Cuando todo se tambalea, confiar es un acto de rebeldía

Por: Jimmy Trujillo Olivo
Cuando hablamos de valentía, solemos imaginar grandes gestas: un líder que desafía a todo un sistema, un empresario que arriesga millones en una idea nueva, un político que se enfrenta al poder establecido. Pero la verdad es que el coraje no siempre se expresa en escenas épicas. Muchas veces nace de un terreno mucho más discreto: la confianza.


No hablo de la confianza vacía, esa que se confunde con frases hechas o motivación pasajera. Me refiero a una confianza construida con paciencia, con esfuerzo, con cicatrices. Esa seguridad que no desaparece cuando el entorno se tambalea, porque está forjada en la experiencia y en la convicción de que, a pesar de la tormenta, es posible influir en la realidad.


En el Perú, este tema tiene un matiz especial. Vivimos en un país donde la política cambia de rumbo constantemente, donde los gobiernos parecen improvisar, más que planificar, y donde la ciudadanía carga con un peso de desconfianza casi estructural. La inestabilidad se ha convertido en una rutina, y con ella la sensación de qué no se puede confiar en nadie. Y sin embargo, en ese escenario áspero, cultivar confianza se vuelve un acto casi revolucionario. Quien logra hacerlo, quien se atreve a confiar en su preparación, en su equipo o en su propósito, se coloca un paso más adelante en el camino de la valentía.
Albert Bandura, un psicólogo que marcó época, decía que la clave no es solo tener habilidades, sino creer en lo que podemos hacer con ellas. Esa creencia —la autoeficacia— es lo que separa a quienes se quedan paralizados de quienes se animan a actuar.


Un ejemplo famoso es el del piloto C.B. “Sully” Sullenberger. En 2009, al quedarse sin motores en pleno vuelo, no recurrió a un manual (porque no había uno para esa situación). Recurrió a algo más profundo: años de entrenamiento que habían alimentado su confianza. No improvisó: actuó con calma, convencido de que su experiencia era suficiente para salvar vidas. Y las salvó.


Nosotros también tenemos ejemplos cercanos, aunque sin titulares internacionales. Durante la pandemia, muchos médicos y enfermeras trabajaron sin camas suficientes, sin oxígeno, sin equipos de protección adecuados. Lo fácil hubiera sido rendirse ante tanta precariedad. Pero no lo hicieron.

Confiaron en sus capacidades, en su vocación y en la fuerza que da el compromiso. Esa confianza, casi invisible, sostuvo nuestro frágil sistema de salud en el momento más oscuro.


¿Cómo se construye esa confianza? No aparece de la nada ni basta con repetir mantras de optimismo. Se cultiva en tres frentes.


El primero es el entrenamiento deliberado. Nada da más confianza que la práctica. Un docente que busca nuevas formas de enseñar, un abogado que se prepara para casos difíciles, un emprendedor que se capacita en herramientas digitales… todos ellos están haciendo un trabajo silencioso que, cuando llegue el momento crítico, se traducirá en decisiones firmes. La preparación no elimina el miedo, pero lo domestica.


El segundo frente es la variedad de herramientas. La confianza se fortalece cuando no dependemos de una sola estrategia. El emprendedor que sobrevive a varias crisis en el Perú no lo hace por suerte: lo logra porque cada golpe lo obligó a reinventarse. Aprendió a buscar financiamiento en lugares inesperados, a negociar alianzas improbables, a pensar productos distintos. La confianza surge de saber que siempre habrá otra carta en la baraja.


El tercer frente es el enfoque en lo que está bajo nuestro control. Parece sencillo, pero no lo es. En un país donde el dólar puede subir por una decisión externa y donde un presidente puede caer de un día para otro, lo incontrolable es enorme. Y sin embargo, ahí está la clave: elegir dónde poner la energía. El empresario que decide concentrarse en mejorar la calidad de su producto, el maestro que se enfoca en preparar mejor sus clases, el ciudadano que trabaja en cuidar su barrio… todos ellos ejercen un tipo de confianza práctica. Se centran en lo que sí pueden cambiar, y eso los libera de la parálisis.


Howard Schultz, ex CEO de Starbucks, aplicó este principio en plena crisis financiera. Mientras el mundo hablaba de colapso, él volvió a lo básico: la experiencia del cliente. Ese gesto simple sostuvo a la compañía y reforzó la confianza de sus equipos. En el Perú, esta lección debería servir de espejo para nuestras autoridades. Si los gobernantes se concentraran en garantizar lo elemental —salud, educación, seguridad—, la confianza ciudadana empezaría a reconstruirse.


Claro que también existe un peligro: la falsa confianza. Y lamentablemente, en nuestra política abunda. Son esos líderes que confunden soberbia con convicción. Hablan con seguridad, actúan con arrogancia, pero carecen de preparación real. Esa confianza inflada no es coraje, es temeridad. Y la temeridad, tarde o temprano, pasa factura. La verdadera confianza es humilde: reconoce límites, escucha, aprende, se disciplina.


Lo que viene no será fácil. La inteligencia artificial, el cambio climático y la polarización social multiplicarán la incertidumbre. No habrá manuales que nos indiquen qué hacer. Pero sí podemos entrenarnos, fortalecer nuestras herramientas y mantenernos enfocados en lo que controlamos. El Perú, con su larga historia de crisis y resiliencia, necesita ciudadanos y líderes que se atrevan a confiar, no porque el panorama sea estable, sino precisamente porque no lo es.


La valentía no consiste en negar el miedo, sino en enfrentarlo con la serenidad de quien confía en su preparación y en su propósito. Y esa confianza, silenciosa pero poderosa, es el cimiento sobre el cual se levantan las verdaderas transformaciones.