
Por: Arlindo Luciano Guillermo
Siempre he creído que nadie vive al margen de la sociedad, sin fe en uno mismo o en alguien superior ni ignorando las circunstancias. Nadie es éticamente inmaculado e irreprochable; algo en la vida cotidiana no hacemos correctamente. La utopía nos mantiene de pie, con sueños y esperanzas. El credo se encarga de mantenerla prendida como fuego persistente. A ese ideal hay que ponerle acción, palabras coherentes y actitudes positivas. Una palabra o discurso tiene que convertirse en acción para ser útil y confiable. La postura pesimista ante la vida es una agonía diaria, que, con el tiempo, se convierte en desdicha. Si dos más dos son cuatro, qué sentido práctico tiene discutir con un matemático. Es increíblemente urgente, en estos días, saber que debemos tener valor para aceptar que hay cosas que jamás vamos a cambiar. Aprender a vivir en la diferencia y la diversidad es la vía pertinente. Vivir peleando por unas monedas, por un plato de lentejas, una porción de territorio, una frontera o poder político es ingresar en el callejón sin salida de la codicia, la soberbia, la ambición irracional y la inminente muerte cuando menos se espera. Nadie tiene dos oportunidades para residir en la Tierra. Morimos y ahí acaba nuestra ejemplar o triste biografía. Uno o dos días llorarán, luego la función debe continuar. La rueda de la historia colectiva o personal no se detiene. Ni somos Sísifo ni Prometeo ni Atlas ni Harpagón. Simplemente somos lo que somos; eso es suficiente. Vivir es entender que tenemos una misión por cumplir y trabajar.
En mi lejanísima infancia, fui muy religioso, asistía a misa los domingos con unos tíos. Hice de monaguillo en mi parroquia, salía, en las procesiones, con mi hábito albinegro, cargando una cruz de madera, como una asta de bandera, en mi adolescencia, en Semana Santa. No perturbó mi cabeza el ateísmo. Mantuve la fe religiosa en dios, en Cristo y algunos santos de mi confianza. Rezaba antes de dormir. Las ideas políticas y culturales las debatíamos en el Café Ortiz. En esos años, leí algunos libros de Mariátegui, los que más me llamaron la atención: Siete ensayos, El artista y la época, Temas de educación e Ideología y política. Mezclaba política, literatura, compromiso social del escritor y pedagogía. Eran los convulsos y difíciles años 80. Dios nunca se extinguió en mi conciencia. Respeto al que cree y tolero a quien no lo hace. A Dios rogando y con el mazo dando. No soy deicida, no creo que dios haya muerto. Creo en Cristo; sé que es un poder superior a mí. “Siento a Dios que camina / tan en mí, con la tarde y con el mar”, escribe Vallejo.
El ciudadano apolítico no existe. Yo no soy “político profesional ni empírico”, pero tengo opiniones y convicciones políticas. Lo que sí existe es aquel a quien la política le produce alergia y desinterés; es un impolítico. ¿Acaso hay alguna acción social o cultural que esté libre de injerencia política? Pertenezco a una generación que aprendió leyendo libros, que escribía con una Olivetti, que se mantenía sensible a los acontecimientos políticos e históricos. La política es necesaria en una sociedad. ¿Existe un pueblo donde no haya prácticas y actitudes políticas? A través de la política se llega al poder y al gobierno. La democracia es eminentemente política. El ciudadano expresa su preferencia política en las elecciones. Que la política hoy sea indecente y severamente cuestionada y desaprobada, es otro cantar. Jamás simpatizaría con una dictadura o un régimen que no respeta la libertad ni la voluntad popular. Hay tanta política en Suiza como en Venezuela, Cuba, Perú o los Estados Unidos. Ahí donde hay comicios electorales existen públicamente actos y líderes políticos en competencia por ganar el sufragio del ciudadano. Quien cree mantenerse exento y blindado de la política es un misántropo. Creer que somos apolíticos es una falacia. Creer que alejándonos de la política estamos mejor y “felices” es necedad e irresponsabilidad social. Un escritor no vive dentro de una burbuja transparente desde donde observa la realidad. Leo esencialmente literatura, crítica literaria y periodismo. Leer y escribir son mis “oficios irrenunciables”.
Tengo memoria de largo plazo; no olvido experiencias que marcaron mi vida, unas felices, otras trágicas, un sinnúmero de adversidades de donde supe salir con esfuerzo y valentía. “Ensayo, error, lección” es la consigna. Creo en la resiliencia estoica, el poder de Nietzsche, la sabiduría de Sócrates, en la exigencia moral de José Ingenieros, la pluralidad de Karl Popper. Soy el resultado de mis lecturas. Encontré en los libros personajes, temas e historias que conservo intactos. La lectura de un libro de cuentos en la secundaria me abrió los ojos a la ficción. Me deslumbró “Warma kuyay” de Arguedas, relato tierno y lacerante; “Paco Yunque” y los abusos del hijo del patrón; la fábula “La huachua y el zorro” de Adolfo Vienrich cuya moraleja es “nunca debemos ejercitar venganza y que la cólera es muy mala consejera” o la brillante historia de un gallo de pelea en “El Caballero Carmelo” de Valdelomar. Tengo amnesia inducida para hechos y circunstancias que no quiero -ni debo- recordar por razones de tranquilidad espiritual y salud mental. La “amnesia histórica” es la negación deliberada de la historia remota o reciente. Mi generación vivió la década del 80 –La tercera ola (1979) de Alvin Toffler y El fin de la historia (1992) de Francis Fukuyama eran obligatorios si querías estar al día con la política y los cambios mundiales-, años de violencia subversiva, de enfrentamientos militares en el sur y en el Alto Huallaga. Lo peor que nos puede pasar es vivir dándole la espalda a la vida, a la historia y las vivencias individuales y colectivas.
He leído todo lo que he podido leer; hoy solo leo lo que debo leer y releer. Los años maravillosos del lector omnívoro y compulsivo ya pasaron. No me complico la vida con la existencia de Dios. Trato de conducirme por el camino sin presumir de perfecto ni moralmente intachable. No soy “político profesional”, no tengo aspiraciones de poder. Creo que es conveniente hoy fortalecer la actitud ética (hacer lo correcto), el pensamiento crítico (debatir para inferir consensos) y un esfuerzo personal por ser felices y gozar de bienestar (un derecho legítimo). Hoy lo incorrecto es normal; lo correcto, anormal. Soy consciente de los cambios radicales, la prosperidad de la posverdad, la polarización ideológica, los avances tecnológicos y los riesgos de estos si no hay control, del uso inevitable de Internet y las redes sociales. Las fake news, las teorías de la conspiración, la censura política y cultural y las variopintas ideologías están presentes en la democracia y la política. Solo queda responder con pensamiento crítico, idoneidad del análisis y opinión responsable. En algún momento, la situación social y cultural cambiará y surgirán oportunidades de bienestar y el justo derecho de vivir en paz. Soy docente desde hace más de tres décadas y desde la trinchera profesional educo ciudadanos con vocación de servicio, ética, responsabilidad social e inteligencia emocional.




