según atinada definición académica, que Jacobo echa mano para recordarnos que no importa de quiénes se trate: si de hidalgos o cabrones, si de beatas o putas, si de sementales o maricones, tarde o temprano, y a veces ―las más de las veces― más temprano que tarde, habremos de arrimar nuestros pasos por algunos de estos lugares.
Así, la primera de las cuatro puertas por las que atravesamos de la mano del autor es la del hospital. Puerta que, cuando de ir a visitar a alguien se trata, suele estar cerrada. Confundido con un sacerdote por el encargado de la vigilancia, este singular visitante ingresa al área de hospitalización y se detiene en la sección de pediatría. Ahí, conoce a un niño que además de buscar en él el cariño y la protección que por obvias razones no tiene, lo hace partícipe de las desgracias y sin sabores que a su corta edad ha tenido que soportar en la vida. Como todo cura falso que se respeta, deja este lugar no sin antes ganarse la buena fe de la gente: «Padre, venga cuando quiera a dar los santos oleos, ya que muchos de estos enfermos lo necesitan».
La segunda puerta en atravesar es la de la cárcel. Temido como pocos, y con justa razón desde luego, es a este lugar a donde nuestro personaje llega para visitar a quien parece encarnar sus propios temores. Un pobre diablo que, con razón o sin ella, parece no saber ni por qué está allí. Es por boca de este individuo que pronto se entera de que no se necesita ser culpable de un delito en particular para llegar a estar detrás de las rejas. De que no importa cuántos ni cuan buenos amigos tengamos, siempre nos asaltará la duda de si lo seguirán siendo si llegáramos a la prisión.
La tercera puerta en atravesar es la de la iglesia. Lugar de consuelo por excelencia, es por obvias razones el espacio donde se congregan las personas para buscar, y a veces hallar, el alivio a sus males, la palabra reconfortante, la mano amiga. Aquí, nuestro personaje entabla charla con una sufrida mujer, quien le cuenta de las lágrimas y sufrimientos que por su hijo viene padeciendo. Ganado por la emoción, nuestro visitante sucumbe a la tentación de sumarse a las plegarias de la desdichada: «Tal vez no tengas tiempo para escucharme porque debes de estar ocupado con tantas súplicas, secando las lágrimas de tus feligreses más fieles, escuchando y viendo cómo tantas personas se matan, se ultrajan, como tantos seres sufren y, creo que esa fortaleza, ese silencio, ese don que tienes hace que seas Dios. Y por favor te pido que no te olvides de esa señora que se pierde, arrastrando sus pasos, por esa plazuela y que se va llevando su cruz a cuestas, caminando igual que Tú hacia el Gólgota, a ese lugar donde ella vive completamente abandonada. Ella, Señor, no ha sido crucificada, pero ya sabe lo que es el dolor de sentirse con las manos y los pies heridos, todavía no le ha atravesado una espada su costado, pero tiene el corazón completamente destrozado, aún no la han coronado con espinas, pero sí con el abandono y la desdicha».
La última puerta en atravesar es la del cementerio. Ya en él, nuestro personaje será testigo de una inusual ocurrencia. Presenciará cómo el espíritu de una mujer, recientemente muerta, recorre el cementerio mientras va presenciando toda la seria de rituales y lugares comunes con que solemos acompañar a la muerte. Así, nos hará reflexionar, por ejemplo, acerca de lo inútil que es que una vez muertos nos llenen de flores, siendo el caso de que en vida no supieron hacerlo. «Que por esa puerta, la más temida y olvidada, algún día santos, delincuentes, prostitutas, sacerdotes, ricos y pobres, niños y jóvenes, varones y mujeres ingresarán para quedarse dentro eternamente».



