Jacobo Ramírez Mayz
Hoy, 14 de enero, me senté a fumar un cigarro que no debía y a conversar con un joven que no conocía a Andrés Cloud. El muchacho tenía esa edad peligrosa en la que uno cree que los muertos son solo cifras y que la literatura es un lujo para viejos melancólicos. Me preguntó por qué estaba callado, por qué miraba el suelo como si ahí estuviera escrito algo importante, entonces le respondí que hoy se cumplen cinco años de la muerte de un amigo, un escritor; uno de verdad.
¿Quién?, me preguntó, con curiosidad sincera. Andrés Cloud, le dije, tal vez no te suene, pero escribió libros que todavía se los puede conseguir por ahí, aunque a él ya no. El joven se sentó a mi lado, entonces le conté que Andrés fue autor de muchos libros, que Bajo la sombra del limonero es un libro del recuerdo de la infancia que no vuelve y de una mascota que ha hecho llorar a más de uno, también le conté de otros libros y de su novela Los últimos días del papa Ata, le dije que es una especie de despedida anticipada del mundo, escrita por alguien que ya sospechaba que la fe, la amistad y el cuerpo también se cansan.
¿Y cómo era él?, preguntó el joven. Ahí me dolió, porque describir a un muerto querido es como tratar de agarrar agua de un río con las manos. Le dije que Andrés era un gran bebedor, sí, pero no de esos borrachos ruidosos y brutos, sino de los que toman para conversar mejor, que bebía como quien afila recuerdos, que era buen amigo; de esos que escuchan sin mirar el reloj, de los que llegan a tu casa sin avisar y se quedan como si siempre hubieran vivido ahí. Visitó mi casa varias veces, se sentaba, pedía un vaso, preguntaba por todo y por nada, jugaba sapo, ganaba, se reía.
¿Te estimaba?, me soltó el joven, directo. Le dije que sí, mucho; que nunca lo dijo de manera solemne, pero se notaba en cómo me miraba cuando hablaba, en cómo celebraba mis textos. Le conté también que Andrés escribía como vivía, sin pedir permiso, que no le tenía miedo a la tristeza, que la miraba de frente y la convertía en palabras, que cuando hablaba de la muerte, no lo hacía con solemnidad, sino con una especie de respeto burlón, como si supiera que algún día le tocaría el turno.
El joven bajó la mirada, tal vez comenzó a pensar en él. ¿Y cómo murió?, preguntó. El Covid lo mató, dije. Le expliqué que fue una muerte solitaria, como tantas en esos años. Sin despedidas, sin palabras finales, sin esa última conversación que siempre creemos que habrá tiempo de tener, se lo llevó una enfermedad que no sabe leer ni quiere a nadie.
El joven guardó silencio, el ruido de la calle siguió como si nada; eso es lo que más duele, le dije, que el mundo no se detiene cuando se muere un amigo.
Le conté también que desde entonces, cada 14 de enero, algo se me cae por dentro, que recuerdo a Andrés silbando saliendo a abrirme la puerta, aclarando que hacía mucha calor para ir a tomar unas chelas, haciendo un comentario jodido, hablando de literatura como si fuera una vieja amante, que a veces me parece escucharlo en algún rincón de la casa y que otras veces, cuando leo una frase bien escrita, pienso: carajo, esto le hubiera gustado a Cloud.
¿Y por qué me lo cuentas a mí?, me preguntó el joven. Lo miré y le dije porque alguien tiene que recordar a los que escribieron con el corazón, porque los libros no se defienden solos, porque los muertos viven mientras alguien los nombra. Le dije que Andrés Cloud no murió del todo, que sigue ahí, bajo la sombra del limonero, bebiendo en alguna mesa invisible, corrigiendo frases, jodiendo al mundo con elegancia, que lo mató el Covid, sí, pero no pudo con su amistad ni con sus palabras.
El joven se levantó y antes de irse me dijo que iba a buscar sus libros, que quería leerlos.
Ahí entendí que Andrés, cinco años después, todavía hacía visitas inesperadas y que esta conversación también fue una de ellas.
Las Pampas, 15 de enero del 2025




