Por: Harry Peralta – Mag. Gobierno y Políticas Públicas
En el Perú de hoy, la confusión ideológica no es solo un mal teórico: es una llaga abierta que está permitiendo el avance del crimen organizado mientras la política se extravía en una guerra de etiquetas. La izquierda y la derecha, caviares y anticaviares, en su pugna eterna, han llegado a un punto donde parecen haber perdido de vista lo esencial: la seguridad de los ciudadanos.
Pero antes de seguir profundizando en esta crisis, recordemos cuál es la tarea esencial del Estado. Si realmente se busca enfrentar el problema de manera estructural y efectiva, el gobierno debe enfocarse en cinco puntos fundamentales:
- Garantizar la seguridad pública como prioridad nacional: No puede haber desarrollo sin seguridad. El Estado debe actuar con firmeza y sin dilaciones en la lucha contra el crimen, asegurando que las fuerzas del orden cuenten con recursos adecuados, tecnología avanzada y protocolos eficientes.
- Fortalecer el sistema de justicia y la persecución del delito: Un sistema judicial débil e ineficiente solo alimenta la impunidad. Es necesario reformar la fiscalía y el poder judicial para garantizar investigaciones rápidas, juicios justos y condenas efectivas contra el crimen organizado.
- Proteger los derechos humanos sin relativismos ideológicos: La seguridad y los derechos humanos no son conceptos opuestos, sino complementarios. Un Estado fuerte debe garantizar la protección de todos sus ciudadanos sin caer en abusos de poder o discursos que justifiquen la represión indiscriminada.
- Atacar las fuentes de financiamiento del crimen organizado: El narcotráfico, la minería ilegal y la extorsión son el motor financiero del crimen. Se requiere una política integral para cortar el flujo de dinero ilícito que permite a las mafias expandir su control territorial y corromper las instituciones.
- Desarrollar una estrategia de prevención y oportunidades económicas: No se puede combatir el crimen solo con balas. Es crucial invertir en educación, empleo y programas sociales que ofrezcan alternativas reales a los jóvenes que hoy ven en el delito su única opción de progreso.
La confusión ideológica y el fracaso de la política frente al crimen
Hoy, el país enfrenta una ola de asesinatos y violencia sin precedentes. Sin embargo, algunos políticos han decidido que la mejor forma de abordar la crisis no es con una estrategia de seguridad eficaz, sino con discursos ideológicos vacíos. Para ellos, el crimen tiene bando: o es parte de la “conspiración caviar”. Ambos extremos han caído en la trampa de pensar que la delincuencia responde a una ideología cuando, en realidad, responde a incentivos más básicos: el lucro, el control territorial, el miedo.
Esta misma confusión ideológica permitió que, hace décadas, México cayera en una espiral de violencia que aún no logra controlar. La guerra contra el narcotráfico, y violencia común iniciada en el gobierno de Felipe Calderón en 2006, se planteó como una lucha del Estado contra el crimen, pero terminó convertida en una guerra de facciones donde la corrupción y la politización de la seguridad pública permitieron que los carteles crecieran en poder e influencia. Se criminalizó a comunidades enteras, se militarizó la seguridad y, en el proceso, se perdió el control sobre el fenómeno, que al cerrar el 2024 con más de 400 mil víctimas y más de 72 mil personas desaparecidas. Perú, con su crisis de inseguridad actual, corre el riesgo de repetir esa historia si sigue priorizando la retórica ideológica sobre las soluciones reales.
Si Baruch Spinoza estuviera vivo para analizar esta crisis, recordaría a los políticos peruanos que el miedo es la herramienta más efectiva de un gobierno cuando se usa para dividir, pero a un costo muy alto que lo pagan casi siempre los más vulnerables con su sangre inocente y hasta con sus vidas. Sin embargo, el uso del miedo tiene un límite: el tiempo. No importa cuán eficaz y maquiavélico sea su empleo, siempre termina sucumbiendo ante el hartazgo social. Spinoza defendía que la libertad y la seguridad solo pueden existir en un Estado gobernado por la razón, no por el fanatismo. La incapacidad de los líderes peruanos para abordar la inseguridad con inteligencia y sin prejuicios ideológicos demuestra que aún estamos lejos de alcanzar ese ideal.
El problema es que esta confusión ha llevado a errores catastróficos. En su afán por combatir a los caviares y la progresía, sectores de la derecha han metido en el mismo saco a poblaciones vulnerables, comunidades empobrecidas y ciudadanos de a pie que poco o nada tienen que ver con las élites caviares. El resultado: operativos fallidos, mayor intensidad de la ola criminal y una brecha cada vez mayor entre las autoridades y la ciudadanía.
Por otro lado, la izquierda, atrapada en su narrativa de “lucha de clases”, se ha mostrado incapaz de condenar con contundencia la violencia criminal, aliándose con sectores de derecha para “lo más importante: la lucha contra los caviares”. Este increíble pacto, que en otras circunstancias podría haber sido aplaudido si hubiera priorizado la protección y seguridad de los ciudadanos, solo ha servido para paralizar cualquier acción efectiva contra el crimen.
No obstante, se requiere también una reforma profunda de las estructuras fiscales y judiciales. No basta con endurecer penas o aumentar el número de policías en las calles; se necesita un sistema de justicia que funcione, fiscales con herramientas y autonomía para procesar a los delincuentes sin interferencias políticas y jueces que no se dobleguen ante la corrupción o el temor a represalias.
Aprender de los modelos eficaces: China y El Salvador
Un ejemplo de la lucha contra el crimen y la corrupción, respetando su sistema de gobierno es China, con su modelo híbrido de comunismo político y capitalismo económico, nos ofrece una lección distinta: la ideología es solo un instrumento, lo que realmente importa son los resultados. Deng Xiaoping lo expresó con claridad cuando dijo: “No importa de qué color es el gato, lo que importa es que cace ratones”. Bajo esa lógica pragmática, China ha combinado control estatal con apertura de mercado para convertirse en una superpotencia, dejando de lado dogmatismos ideológicos en favor del crecimiento y la estabilidad en un marco de seguridad, aplicando una estrategia implacable contra el crimen organizado y corrupción de funcionarios, con tecnología, inteligencia y una estructura estatal fuerte. Perú debe aprender que el objetivo no es etiquetar al enemigo con una ideología, sino derrotarlo con un Estado funcional y eficaz.
Más cerca de nuestra a realidad, el caso de El Salvador y la política de Nayib Bukele han demostrado que una estrategia de seguridad sin concesiones ideológicas puede ser efectiva. Al asumir la presidencia, Bukele heredó un país asfixiado por la violencia de las maras. Su respuesta fue una ofensiva sin precedentes: militarización de zonas de alto riesgo, construcción de la megacárcel más grande de América Latina, suspensión de garantías constitucionales y la captura masiva de más de 75,000 pandilleros.
Si bien su modelo ha sido criticado por organismos de derechos humanos, los resultados son innegables: la tasa de homicidios se redujo drásticamente y la población ahora vive con una sensación de seguridad que parecía imposible hace unos años. Bukele no aplicó una ideología, su única ideología fue llevar paz a su pueblo. Su éxito radica en comprender que la seguridad no es de izquierda ni de derecha, sino una necesidad fundamental.
Parafraseo una frase de Nayib, que los políticos peruanos han olvidado: “Rescatar los derechos humanos de los millones de peruanos de bien, no de los criminales”.
Conclusión: Seguridad primero, ideologías después
Es imperativo dejar de lado la guerra de etiquetas y enfrentar la realidad con inteligencia y determinación. La seguridad no es de derecha ni de izquierda: es un derecho fundamental. Y hasta que nuestros políticos no lo entiendan, el Perú seguirá contando muertos mientras los políticos siguen contando votos.




