Jacobo Ramírez Mayz
El corazón vacío de aquel hombre te buscó durante casi cuarenta años en este valle inmenso. Supo que partiste una tarde de invierno, en silencio, llevándote contigo tus amarguras, tus pesares, tus dolores, y que te escondiste en lo más recóndito de esta tierra. También supo que temblaste de frío bajo la solitaria lluvia, que jugaste contigo mismo a las escondidas en otro valle que no era el tuyo, que recorriste el mundo buscando barcos a la deriva, hasta que un bloque de hielo detuvo tu aventura.
Ese hombre de corazón vacío, cuando aún era un niño, lloraba, quizás recordando las cucharitas de café que compartió contigo. Lloraba también de frío, pero en otro valle. Sabía que no encontraría cobijo por el resto de su existencia y, en noches de luna, observaba cómo las nubes negras ocultaban su única luz.
Cuando sus pies comenzaron a dar sus primeros pasos, ese corazón vacío te buscó por calles desoladas, y solo encontró el maltrato de quienes mostraban rostros santos. Quiso hallarte en la intemperie, pero se tropezó con la nada, y en sus pies descalzos sintió la desolación.
Cuando recibió su primera libreta de notas y vio que había más rojos que azules, te buscó para entregártela, para que te sintieras mal. Quiso vengarse de tu despreocupación. Pero, como el hombre sabe más por viejo, te escondiste. Tus oídos comenzaron a oír el canto de las sirenas, y entonces el hombre de corazón vacío deambuló buscando quién te reemplazara, pero jamás lo encontró.
Después se enfrentó a los avatares de la existencia. Deambuló junto con la soledad y encontró el manjar de la vida. Tras degustarlo, fue en tu búsqueda para contártelo. Contempló ese sillón vacío que aún guarda tu trabajo. Observó la vieja almohada en la que siempre estabas sentada. Se acercó y aún sintió el calor de tu cuerpo. Levantó la mirada y el viento de julio abofeteó su piel sencilla. Se puso de pie, caminó sin hacer ruido por el pasillo empedrado de la cocina, de donde salía el humo de la leña. Divisó en silencio la huerta, te buscó entre los troncos de los árboles, te llamó con su voz de niño-hombre, pero no te encontró.
Cuando Troya ardía, se enfrentó con su única arma a los enemigos. Luchó, lo hirieron, le abrieron el vientre, y de él fluyó sangre, tu sangre, la misma que había quedado en el olvido. Pero, al verla correr como un arroyo por la vereda, reconoció en ella la marca infalible de la raza. Entonces fue en tu búsqueda. Subió al árbol solitario de pacae y, desde su copa, te llamó para que curaras su herida. El viento llevó su voz, atravesó el valle, cruzó el mar… pero sus oídos nunca oyeron tu respuesta.
Después, ese hombre de corazón vacío se enfrentó a dificultades mayores. Se perdió en el misterio de los libros. Como un verdadero animal, devoró todos los textos que llegaron a sus manos. Desde la aurora hasta la penumbra, se llenó de mensajes que seres invisibles le entregaban. Experimentó mundos distintos, viajó a Europa, Asia y América. Retrocedió siglos y volvió a la realidad, acompañado de letras infinitas. Su mente se colmó de fantasías y, cuando estuvo en lo más alto del firmamento, se recordó de ti.
Salió a la calle y recorrió las veredas con sus pasos ágiles. Sintió el frío de la noche, atravesó parques, se sumergió en el agua del río turbio, esquivó los guijarros del camino, se enfrentó a perros solitarios, cruzó puentes, caminó bajo lunas llenas, dejó que el sol quemara su piel y, al descender por el camino solitario —aquel que lleva al pueblo del olvido—, supo que jamás te encontraría.
Se refugió en la soledad. Ella lo acompañó, le habló del licor, del cigarro, de la mujer. Lo invitó a perderse en el infinito cielo terrestre y, finalmente, ya cansado, arrastrando los pies, perdido en medio de la bulla… te halló.
Al encontrarte, observó tus dientes fuertes perdidos, tus bigotes ralos, tu escasa cabellera. Vio también tu rostro marcado por la desdicha y escuchó tu voz pronunciar palabras inentendibles que, acompañadas por el silencio, se perdieron en el recinto.
Entonces, ese corazón vacío comprendió que estabas muerto. Y supo que su espíritu quedaría deshabitado por el resto de sus días.
Las Pampas, 27 de marzo de 2025




