CUATRO CARAS MÍSTICAS

Por Israel Tolentino

Hay una manera sencilla de mostrarnos, de realizar como en una máscara, una muestra de lo que llevamos enjaulado dentro del cuerpo,

Recuerdo un autorretrato de José Tola, la sencillez y limpieza de los colores usados, tonos con una palidez que dibujaba en alta definición la blancura del autor, así como esa autorrepresentación, recuerdo otros, en especial cuatro que, quedando frente a ellas, un halo contemplativo te invitaba a aproximarte, a parar y no perder de vista los ojos como ojivas góticas atravesadas de luz.

Para algunos pintarse es muchas veces un ejercicio cotidiano un reto intelectual. Lucy Angulo Lafosse, conocida principalmente por su obra no figurativa, nos sorprende con un extraño retrato realizado el siglo pasado. Una mujer en movimiento calmo, junto con Ágata su gata, descansa, medita y espera en el orden de su sala, quizá de una jornada frente al cuadro; sus cabellos radiantes, parecen el sol cuando amanece, naranjas y zanahorias, sin embargo, el ambiente que le rodea se envuelve de sombra. El color y las formas puestas como quien escribe sobre la arena, con esa sensación que viene la ola y envolverá los trazos con la arena y espuma de las orillas. Hace mucho que autorretratarse es el hecho de mayor entrega, un desnudarse como artista.

Cuando se conoce a Lucy, se descubre desde el primer paso en su casa, que esa postura de “madame” (como dice alguien cercano a ella) nada tiene que ver con el sentido que usted piensa. Ella, desde hace mucho vive sola, enfrascada sin reparos a la actividad pictórica, ese alejamiento de la bulla de la ciudad le proporciona una distancia que le permite mantener las ventanas de sus ojos y su casa abiertas, sin fierros ni púas. A partir de esa obra, se puede anotar que hay cuadros que superan largamente el segundo de observación que uno le dedica.

Ella vive camino al sur, dónde el sol quema más, donde la tierra es una torre de misticismo, por tanto, todo lo que brota está impregnado de un sabor a Laudate Deum. Pero, este autorretrato interpela. El cambio de color de piel tiene la importancia concedida al hecho de ser parte de un todo sin importar la forma que te haya tocado ser y como deseas revelarte, cavila sobre el poder y los beneficios raciales. Una obra elaborada en los noventa cuando Lucy, en una escena de aparente comodidad, subvierte el color y pone el dedo en la llaga, sus trazos hincan la construcción de nación, “quien no tiene de inga, tiene de mandinga”.

Lucy es la matriarca chamánica en un país donde el pigmento hace una diferencia, en su caso esta es volteada y adquiere otro brillo el hecho de ser peruano y ser humano.

 En cuanto a Tilsa Tsuchiya Castillo, ella de escasos autorretratos, la luna oscura, una imagen recurrente en su pintura, quiebra el academicismo de su técnica con la puesta iconográfica de su retrato con un mono, no es para nada una contemplación pasiva, esa hermosa pintura, un hito en la autorrepresentación nacional, unifica el territorio y los extremos contemplativos entre el infinito andino y la cosmogonía nipona (ambos mundos confluyen para dar origen a Tilsa).

Luis Palao Berastain es un caso para seguir, se marcha a vivir al ombligo de los andes, rodeado de la cotidianeidad y sencillez de las formas serranas sostenidas en una riqueza temporal recóndita, en esta acuarela, sus manos sostienen una “Cruz wiro”, forma de veneración antiquísima, devoción que puede hallarse en las alturas, en los remotos parajes donde habitan Apus, Jirkas y Orcos.

Jorge Eduardo Eielson, en un puñado de obras ha logrado hilvanar territorios, credos, pasiones, filosofías, caminos, ideales, épocas. El misticismo que representa se asemeja a la mirada de un Einstein, el artista no se interpreta en el encuentro del momento y lo que el espejo le da como reflejo, si no que el tiempo cronológico es arrebatado por su ser constante, puede autorrepresentarse como joven u en otro contexto dependiendo de su necesidad interior, cada autorretrato es un quiebre físico, un dislocamiento buscado por su cuño Chancay y contemporáneo.

Autorretratarse es entregarse, el artista artesano se construye para sorprendernos, como en un espejo, con una imagen que tiene de él y mucho de nosotros (Pozuzo, mayo 2024).