El estrés financiero, un malestar latente en la sociedad moderna, se manifiesta como una preocupación constante por la inestabilidad económica y la dificultad para cubrir las necesidades básicas. Este fenómeno, exacerbado por la presión social y las expectativas poco realistas, impacta negativamente la salud mental y física de las personas, generando ansiedad, insomnio e irritabilidad. Datos recientes del Banco Central de Reserva del Perú (BCRP) indican que el endeudamiento de los hogares ha aumentado en un 15% en el último año, lo que agudiza aún más esta problemática.
Según la investigación publicada por El Comercio, el estrés financiero se define como el malestar emocional y mental que surge ante la percepción de insuficiencia de recursos económicos para cubrir necesidades, afrontar imprevistos o cumplir expectativas.
Más allá de las apariencias proyectadas en las redes sociales, donde se idealiza el éxito y el consumo, muchas personas luchan en silencio con ingresos inestables y deudas crecientes. Esta disonancia entre lo que se aspira y lo que se puede sostener genera un peso emocional significativo, manifestándose en síntomas como insomnio, ansiedad, irritabilidad y conductas impulsivas. Incluso en momentos de relativa bonanza económica, como la recepción de gratificaciones, el alivio suele ser efímero frente a la acumulación de gastos y la presión por mantener un cierto nivel de vida.
La comparación constante con los estándares idealizados de éxito financiero que se difunden en las redes sociales intensifica esta presión. La psicóloga Madeli Santos señala que las plataformas digitales muestran una versión editada de la realidad, donde el lujo y el consumo se presentan como símbolos de éxito, lo que genera una sensación de insuficiencia y frustración en aquellos que no pueden alcanzar esos estándares. Factores estructurales y generacionales también contribuyen a esta problemática. Los millennials, por ejemplo, enfrentan desafíos particulares como sueldos bajos al inicio de sus carreras, deudas universitarias y la constante presión social por demostrar éxito financiero.
El estrés financiero se manifiesta en diferentes niveles: emocional, físico y conductual. Emocionalmente, se experimenta preocupación constante, irritabilidad, apatía, tristeza, ansiedad y miedo. Físicamente, puede causar dolores de cabeza, tensión muscular, insomnio y cansancio persistente. Conductualmente, se observa la tendencia a evitar la revisión de cuentas o deudas, tomar decisiones impulsivas con el dinero, aislarse socialmente, experimentar cambios en el apetito y dificultad para concentrarse. A largo plazo, este estrés crónico puede conducir al consumo excesivo de tabaco, alcohol u otras sustancias, así como al desarrollo de hábitos nocivos como el endeudamiento compulsivo, lo que agrava aún más el problema económico y emocional.
La relación que desarrollamos con el dinero tiene sus raíces en la infancia y el entorno familiar. Las creencias, actitudes y patrones financieros que observamos en nuestros padres y familiares influyen en cómo gestionamos nuestras finanzas de adultos. Si crecimos en un ambiente donde el dinero era fuente de conflicto o preocupación, es probable que esto condicione nuestra propia forma de vivirlo en la adultez. La educación financiera desde edades tempranas es fundamental para formar hábitos saludables y tomar decisiones responsables que reduzcan el estrés financiero a lo largo de la vida. Implementar un presupuesto claro, evitar gastos innecesarios, ahorrar el 10% de los ingresos mensuales, invertir de acuerdo con el perfil de riesgo y utilizar la tecnología para organizar las finanzas son estrategias clave para recuperar el control y construir una relación más sana con el dinero. Según un estudio de la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS), solo el 20% de los peruanos cuenta con educación financiera básica.




