CRÓNICAS DE UN APÓSTATA

DESPERTAR

Por Jacobo Ramírez

Recostada en la cama, con tus ojitos cerrados, abres la boca de rato en rato. Tus labios secos son humedecidos con una gasa mojada. Todos estamos ahí, mirándote en silencio, recordándote cada uno a nuestra manera.

Ugo llora; sus lágrimas recorren sus mejillas y caen, una tras otra, sobre el piso. Sé que en su mente resuenan los momentos felices junto a ti: las comidas recalentadas que cada mañana le servías y que él devoraba entre sonrisas o silbidos; los huaynos que bailaba frente a ti mientras hilabas con alegría. Lo veo levantar los ojos al cielo, quizás clamando una oración. Tiene fe en que su petición será escuchada y se persigna. Por otra parte, está Josefita, o Petita. Suena su nariz para intentar detener las lágrimas, pero estas siguen fluyendo por su rostro y se mezclan con las de Ugo. Ella tiene presentes tus innumerables compañías en los lugares donde trabajaba como profesora y las veces en que te pedía ayuda con sus dos hijas, la Chacha y la Sapito, tus primeras nietas.

Aglee también se encuentra en el recinto. Esta vez no silba, para no provocar que te tapes tus orejitas como lo hacías en cada cumpleaños que celebrábamos. Ahora está callada; te observa y su silencio habla por ella. En una esquina de tu cama está Elda, quien se muestra fuerte frente a todos, aunque sé que, en la soledad de su habitación, llora en silencio. Ella te acoge en su casa, donde tantas veces te he visto: mirando la televisión mientras tus dedos hacían bailar el uso, llenándolo poco a poco de hilo de lana; otras veces, seleccionando café o, como solías decirme: «Estoy pachcando frijoles». Nunca te vi quieta. Siempre estabas haciendo algo, y ahora esa casa que te cobija también siente tu ausencia.

César está inclinado hacia ti, besa tu frente y se retira en silencio a un costado. Su corazón, que te ama desmedidamente, debe estar sufriendo, y su mente seguramente revive todos los momentos que compartió contigo. Carmen, o la Negra, como solías llamarla, acaricia tu cabello blanco. Sus mejillas están húmedas. Ella y Loli se han entregado, día y noche, a cuidarte. Ambas entienden cada uno de tus gestos, lloran cada noche bajo las frazadas y se consuelan como cuando eran niñas. Ahora están junto a tu cama, atentas a cualquier movimiento que haces.

Todos estamos aquí, mirándote. Algunos rezan a Dios, pidiendo que te conceda salud. Yo estoy sentado a un costado de la cama, observando ese lunar que tantas noches acaricié hasta quedarme dormido. Veo cómo tu respiración se acelera, cómo te estiras y emites un grito de dolor. Recuerdo las muchas veces que, a escondidas, me dabas un pedazo de chicharrón que habías guardado sin que nadie lo notara. También recuerdo tus risas cuando yo evitaba tomar café porque el médico me lo había prohibido, y tú me decías: «Yo, a mi edad, sigo tomando café cargado como cuando era chinita». Entonces, para complacerte, me tomaba la taza de café, y tú te alegrabas al ver que te hacía caso a ti más que a los médicos.

El piso tenía, literalmente, un pequeño charco de lágrimas donde se ahogaban nuestras penas, sufrimientos y recuerdos. Fue en ese momento, cuando el silencio reinaba y el pesar era inmenso, que abriste tus ojitos, estiraste tu manita y tomaste las de Loli. Sonreíste y pediste agua. Todos nos miramos; algunos agradecieron en voz alta al Altísimo. Te abrazamos, te llenamos de besos, y comenzaste a contarnos historias de ese sueño profundo en el que habías estado. Esas historias las relataré en otro momento, porque ahora todo lo que queremos es seguir disfrutando de tu presencia.

Las Pampas, 30 de enero del 2025