CORRECTA DECISIÓN

Escrito por: Por Arlindo Luciano Guillermo

Jamás me voy a arrepentir de haber abandonado premeditadamente la academia preuniversitaria, donde me preparaba para postular a ingeniería civil en la Unheval. En realidad, yo tenía el ingreso libre, pues había recibido el premio excelencia en el colegio, que me permitía el ingreso a la universidad sin examen de admisión. Así que no vi mejor opción que prepararme anticipadamente en matemáticas para no “sufrir” después. Recuerdo a mis compañeros de carpeta, en el tercer el piso del Instituto de Música Daniel Alomía Robes, donde funciona la Losada, Toño Domínguez y Kike Sánchez. Le dábamos duro a resolver los ejercicios de la colección Goñi de la UNI. Eran los años del señorío de Luis Díaz Marconi, a quien veíamos como un dios de la trigonometría y el álgebra. No hubiera sido un profesor de literatura ni un periodista de opinión. 

De un momento a otro, deserté del grupo de ingeniería. Nunca más aparecí en la academia. A los dos años, cuando iba a empezar el segundo de universidad, debuté como profesor de Razonamiento Verbal, en esa academia que me había acogido como estudiante preuniversitario. El ingeniero Marconi me miró y dijo: “No hay cursos de matemáticas para que enseñes”. Me dio una palmada en el hombro y dio una soberana pitada al cigarrillo que lleva presionado en los dedos. “No es matemática lo que vengo a enseñar. Roel no va a poder enseñar porque tiene clases en la universidad. Lo voy a reemplazar”. Ceremoniosamente me señaló el salón más grande y más poblado de jóvenes en la vieja casona de Ciencias Económicas. Había unos 80. Allí fue la primera vez que supe que enseñar era mi vocación.  

Jamás me voy a lamentar haber abandonado conscientemente –por decisión propia, pero motivado por la lectura, la literatura, el periodismo radial y escrito, la política militante– la academia Losada y descartar irreversiblemente la ingeniería civil. Así que la primera medida fue canjear libros de matemáticas por literatura. Los 3 tomos de Baldor los cambié por una pila de novelas de Vargas Llosa, Vargas Vila, García Márquez, Manuel Scorza, una antología de Julio Ramón Ribeyro; incluía “el negocio”, con mis amigos de la especialidad de matemáticas, algunos poemarios de Vallejo y Neruda. Así que hice los míos. Me puse a leer con hábito compulsivo. Podía no comer, estar encerrado en el cuarto pequeño (que yo llamaba “cuchitril de lectura”) ni dormir, pero sí leer hasta acabar el libro que cogía. No había mejor disfrute que leer y pergeñar versos y ficciones aún silvestres.

Las matemáticas me perseguían como una sombra al mediodía. Vi que las letras y los números no eran incompatibles ni se rechazaban. Roel Tarazona era músico, agrónomo, economista, enseñaba con solvencia matemática básica y estadística, periodista, político, dirigente estudiantil, articulista. Vi ese ejemplo y quise imitarlo, pero ganó, por una nariz, la literatura y el periodismo. En la fila, para inscribirme a una especialidad, elegí lengua y literatura para bien sin duda. Nunca me fue mal como profesor, en el María Auxiliadora aprendí a enseñar a jóvenes con el método preventivo de don Bosco.

Desde marzo hasta hoy, la lectura me ha acompañado en la cuarentena, vivo junto a libros, escribiendo a diario, sin descuidar el trabajo docente ni otras obligaciones complementarias y necesarias para una vida serena, sin complicaciones y saludable. Sin libros ni lectura mi sistema inmunológico se hubiera debilitado hasta convertirme en un sujeto altamente vulnerable para el Covid-19. La lectura me ha dado tranquilidad, he releído todo lo que pude. El Quijote es una hazaña, un deleite mayor Cien años de soledad, una aventura casi inédita Pedro Páramo y El llano en llamas, un reto personal Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe y El laberinto de la soledad de Octavio Paz. Leer cada viernes el editorial de César Hildebrandt. La lectura ha sido más que una compañera de carne y hueso, más que una cónyuge tolerante. Si tuviera que elegir ser profesor, lo haría gustoso mil veces. Y no es que lo hago porque “me gusta”, que es un modo cursi y semánticamente estrecho, sino por vocación de servicio, por una responsabilidad social, porque la educación es la palanca de Arquímedes, la paciencia de Buda, la autoridad moral de Cristo, el telescopio de Galileo, el genio de Leonardo da Vince.

Solo espero que el deterioro natural de la vida no empiece por mis ojos y me prive de leer. Sin un brazo, sin una pierna, se puede leer y vivir. El ejercicio de la docencia tiene fecha de vencimiento, igual la escritura de artículos periodísticos. Lo leído y escrito serán los legados modestos para este pueblo que me vio nacer. No hice gran cosa, pero sí lo suficiente para demostrar que la lectura es un hábito adquirible, espiritual y cognitivo equivalente al aseo personal. Si no hubiera leído no escribiría ni pensaría con lucidez, por ahora, como creo que lo hago.