Escrito por Jacobo Ramirez Mayz
Hace algunos días, tuve unas experiencias que verdaderamente hasta me da asco contarlas. Experiencias que me hicieron reflexionar sobre aquello que muchos medios difunden hasta el cansancio, y sobre lo que nadie les hace caso, esto es, que debemos cuidar nuestro ambiente, que no debemos quemar basura, que no debemos arrojar desperdicios a la calle. Y es que, aun cuando es de amplio conocimiento que estos son actos que demuestran nuestra educación, nuestra cultura, muchas personas hacen caso omiso a las mentadas recomendaciones.
El cochinito. Era este un adolescente, creo que amante del fútbol, porque subió a la combi a la altura del estadio, y porque usaba, además, el que parecía ser, por lo llamativo de sus colores, una suerte de uniforme deportivo. Llevaba consigo una mochila y comía chifles. Nada fuera de lo normal, por lo que volví de inmediato a ocuparme de mis asuntos, que no eran otra cosa que continuar mirando por la ventana cómo el mundo transcurría allá afuera. Sin embargo, apenas terminó de comer el joven en cuestión, ocurrió algo que volvió a atraer mi atención sobre aquel personaje, pues, aprovechando que estaba sentado junto a una de las ventanas, la abrió y arrojó la bolsita a la calle sin el menor escrúpulo. Por si eso fuera poco, sacó luego una gaseosa de la mochila, y, después de beberla desesperadamente, tiró la botella vacía por la ventana, importándole poco que esta se fuera a estrellar contra la pared de una casa, que acabó manchada por los restos de bebida que aún le quedaban. Finalmente, no había cuándo saciase su apetito voraz, comió unos maníes y, cuando terminó, la envoltura siguió el mismo que ya todos habrán de imaginarse.
El cochinón. Debía de andar por los treinta años. Tenía cara de malandrín, y de haber pasado una noche de borrachera. Estaba comiendo chicharrones en bolsa de plástico, de esos que venden por el mercado o por la puerta del cementerio. La grasa rezumaba por los costados de su boca, la misma que, de rato en rato, se limpiaba con el antebrazo. Y, como para redondear la escena, presumo que por el rocoto que estaba comiendo, se chupaba los mocos para que no se le salieran. Consciente, seguramente, de que la situación se le estaba saliendo de control, estiró los dedos, como lo hacen quienes han leído Ese dedo meñique cuando sacan algo de sus carteras o de sus bolsos, y sacó papel higiénico de uno de sus bolsillos. Puso su bolsa a un costado del asiento, se limpió la boca, se sonó los mocos y arrojó el papel a la calle. Como si nada hubiera pasado, volvió a su bolsa, y se comió el mote y se chupó los huesitos que le quedaban, para terminar botando la susodicha bolsa fuera del vehículo, como si fuese la cosa más natural del mundo. Finalmente, cogió una botella de aguajina, que llevaba en uno de sus bolsillos, se la bebió de un solo sorbo, la cerró lo mejor que pudo, y también la arrojó a la calle.
La cochinota. Tenía ella toda la apariencia de ser una cincuentona. Subió al colectivo a la altura de Vichaycoto, llevando consigo algunas bolsas. Se sentó en la parte trasera del carro, sacó su celular y se puso a hablar, mejor dicho, a gritar. El chofer del auto, mi amigo Julio, comenzó a contarme sobre su familia, su trabajo, y así transcurrimos parte del recorrido. El chofer tocaba la bocina a las personas que estaban paradas al borde de la pista, pero nadie hacía parar el carro. La señora, mientras tanto, seguía conversando a voz en cuello, y así llegamos a Colpa Baja, donde existe un letrero, puesto ahí por la municipalidad de Pillco Marca, que dice: “Prohibido arrojar basura a la derecha de la carretera”. El carro avanza y la señora baja la luna y arroja una bolsa negra, la misma que ocasiona un sonido fuerte al chocar con la pista; luego agarra otra bolsa más pequeña y también la vota. Molesto, le digo que eso está prohibido. No me dice nada y continúa hablando con su celular. El carro sigue su recorrido. Entramos a Huancachupac, la señora se despide de su interlocutor e inmediatamente me dice: «Qué mierda se cree usted para reclamarme, acaso usted es el alcalde o el que limpia este lugar. Yo puedo hacer con mi basura lo que quiera ¿o acaso quiere que mi casa apeste con toda esta basura?». Estaba para responderle, cuando ella continuó: «A las personas que recogen la basura les pagan y por lo tanto no es malo botar basura en este lugar, y no me diga nada porque recuerde que yo soy mujer de edad y sé lo que hago; y si me sigue molestando, le puedo denunciar por agresión verbal». Moví la cabeza afirmativamente, y me dije a mí mismo: «Me gustaría saber dónde vive, vieja cochina, para que esta noche vaya a amontonar toda la basura de mi casa en su puerta».


Escrito por Jacobo Ramirez Mayz

