Construir conexiones: El coraje nunca camina solo

Jimmy Augusto Trujillo Olivo
Cuando pensamos en la valentía, solemos imaginar a un héroe solitario. Esa figura que, contra viento y marea, se enfrenta a todo un sistema, desafía al poder establecido o salva a otros desde la absoluta individualidad. Es un retrato romántico, muy útil para el cine, pero falso en la vida real. El coraje, en el mundo de carne y hueso, rara vez es un acto solitario. Siempre hay alguien detrás, a los costados o incluso adelante, que sostiene, inspira o empuja.


Ranjay Gulati, en su artículo “Now Is the Time for Courage” publicado en la revista Harvard Business Review (septiembre-octubre 2025), lo resume bien: una de las cinco estrategias para cultivar el coraje es construir conexiones. Es importante considerar que si deseamos avanzar en tiempos de incertidumbre, necesitamos un círculo de apoyo.


Podríamos considerarlo de la siguiente manera: la valentía es un deporte en equipo. Detrás de cada persona que se atreve, hay aliados que dan fuerza, críticos que obligan a repensar, comunidades que sostienen cuando las cosas no salen como se esperaba o quizás, porque no tienes ninguna otra opción. Esa red de conexiones no le quita mérito al acto valiente; al contrario, lo hace posible.


Pensemos en nuestras propias experiencias. ¿Cuántas veces hemos tomado una decisión difícil después de una conversación con alguien que nos alentó? Un consejo oportuno, una palabra de confianza, una mirada de “tú puedes hacerlo” pueden pesar más que mil argumentos racionales. Cuando sentimos que no estamos solos, encontramos el coraje que antes nos faltaba.


Estoy seguro que todos en algún momento han tenido que retarse a sí mismos, para superar los problemas de la vida o las propias creencias y hábitos que muchas veces pueden terminar limitando nuestro potencial. Me refiero al sentido de que muchas veces tenemos ciertas ideas y pensamientos, que nos condicionan a cierto comportamiento y muchas veces no detiene a buscar alternativas de solución a nuestros problemas. Por dar un ejemplo, hay personas que a pesar de ser talentosas se sienten inseguras y creen que son un fraude.


Las redes de apoyo, muchas veces brindan un soporte, para estas personas, tomen la iniciativa a tomar acción. Sin embargo, pocas veces se reconocen las redes de apoyo que permiten sobrevivir en medio de tanta inestabilidad. El emprendedor que sigue en pie no lo hace solo: detrás de él hay familiares que le prestan dinero, amigos que recomiendan su negocio, clientes que confían aun cuando el mercado tambalea. El dirigente comunitario que reclama agua potable no se sostiene únicamente en su fuerza personal, sino en la comunidad que lo respalda y lo acompaña en cada marcha o reunión. Esa es la conexión que convierte la indignación en acción.


Construir conexiones, sin embargo, no significa rodearse solo de gente que nos aplauda. El coraje también necesita críticos. Aquellos que nos dicen lo que no queremos escuchar, pero que al hacerlo nos fortalecen. Gulati recuerda el caso de Lego, cuyo entonces CEO Jørgen Vig Knudstorp tenía como lema “escucha al que se queja”. Parece simple, pero encierra sabiduría: es en las críticas donde encontramos las pistas para mejorar. Y se necesita valentía para exponerse a ellas.


En política, este aprendizaje sería oro puro. Nuestros líderes suelen encerrarse en círculos de aduladores, incapaces de escuchar voces críticas sin interpretarlas como ataques. Así, toman decisiones aisladas, desconectadas de la ciudadanía. Si en lugar de eso construyeran redes de escucha activa —con críticos honestos, con ciudadanos de a pie, con expertos que aporten perspectivas distintas—, quizá tendríamos políticas más humanas, más realistas y, sobre todo, más valientes.
Construir conexiones no es solo cuestión de estrategia; también es un acto emocional. En momentos de incertidumbre, necesitamos sentirnos acompañados. Los lazos emocionales refuerzan la identidad y el sentido de deber. Cuando alguien cree en nosotros, empezamos a creer también en nuestra propia capacidad. En mi caso:
La pandemia nos dejó una lección clara en este sentido. Si algo sostuvo a los peruanos en medio del colapso sanitario fue la solidaridad. Las ollas comunes en los barrios no fueron un gesto aislado, sino una red de manos que se unieron para resistir el hambre. Allí se construyó una valentía colectiva que nos recordó que el coraje no siempre está en un líder visible, sino en la suma de gestos pequeños que juntos generan fuerza.


Mirando hacia adelante, estoy convencido de que el Perú necesita más de esta estrategia. No podemos seguir apostando por líderes mesiánicos que prometen resolver todo en soledad. El futuro se construirá con redes de confianza: empresarios que se apoyan entre sí para innovar, comunidades que colaboran para resistir la adversidad, políticos que se animan a escuchar más allá de su círculo íntimo.
El coraje de mañana será colectivo o no será. En un mundo fragmentado, donde la polarización y la desconfianza crecen, la valentía más revolucionaria será tender puentes, aceptar críticas, buscar aliados y reconocer que nadie avanza solo.


Y así como lo plantea Gulati, creo que este es el camino: si queremos ser valientes, aprendamos primero a conectarnos. El heroísmo solitario es un mito. El verdadero coraje se multiplica en comunidad.