Escrito por: Jacobo Ramirez Mays
«¡A Huánuco!», me dice estacionando su carro en la entrada a Las Pampas. Lo observo, y sus ojos delatan que se trata de un hombre que lleva ya unos cuantos añitos encima. Me ubico en el lado del copiloto, asiento que ahora está separado del chofer por un plástico que, de solo pensar en tocarlo, no sé qué me da más, si miedo o asco.
Levanta el volumen de su equipo de sonido, e inmediatamente escucho las siguientes letras: “Qué bien me dijo mi madre cuando me trajo a este mundo: no vayas a llorar por ningún querer; como la flor sin aroma, como la planta sin riego, no vayas a sufrir por ningún querer. «Son Los Destellos», me dice el alegre chofer. Pero si no le gusta, lo puedo apagar. «No, está bien», le digo.
«¿Usted es de esta ciudad que dicen que tienen el mejor clima del mundo?», me pregunta al cabo de un momento. «Sí», le respondo sacando pecho y mirándolo de reojo. «El que ha dicho que Huánuco tiene el mejor clima del mundo debe ser alguien que conoce todo el mundo, ¿no?», me dice levantando su voz y sin bajar el volumen de su equipo de sonido. «Ese hombre debe haber estado hasta en los pueblos de la cochinchina, y por eso afirmó que esta ciudad tiene el mejor clima del mundo», remarca, dejando asomar a sus labios una sonrisa maliciosa. «Este chofer debe ser chileno», digo para mis adentros, mientras él sigue con su perorata. «Yo soy de Jaen, cajamarquino de corazón, pero ya me he nacionalizado huanuqueño», dice de pronto, como si alguien se lo hubiese preguntado, para luego matizar su anterior comentario: «Esta ciudad es bonita, pero lo que no me gusta es que en este mes han aparecido unos mosquitos. ¿Así es siempre?». Le contesto con un rotundo «sí»; un «sí» que sabe más a mentada de madre que a simple afirmación. Él continúa: «espantas a uno y aparecen mil; felizmente estamos con nuestros bozales, si no imagínese cuántos nos hubiéramos tragado ya». La que en principio era una incipiente sonrisa se ha convertido ya en una grotesca y escandalosa carcajada.
«Recién estoy unos cuantos meses por acá, y lo que sí me encanta de este valle son sus mujeres; es como si fuera el paraíso. La ventaja es que Huánuco es pequeño y cuando sale una mujer es casi imposible no verla y admirarla. En eso son bendecidos, pero según escuché los comentarios de tus paisanos, porque usted debe saber que los choferes sabemos y conocemos la vida de muchos, en relación con sus autoridades son castigados; es como si el demonio se hubiera encarnado en cada uno de sus representantes políticos». Sonreímos y tomo más atención a sus comentarios. «En Pomahuaca, distrito de dónde vengo, no somos tontos, pues la gente sabe que los que son candidatos y autoridades son los ladrones y angurrientos más grandes. Y eso creo que es igual en todas partes de nuestro Perú».
“Porque la vida que paso, carece de contenido sino me has de dar tu dulce querer. Por eso mi alma solita, vaga por estas regiones, para escuchar tu divina voz”. Sigue cantando Enrique Delgado, mientras yo voy poniendo cada vez más atención en lo que el chofer me comenta.
«Vine en marzo por una chamba, y me agarró acá la cuarentena. Cuando estaba casi mendigando, conocí a una linda huanuqueña pretenciosa que me ayudó, me alojó en su casa; y han pasado ya casi siete meses, y no he salido de ahí. En diciembre va a nacer mi Pandemita, así la estoy llamando de cariño a la hijita que está creciendo en la barriguita de ella. Por eso le decía que ya me he nacionalizado huanuqueño y, como muchos me han dicho, debe ser cierto que una vez que hayas conocido a una mujer huanuqueña, ya no dejas esta ciudad; y creo que tienen razón».
“Como la flor sin aroma, como la planta sin riego…”, «así estoy, don, jodido pero contento. Estaba estudiando una carrera técnica, iba a ser un ofimático, pero por templado y por mi cría lo estoy dejando todo por un buen tiempo. Pero cuando mi hijita esté grandecita, le juro doncito que voy a seguir estudiando, porque quiero que alguna vez mi hija se sienta orgullosa de este pechito. ¿Sí o no; usted qué dice?» «Claro, tienes razón», le afirmo. En eso, una pasajera hace parar el carro, sube en la parte trasera, y el chofer me dice: «Ojalá otro día me encuentre con usted para contarle algunas cosas más, ahora mejor guardamos silencio porque no vaya a ser que los plásticos de mi carro tengan oídos». Reímos y, en silencio, seguimos escuchando a Los Destellos hasta llegar a esta ciudad.
Las Pampas, 15 de octubre de 2020




