Por: Arlindo Luciano Guillermo
La víspera del cumpleaños 78 de Samuel Cárdich, lo visité en su casa. Lo vi lozano, vivaz, conversador, sonriente, lúcido en el diálogo. Me dice que lo visitan muchos amigos; no es para menos. Samuel es poeta auténtico, cuentista moderno, novelista laborioso. En el Samuel Cárdich escritor conviven, con iguales méritos, el poeta, el cuentista y el novelista. Él está contento con la presencia de sus amistades. En algún tramo de la tertulia surgió la literatura. “He escrito un poco de poesía en mi estudio, he leído el libro de Gino Damas”. Le digo que un libro se engrandece por la performance del lenguaje natural o literario. Hablamos del Borges estilista. Efectivamente, el lenguaje es vital, fundamental, el andamiaje del texto, en la creación literaria y el periodismo. No existe literatura sin palabra oral o escrita. Desde que estudié “crónica periodística”, con Eloy Jáuregui, mi escritura dio un giro notable hacia el manejo de lenguaje preciso, persuasivo, con trucos, metáforas, adjetivos corrosivos y enganches. Yo no soy escritor de ficciones, aunque doy la impresión de serlo. Mi trayectoria de 40 años -en octubre de 1985 publiqué mi primer escrito periodístico en la revista Perú de Hevert Laos- siempre ha sido responsable, mi opinión libre dentro del respeto de la ley, el honor del ciudadano, de contribución al debate, al ejercicio del pensamiento crítico y la necesidad imperativa de usar el castellano lo mejor que se pueda. Uno es lo que lee, sabe y habla. Sin la lectura de literatura -principalmente poesía- no escribiría columnas de opinión. La literatura me permite encontrar la ruta de la comunicación, la palabra certera, las posibilidades de escribir con propósito, saber que la belleza, la reflexión y la opinión coexisten.
En La República (8-2-2025), Alberto Guevara publicó Confesiones de un politólogo sin objeto de estudio. Dice: “Escribir una columna política en el Perú de hoy tiene algo de castigo y otro poco de imposible. Cuando se acerca el primer domingo de cada mes –en que debo entregar este artículo— me maldigo por haber asumido tal compromiso. Ahora, se trata de un sufrimiento distinto al que siempre me ha producido escribir. Quiero decir, nunca me ha resultado ni fácil ni placentero escribir. Es una chamba”. Escribir es responsabilidad asumida con el público (lector) y uno mismo (escritor), que, al principio, es sufrimiento, maldición y arrepentimiento, luego satisfacción y solvencia; es una faena intensa. Yo elegí escribir, nadie me obligó, lo hice como si fuera una ocupación paralela a mi desempeño de docente. No es un derroche de inspiración escribir literatura o periodismo. Me imagino que César Hildebrandt redacta su editorial con serenidad ofuscada, elección del tema coyuntural, propósito político y lenguaje pulcro. Samuel Cárdich no compone un poema en segundos; siempre hay un verso matriz, un tópico embrionario, un momento adecuado, una etapa final de redacción. En poesía, la elección de la palabra es crucial, tarea titánica, lucha tenaz, reflexión, nivel de investigación, catarsis personal y cuestionamiento social. Muchos ciudadanos no se atreven a escribir y publicar, no necesariamente literatura, sino opinión pública, con regularidad y de modo sostenible en diarios o redes sociales. Escribir es gran responsabilidad social, comunicación de convicciones políticas y respeto, casi ritual, del lenguaje. Un cuento o un poema, como una columna o un editorial, debe estar estilísticamente bien escrito. Cuando hayan pasado 100 años, el escritor sobrevivirá, junto a su libro, si escribió con lenguaje eternizado en el tiempo y testigo de la historia; lo demás es amnesia e indiferencia. No es lo mismo escribir sobre política (como Alberto Vergara), que lo hace con experticia, análisis acucioso, analogías pertinentes y exhibición de cultura literaria, que escribir una columna sobre reflexión, cultura o reseña de un libro donde el escenario es respirable, gratificante, menos frustrante, uno (el que escribe) se siente como en una florería eligiendo rosas para el aniversario sentimental, sin ignorar el contexto cotidiano.
Alberto Guevara escribe sobre política -asunto público, espinoso, fangoso, difícil de corregir- que, según los manuales, es una “actividad humana que busca domesticar los conflictos que surgen en una comunidad” o “está abocada a impedir la disgregación de la comunidad gestionando o procesando los conflictos (no resolviéndolos, necesariamente)”. Los nombres de Feliza (Alfaguara, 2025) de Juan Gabriel Vásquez tiene un itinerario. Juan Gabriel tenía, en 1982, 9 años. Gabriel García Márquez escribió una crónica genial, en El País, el 18 de enero de 1982, titulada Los 166 días de Feliza. Dice. “La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, se murió de tristeza a las 10:15 de la noche del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París”. Es el punto de partida de la novela. Leyó el texto de Gabo 23 años después. Luego siguieron dos preguntas: ¿quién era esa mujer?, ¿cómo puede alguien morir de tristeza? Después de 27 años dice: “Mis libros siempre se cocinan lentamente, pasa mucho tiempo desde la corazonada hasta la escritura” (Juan Gabriel Vásquez encuentra a la madame Bovary del siglo XX, Berna González Harbour, El País, 10-1-2025). Juan Gabriel concluye: “Si jugamos a los porcentajes, creo que en esta novela [Los nombres de Feliza] hay un 25% de trabajo periodístico, un 25% de investigación de aquel momento histórico y un 50% de novelista”. Escribir una novela demanda tiempo, dedicación y escritura.
No se escribe por placer. No hay un método único para escribir ficciones o periodismo. Quizá en poesía aún funcione la presencia súbita de la musa Calíope, en el periodismo prevalece investigación, indagación, razón y argumento, sin despreciar técnicas narrativas (monólogo, ficción, ironía, dato escondido, hipérbole) ni el lenguaje literario. Yo escribí editoriales, reportajes, hice entrevistas a escritores y políticos. La escritura tiene una secuencia lógica: elección del tema –“soy un cazador o depredador de la realidad”-, investigación, delimitación de propósitos, batalla épica durante la redacción (los tres primeros reglones es la carnada), corrección (hasta siete veces, hoy me apoyo en ChatGPT) y, finalmente, la publicación. El lector recibe un producto elaborado con “titánico esfuerzo”, con peripecias ante el papel en blanco o la pantalla insensible; para el que ha escrito es recompensa orgásmica y acto de solidaridad intelectual. Los escritores publican libros, el lector le da uso, vigencia e inmortalidad. Cien años de soledad sin lectores es un cadáver literario. Quien escribe literatura y periodismo tiene que pensarlo dos veces, darse tiempo, si está dispuesto a leer e investigar. De lo contrario, el resultado será “buena intención”, fiasco, debut y despedida o renuncia, luego de algunos meses o años, como ha sucedido con muchos profesionales. Cuando se lee un texto literario o periodístico estamos ante un trabajo previo, sacrificio, dedicación, obsesión por la corrección. Terminé de escribir esta columna en el Hotel Mandarín, de la ciudad de Lima, el viernes 7 de febrero, a las 11:14 de la noche.




