Cuatro puertas hay abiertas…, de Jacobo Ramírez Mays

Por: Jorge Farid Gabino González

Cuatro puertas hay abiertas… Crónicas periodísticas es un botón de muestra. Jacobo Ramírez Mays, conocido por ser autor de uno de los poemarios más originales que se hayan publicado en Huánuco (Juguetes perdidos), es, también, un singular articulista. Lo prueban no ya las decenas y decenas de trabajos que bajo la columna “Crónicas de un apóstata” viene publicando los jueves, casi ininterrumpidamente, en un reconocido diario local; ni los temas muchas veces escabrosos que otros rehúyen pero que a él le encanta abordar; ni, mucho menos, la sencillez del estilo que a su prosa suele imprimir (virtud que a muchos, todavía, nos cuesta imitar). Nada de eso. Lo prueba, fundamentalmente, el hecho de haber logrado algo que en los tiempos que corren es poco menos que una proeza sin precedentes por estos lares: haber acercado la lectura al común de las gentes.
Pues sí, así mismo. Jacobo Ramírez es, a mi juicio, el único escritor que con no poca temeridad, gran atrevimiento, mayor audacia y extremada intrepidez se echó el problema a los hombros y consiguió lo que parecía imposible: que quienes compraran un diario (que en esencia y naturalmente lo hacen para informarse) no solo se limitaran a leer (o, más bien, las más de las veces, a mal leer) las noticias y demás textos informativos que por sus páginas desfilan, sino que además se interesaran, y de una manera pocas veces vista, por los a menudo “pesados” artículos de opinión; escritos que, como se sabe, aun siendo todo lo “pesados” que puedan resultar, no han de faltar jamás en todo diario serio que se respete.
Así, nadie podrá negar que fue el Apóstata quien logró que el común de los huanuqueños, y de los no huanuqueños también, comenzara a aficionarse a los sencillos pero significativos relatos que nos iba entregando cada semana a través de su columna, textos en los que, a no dudarlo, más de uno terminó de convencerse de que la lectura no es ni tiene por qué ser aburrida. Lo que entre otras cosas se deba, quizá, a que supo llevar la cotidianeidad de la vida de las personas a sus escritos, a que elevó a la condición de “tema de escritura” aspectos que por lo general no suelen formar parte del abanico de materias sobre las que los “entendidos” suelen pronunciarse y, por tanto, no han de interesarle a nadie (como piensan los que creen que solo lo que les ocurre a ellos es importante). Pues resulta que a él sí le interesaron. Y tan le interesaron que hasta me atrevería a postular lo siguiente: que hizo del fondo una forma, esto es, que construyó su peculiar estilo, fundamentalmente, en base a lo tratado. Como sea, lo cierto es que si lo anterior no es un logro en la materia de que se habla, no sé qué es. Lo que sí sé es que de su labor como columnista del diario Ahora, en la que lleva ya un buen número de años, es el presente libro, como quedó dicho arriba, un botón de muestra. Y habida cuenta de que aquello que para muestra un botón es más que ilustrativo, pasemos a lo siguiente.
Jacobo Ramírez Mays desarrolla aquí cuatro historias cuyos escenarios ―el hospital, la cárcel, la iglesia y el cementerio―, parte de la letra de El juego de la vida de Daniel Santos, nos muestran in situ, desde dentro, las angustias, la pesadumbre, la desesperación, el desconsuelo de quienes por mano propia o ajena se encuentran en alguno de estos lugares. Para ello, el narrador personaje, alter ego del autor, ingresa en cada uno de estos mundo, ya para llevar consuelo a quien lo necesite, ya para buscarlo para sí mismo. En cualquier caso, nos queda la duda de si al momento de retirarse se va solo o se lleva consigo a quienes cree estar dejando atrás. (Continuará)