COMBONIANOS

(…) “Llévame donde los hombres/Necesiten Tus palabras/Necesiten Tus ganas de vivir/Donde falte la esperanza/Donde falte la alegría/Simplemente/Por no saber de ti” (…)

Por Yeferson Carhuamaca

La dicha de servir a los demás, de entregar tu vida por la misión, solo lo conocen los que realmente son hijos de Dios. Todas las tardes de los sábados nos reuníamos en la parroquia, en ese templo donde muchos cuerdos se volvieron locos por un flaco y pelucón, donde, a decir verdad, nos cambió la vida y la vida se convirtió en servir a los demás. Nuestra parroquia, que ya parecía nuestra casa, ya que nuestros padres siempre decían que lleváramos nuestras camas y cosas para quedarnos a vivir ahí, y claro está, muchas veces algunos de nosotros convencidos de dicha petición dudábamos y pesábamos en quedarnos ahí para siempre.

La parroquia de San Pedro, está ubicada entre las faldas de una loma, conocida como Loma Blanca, y en el barrio del mismo nombre, rodeada por los jirones de Independencia, Tarapacá, Mayro y Leoncio Prado, frente al parque del nombre del santo de nuestra iglesia. Por esos días, mis hermanos y yo, solíamos juntarnos en los salones parroquiales, en grupos donde el centro era la comunidad en Cristo, donde jugábamos, cantábamos y también de vez en cuando enjuagábamos nuestros rostros con lágrimas de perdón y abrazos que nos hacían sentir que nunca estaríamos solos. Por esas épocas de jóvenes estudiantes universitarios, mi generación, o sea los que tenían cierta edad similar o que no era grande la diferencia en años, organizábamos todo, junto a los otros hermanos mayores, conocidos como catequistas y sobre todo de aquellos que eran los pilares de nuestra congregación, los sacerdotes Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús, seguramente muchos de ellos, como diría mi gran hermano y amigo Arturo, son Santos que hemos conocido y que a veces los hacíamos renegar y sonreír.

La parroquia, era nuestra casa y tenía padres, o sea aquellos hombres que alguna vez dejaron su hogar, su confort, su familia y amigos; tomaron decididamente una barca, algunas redes, su trabajo, unos remos y se me hicieron a la mar. En aquellos días aprendimos de la calidez y la sonrisa del padre Oscar Gámez, un mejicano que tenía el corazón abierto y de una enorme solidaridad, por esos días también compartíamos con el padre Walter, un alemán sabio y comprensivo, con un dote de humor único y sobre todo su lento hablar, pero preciso que nos conmovía el alma; recordar también al padre Lucho, quien era el más longevo, sin embargo, todas las tardes caminaba hasta el centro de la ciudad con ese caminar lento y pausado, pero seguro, recuerdo que me contaba historias de su niñez allá en los Alpes europeos. Recordar al padre José, o más conocido como Pepe, quien su mirada fija ponía nervioso a cualquiera, sin embargo, así como un rayo de manera rápida se dibujaba una enorme sonrisa debajo de esa barba tupida que lo caracterizaba.

También recordamos aquellos sacerdotes peruanos, como el arequipeño padre Oscar, más conocido como el padre Moyo, quien fuera mi consejero espiritual, mi maestro y sobre todo mi gran hermano y amigo, con su voluntad férrea y su gran habilidad de entonar canciones en árabe o alguna lengua africana, pasábamos horas conversando antes de que inicie la misa; El padre Carlos, un chorrillano si no recuerdo mal, un hombre muy práctico, sobre todo muy servicial y  alegre, un joven más entre los jóvenes. Y a todos los hombres de fe, que nos enseñaron a nuestra generación que el mundo cambia, pero nuestros corazones con Cristo cambian al mundo.

Muchos de nosotros, de aquella generación que ya cumplen entre 25 y 35 años los recordamos, y que todos sus regaños, sus retos, sus oraciones y consejos nos han servido mucho para poder encaminarnos en la tarea más difícil que tiene el hombre, a poder vivir dignamente.

Termino muy triste este texto, pero a la vez dichoso de haber compartido con una vida santa como la del padre Giuseppe Messetti, Pepe, quién Dios en su enorme amor ha llamado a su reino, Vuela alto, padre Pepe.