CONSTRUCCIONES. La vigencia de un espíritu Tiwanaku

Por Israel Tolentino

La Puerta del Sol es un monolito que te deja franquear y retornar de tiempos y espacios disímiles, por ahora improbable físicamente, pero en la mente y el ADN esas dimensiones se zanjan en una condición escondida.

A orillas del lago Titicaca floreció la cultura Tiwanaku o Tiahuanaco (XV aC. Al XII dC.) Rodeada de misterios tanto como hoy guarda el lago. Pocas civilizaciones crecen en secretos, esta es excepcional desde donde la observemos. Hemos crecido sabiendo que de las aguas del lago Titicaca emergió el dios Wiracocha, el creador supremo;  quizás en las noches limpias el cielo estrellado se refleja en el lago hasta el punto en que el espectador pierde su ubicación con respecto a arriba y abajo, en esa visión,  que Wiracocha hubiera emergido o descendido sería casi lo mismo.

Sin temor a equivocarme, en esta individual: “construcciones” en la casa Fugaz en Callao Monumental, la obra de René Quispe, nos revela las particularidades del artista lejano tiwanakense. En la sala, Te reciben tres monolitos de cartón corrugado con medidas cercanas a la de un ser humano promedio, las demás construcciones, como empotradas en la pared, se  ven como los bajorrelieves Tiwanaku, representado deidades, tal vez una forma de escritura actual o aflorada de su heredada memoria. Sobre cada cubo se sienta medio cuerpo de un monolito, un trozo de imagen de un dios como los vistos y tal vez hechos por sus abuelos. Corta el cartón con cuchillas y tijeras, les saca solidez al material que en otro momento sería solamente un montón de cartones expuestos en un rincón de la casa.

Su familia emigró a la gran provincia llamada Lima y en ese viaje, sin tener claro su destino, cargaban la mirada supra terrenal de vivir a orillas del lago. Uno desconoce lo que el ambiente puede impregnar en tu visualidad y despertar en tus neuronas, sellarte la subsistencia entera.

René se formó como pintor y artista visual, en la Escuela de Bellas Artes de Lima, entre pinceles, telas y papeles, escrutando las posibilidades del espacio bidimensional, sin embargo, en algún momento de esta formación, afloró en sus pesquisas, con un ímpetu desbordante, el volumen. No podía huir del designio de sus ancestros, el majestuoso volumen comenzó a aflorar, como una necesidad vital en su obra, como la espuma de las aguas del lago Titicaca de donde salió Wiracocha. Su dominio del volumen se acrecienta en cada obra, con la facilidad plástica con que, en otras ocasiones resuelve una pintura a la acuarela. Un impulso que le supera y lleva a resultados inesperados. Él trabaja en un cubo reducido, sin embargo, la dimensión de ese espacio, no encasilla su vuelo cósmico; incluso, el material endeble como es el cartón frágil, que utiliza para construir sus imágenes, no reduce la fuerza telúrica de sus volúmenes.

René se acondiciona al lugar y material que hoy le ofrece la capital, su economía y la necesidad expresiva. La sencillez de medios y la precariedad de los mismos se fortalecen con cada historia que construye. Una fuerza que le sobrepasa se vale de él para transmitir su relato territorial ajeno a su lugar de nacimiento. Es limeño de nacimiento, no puede dejar que su impronta con el volumen le lleve a esa fuerza andina de sus padres y ancestros.

Cuando hay mucho que decir, las manos libres escribirán a partir del insumo que tenga a su alcance y tal vez en esa acción, el llamado artista, sea sólo un eslabón de una inmemorial historia. Saberlo o no, ya no es importante, dejarse llevar como René, termina siendo la mejor contestación ante esa extraño impulso (Pozuzo, mayo 2024).