Por: Jimmy Trujillo Olivo
La incertidumbre se ha convertido en un factor preponderante en nuestro día a día. Parece haberse instalado como huésped permanente en nuestras vidas. En nuestro país, Perú, esta sensación es aún más intenso, donde la política se mueve no sólo con brusquedad, sino con una inestabilidad crónica, fruto de los deficientes actos de nuestros políticos. A esto se suman una economía golpeada por vaivenes externos e internos y una tecnología que avanza a ritmos que superan nuestra capacidad de adaptación. En medio de este panorama, muchos líderes, empresarios e incluso ciudadanos comunes caen en la trampa de la parálisis. Preferimos esperar, como si el tiempo resolviera por sí solo lo que en realidad demanda decisiones audaces. Sin embargo, la historia y la investigación coinciden en una verdad incómoda: es la valentía —no la cautela excesiva— la que abre camino en los momentos más críticos. Y esa valentía comienza con algo más íntimo de lo que solemos imaginar: la narrativa que elegimos contarnos y contar a los demás.
Toda acción humana nace de un relato. Cuando nos levantamos cada mañana y decidimos afrontar un reto, lo hacemos porque hemos construido una interpretación del mundo que nos da fuerzas. En otras palabras, la narrativa no es un adorno, es la raíz de la acción. Los líderes que se atreven a avanzar en la incertidumbre suelen tener la capacidad de redefinir la amenaza en una historia de propósito. No niegan los riesgos, pero los reconfiguran. Donde la mayoría ve caos, ellos encuentran oportunidad; donde otros sienten derrota, ellos construyen esperanza. Larry Fink, director de BlackRock, es un buen ejemplo: ha hecho de la “caza de riesgos” un hábito, transformando lo incierto en datos, tendencias y posibilidades. Su éxito no proviene solo de tener más información, sino de darle forma a una narrativa que inspira confianza y acción.
Las historias con mayor poder son aquellas que se sostienen en principios éticos. Una decisión difícil puede volverse casi insoportable si se la interpreta solo como una apuesta financiera. Pero cuando se le vincula a valores más altos, el miedo se disipa. Frances Haugen, la ingeniera que denunció a Facebook por priorizar las ganancias sobre la salud mental de los adolescentes, pudo haber callado y seguir disfrutando de un salario privilegiado. Pero su narrativa fue otra: se dijo a sí misma que estaba salvando vidas al exponer verdades incómodas. Esa manera de contarse su rol transformó el miedo en coraje. Lo mismo ocurrió con CVS Pharmacy cuando decidió dejar de vender tabaco en 2014, renunciando a miles de millones en ingresos. La narrativa fue simple y poderosa: no tenía sentido que una compañía que decía velar por la salud siguiera lucrando con productos que mataban a sus clientes. Ese relato inspiró orgullo interno y confianza externa. En resumen, cuando los líderes sitúan sus decisiones dentro de un marco moral, la narrativa deja de ser un discurso para convertirse en una brújula.
Existe también otra fuente de narrativas positivas, como la fe en todas sus formas o el entendimiento de la existencia de alguien superior. no se trata únicamente de religión, sino de la convicción de que hay fuerzas divinas, imágenes que acompañan nuestros fuerzo. Steve Jobs, pese a su carácter mágico, recurrir a un ritual diario frente al espejo: se preguntaba, sí, de ser el último día de su vida, estaría satisfecho con lo que iba a hacer. Esa narrativa existencial lo empujaba a tomar decisiones radicales, como reinventar productos y desafiar industrias enteras. Indra Nooyi, ex-CEO de PepsiCo, mantenía en su oficina una estatua de Ganesha, símbolo hindú de superación de obstáculos. Ese objeto le recordaba, en medio de la presión financiera y de crisis como la de 2008, que su propósito trascendía lo inmediato. De nuevo, el relato interior es lo que convierte la ansiedad en capacidad de actuar.
Quiero subrayar que esta estrategia no pertenece únicamente a grandes CEOs o políticos de renombre. Todos, en nuestra vida cotidiana, tenemos que elegir la narrativa desde la cual interpretamos nuestras circunstancias. Un docente que decide ver la adversidad como oportunidad para innovar en el aula; un emprendedor que interpreta cada fracaso como capítulo de aprendizaje; una comunidad que transforma la carencia en motor de creatividad… Todos ellos aplican, quizá sin saberlo, la estrategia de crear narrativas positivas para vivir con dignidad en medio de la incertidumbre. En contextos como el de América Latina, y particularmente en el Perú, donde las crisis políticas y sociales parecen repetirse como estaciones inevitables, la narrativa puede marcar la diferencia entre resignación y resiliencia.
Por supuesto, no todo relato es liberador. Las narrativas fatalistas —esas que repiten “nada se puede hacer”, “todo está perdido” o “nadie cambiará jamás”— funcionan como cárceles mentales. Alimentan la pasividad y perpetúan el miedo. En política, estas narrativas se convierten en armas de manipulación, porque quien logra instalar un relato pesimista consigue que la gente renuncie a actuar. De ahí la urgencia de recuperar el poder de contarnos historias diferentes, más propositivas, más humanas, más vinculadas a los valores que compartimos.
El mundo que nos espera será aún más incierto que el presente. La inteligencia artificial, el cambio climático, las tensiones geopolíticas y las crisis sociales seguirán multiplicando escenarios imprevisibles. No hay manual que nos prepare para todo. Pero sí hay una herramienta universal y siempre disponible: la narrativa. Si logramos que nuestras historias personales, organizacionales y sociales estén cargadas de propósito, fe y valores, tendremos la valentía necesaria para atravesar la tormenta. El futuro no se conquista con certezas, sino con relatos que nos recuerden quiénes somos y por qué vale la pena seguir adelante.




