Contra todo pronóstico

Jorge Farid Gabino González

El presidente Martín Vizcarra ha cumplido un año en el poder. Y aunque la verdad es que llegó a ocupar la más alta magistratura del país sin siquiera habérselo soñado (lo que por lo demás ha de haberles pasado también a todos cuantos en algún momento se ciñeron la banda presidencial en el Perú a través de elecciones democráticas, pues ya se sabe lo impredecibles que somos los peruanos cuando de decidir a quién le confiamos nuestro voto se refiere, por lo que su caso no sería ninguna excepción a la regla), seríamos verdaderamente mezquinos, cabrones, poco menos que hijos de puta, si solo nos pusiéramos a sentenciar qué fue lo único que hizo bien y cuáles fueron sus múltiples desaciertos (porque ya se sabe que a menos que seamos nosotros quienes hagamos las cosas, lo “malo” siempre habrá de superar a lo “bueno” cuando sea hechura de los demás) a lo largo de los últimos demás está decir que extenuantes para él (y también para nosotros; pero sobre todo, insistimos, para él) trescientos sesenta y cinco días.

A lo que los peruanos nos deberíamos abocar en estos momentos en primer término es, más bien, a valorar cómo alguien que a todas luces no solo no tenía ni remotamente entre sus planes el asumir la conducción de los destinos de todo un país, que para colmo y remate tratábase de nada más y nada menos que del nuestro, sino que además tampoco parecía encontrarse preparado para la asunción de tamaña responsabilidad (su paso por el ministerio de Transportes y Comunicaciones fue, y todos lo saben, de los que se podrían tildar de “sin pena ni gloria”), terminó, finalmente, tapándole la boca a medio mundo, y poniéndose a la altura de las circunstancias, que fue lo que hizo, hechas las sumas y las restas, desde el primer día de su mandato. Esto es, oponerle un dique a la turbulenta y amenazante marea de la corrupción, que desde la mar infecta de nuestro Poder Judicial amenazaba con desbordar nuestro endeble sistema democrático, y llevarnos a todos de encuentro.

Los primeros en decepcionarse a causa del relativo éxito político del presidente Vizcarra fueron, naturalmente, los apandillados bajo el emblema de fujiapristas, quienes con los antecedentes poco alentadores del recién estrenado primer mandatario en materia de manejo político, han de haber asumido que con su aplastante mayoría en el Congreso harían con el susodicho lo que les diera su puta gana, que era, valgan verdades, lo que se habían encargado de hacer desde que asumieron el poder en 2016 con cuantos se les tornaran adversos a sus objetivos, contrarios a sus propósitos. El defenestrado Pedro Pablo Kuczynski era, en tal sentido, el más claro y contundente ejemplo de lo que los fujiapristas podrían llegar a hacer si se lo proponían. Y Martín Vizcarra, desde luego, lo tenía clarísimo.     

Como sea, lo cierto es que fue ese mismo hombre, aquel por el que ni sus propios colegas de partido daban en un principio un solo centavo, quien paradójicamente se las arregló para ponerle un alto a los que hasta ese momento se asumían los dueños del país: le puso los cascabeles al monstruo de las ciento treinta cabezas. Así, con el Congreso contra la pared, acabó llevando adelante un referendo cuyo quizá principal planteamiento (cuando menos para el común de las gentes) fue el de la no reelección inmediata de congresistas. Propuesta que por obvias razones obtuvo el aplauso unánime de la población, cansada, como pocas veces ha de haberlo estado, de tanta pero tanta majadería por parte de un Congreso que si en verdad representaba a alguien era a sí mismo.      

Con todo, queda claro que lo peor aún está por venir. Con más de dos años de gobierno por delante, son muchísimas todavía las batallas que aún le falta librar. Ahí está, por ejemplo, la que tendrá que llevar adelante respecto de la conservación de la mentada “aprobación” de la gente, que aunque sea en realidad la menos importante (la menos trascendente, en todo caso), cuenta, y  mucho, a efectos de gozar de la debida tranquilidad del caso, necesaria para la acertada toma de decisiones. Que una cosa es gobernar para los intereses de todo el país; y otra, muy distinta, hacerlo para los de grupúsculos convencidos de que son ellos los únicos merecedores de ser atendidos.

Lo que se hace particularmente peligroso para la gobernabilidad del país. Sobre todo si, por ejemplo, guiado por lo que es hoy “políticamente correcto”, al presidente se le ocurre caer en demagogias como la de proponer un Gabinete en el que exista paridad de género. Olvidando que lo que en realidad debería importar al momento de elegir a quienes conducirán los diversos ministerios, es su calidad profesional y política, antes que su sexo, que en este tipo de cosas, y contra todo pronóstico, sale sobrando.