CUANTEPESCO

Por: Jacobo Ramírez Mays

Anacleto era su nombre. Andaba con su botella de aguardiente, su wayki colgado de su cuello, sombrero negro y su poncho al hombro. Lo encontrabas sentado siempre a un costado del camino antiguo que iba a Tingo María. De su wayki sacaba su coca para adivinar el futuro de cualquier transeúnte que le pagaba con unos reales que guardaba celosamente para comprar su cigarro o su aguardiente. Cuando un necesitado quería saber sobre su dicha o desdicha se acercaba a él y le consultaba. Entonces escogía unas hojas de coca, las ponía entres sus manos y conversando con Wayra Jirka, el apu de la zona, abría las palmas de sus manos y observaba cómo estaban acomodadas las hojas. Cuando todo era con la cara hacia arriba, sonreía y mostraba sus dientes carcomidos por la cal y la coca. Miraba a su cliente como quien no quiere la cosa y le decía todo lo que quería escuchar. El adivinado, feliz entonces, sacaba de su secreto de su pantalón unos reales y se los ponía en sus manos; luego, shucapeando una canción, se perdía por aquel camino solitario.
Pero cuando las hojas salían todas con la cara hacia abajo, entonces abría sus ojos más de lo común y con voz baja decía algo inentendible y maldiciendo le decía al interesado: «Mi coca está haciendo chapa, tu mujer tiene otro hombre, él es medio bajo, gordito y seplita. Si no me crees, hoy día cuando llegues a tu casa agárrale, amárrale de sus manos y después le cuelgas en un árbol de lúcuma; si es palta, chirimoya, níspero, mango u otro no funciona, tiene que ser lúcumo porque yo trabajo con el espíritu de ese árbol. Una vez que esté colgada sacas tu correa o con lazo con lo que amarras tu toro, le latiegas hasta que sangre, vas a ver cómo te va contar la verdad. Entonces el susodicho, después de pagarle por el servicio se marchaba molesto escupiendo ajos y cebollas con dirección a su casa para cumplir con lo que le había dicho.
Él, para terminar el rito, sacaba su bola de su boca y haciendo tres cruces en el aire la lanzaba por el lado izquierdo.
Cuando era una mujer la que se le acercaba a consultarle, él la miraba de reojo y narraba la misma historia; que tu marido te engaña, que está con la vecina, que la otra mueve mejor el cucharón y bla, bla, bla; entonces la mujer se ponía a llorar, él aprovechaba la situación, se le acercaba, la abrazaba y, susurrándole al oído, le decía: «Hijita, no te preocupes, cuantepesco yo y así te vengas de tu marido». Entonces las mujeres, levantándose y empujándolo, se iban corriendo como si hubieran visto al mismísimo diablo en persona.
En una oportunidad, mientras iba a visitar a mi tía, lo encontré sentado en la piedra que servía de colindante entre dos chacras. Me acerqué y lo saludé: «Tar, tío». «Hola, chiuchi, ¿a dónde te vas?», me respondió. «A visitar a mi tía, toy llevando pan». «Todavía es temprano, siéntate un rato», me dijo. Me senté sobre una piedra y lo contemplé cómo chacchaba. Deseoso de saber si era verdad que adivinaba con las hojas de su coca, le pregunté: «Tío, tú adivinas dizque». «Sí», me respondió metiendo coca a su boca. «Me puedes adivinar, con pan te voy pagar». «Ya. ¿De qué quieres saber?», me respondió.
Medio avergonzado, le dije: «Tío, es que toy namorado de una china de mi colegio, y quiero saber si ella me quiere». «Ha, chiuchi y mierda, ni limpiar tu sicuchco sabes y me dices que tas namorado. No jodas. Cuando tengas mujer te vas dar cuenta que solo para joder sirven, mejor estudia pa que sellas profesional, namorado, namorado, cojudo, pastea cuy primero, después namorate», me dijo.
Un día desapareció de la noche a la mañana, sus clientes lo buscaban y preguntaban por él, pero ni una señal de vida, hasta que en una quebrada, después de una semana de intensa búsqueda, lo encontraron con la cabeza destrozada y en estado putrefacto. Todos dijeron que fue un accidente, que se resbaló cuando estaba borracho, pero también corrió el rumor de que las mujeres que habían sido maltratadas por sus consejos se organizaron y terminaron con él y con sus consejos.

Las Pampas, 15 de diciembre de 2016