Cuando no basta con no ser delincuente

Jorge Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

 Las declaraciones (las hilarantes, desconcertantes, pasmantes declaraciones) realizadas por el gobernador regional del Callao, respecto de que prefiere ser incapaz en lugar de ser delincuente, suerte de excusa esta con que buscaría justificar la demora en el reinicio de las obras de la Costa Verde, no hacen otra cosa que pintar de cuerpo entero a un tipo de personajes de los que, muy a pesar nuestro, está llena nuestra política peruana.

Amparados en el argumento falaz de que sus supuestas intachabilidad, respetabilidad y probidad disculparían su flagrante incompetencia en el cumplimiento de sus funciones, individuos son estos a los que alguien parece haberles hecho creer que el mantenerse a buen recaudo de la comisión de delitos (tarea bastante difícil, habida cuenta de lo proclives que son estos, según ha quedado plenamente demostrado, a incurrir en ilícitos), basta y sobra para que sea la suya una gestión eficiente; esto es, una gestión en la que la capacidad de realizar las cosas para las que dijeron que estaban capacitados, sea perfectamente constatable a través de los hechos.

Y es que, aun cuando el ser gentes cuyos férreos valores les impidan robarle al Estado; birlarse los recursos que, a través de los votos, les confió la ciudadanía para la realización de obras en bien de la población en su conjunto, configúrese como requisito fundamental para quienquiera que desee postular a algún cargo público, tampoco debería serlo menos el hecho de que lo anterior no sirve para nada, si quien luce en el pecho las antedichas credenciales morales, es un total y acabado incompetente en materia de gestión pública.

Porque lo que los peruanos elegimos (o, mejor, buscamos elegir) cuando vamos a las urnas, de cuatrienio en cuatrienio y de lustro en lustro, ya sea que se trate de comicios regionales o nacionales, no solo es a individuos honestos, personas que, llegado el momento de que asuman el poder, sepan conducirse con rectitud y honestidad en el complimiento de sus funciones; también, y sobre todo, a ciudadanos capaces, competentes, cualificados para el ejercicio del cargo al que se postularon. Y no, en modo alguno, a papanatas de medio pelo, pelafustanes que no saben ni dónde están sus narices en materia de gestión pública. Incompetentes que, para colmo y remate, se pasan los escasos años que duran sus gobiernos lloriqueando porque los que los antecedieron dizque les dejaron los números en rojo.

La catadura moral de nuestras autoridades es importante, sí. ¿Habrá alguien que se atreva a sostener lo contrario? Con todo y con eso, es fundamental, asimismo, que los peruanos abramos muy bien los ojos cuando de lo que se trate sea de elegir a nuestras futuras autoridades, que después del circo grotesco que tuvimos el infortunio de presenciar hasta no hace mucho, lo último que deberíamos hacer es fijarnos “solo” en las credenciales “morales” de quienes se presenten como candidatos. Pues ese otro lado de la moneda que lamentablemente a muy pocos parece importarles, es tan igual de determinante que el que estos sean competentes en el desarrollo de las labores para las que se postulan.

Así, ocupados en buscar “figuras nuevas” para las elecciones parlamentarias de enero de 2020, lo peor que podríamos hacer los peruanos al momento de brindar nuestro a menudo irreflexivo voto, es relegar a un segundo plano las credenciales académicas y profesionales de quienes pretenden ocupar un escaño en el próximo Parlamento. Proceder de esa manera sería condenarnos a tener, una vez más, congresistas de características de los ahora defenestrados. Cosa que, naturalmente, nadie en su sano juicio debería desear. Pues si alguna lección ha de habernos quedado después de lo vivido con el anterior Congreso, es que los peruanos merecemos mucho más que semianalfabetos dirigiendo los destinos del país.

Accionar con el cual no solo deberíamos conducirnos en las elecciones que ya se nos avecinan, sino también en cuantas vengan en los próximos años. Solo así garantizaremos el que no se repita la misma triste historia de tener que soportar a cada sabandija, a cada semianalfabeta, a cada impresentable, sin que prácticamente podamos hacer poco menos que nada por remediarlo. Y, de paso, nos ahorraremos, también, tener que presenciar el deprimente espectáculo de escuchar a una autoridad mientras justifica su incompetencia alegando la tenencia de una honestidad que por lo demás ni siquiera está probada.

O se es capaz en ciertas cosas o, simple y llanamente, no se lo es. Aquí no caben medias tintas. Y el primero en saberlo debería ser, por supuesto, uno mismo. De modo que, si no servimos para determinadas cuestiones, mejor no nos metamos. Porque, así como de ninguna manera podemos hacer válido aquello de que “roba, pero hace obras”; tampoco podemos justificar ese otro disparate de “no hace obras, pero tampoco roba”; que, para ser autoridad, no basta con no ser delincuente, hace falta también ser competente, término este desconocido olímpicamente por muchos.