CINCO MONÓLOGOS DE SAMUEL CÁRDICH

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

El monólogo interior se ha legitimado, en lectores y escritores, como una técnica narrativa de la modernidad por excelencia. Samuel Cárdich, talentoso narrador, emplea el monólogo interior en la creación poética. Esto le permite ampliar los límites del poema, con versos largos y la función del relato para conocer la historia literaria. Es el caso de cinco poemas de varios libros de Cárdich: Último brindis en la taberna, La madre, El hijo (De claro a oscuro, 1995), Monólogo del toro de lidia y Soliloquio de un impala a punto de ser cogido por su depredador (Heredar la Tierra, 2018). La voz del “relator lírico” transfiere sobriamente la historia del personaje al lector.  El lenguaje poético jamás decae, el tono intimista y cuestionador se mantiene firme, insobornable, creativo e intrépido.      

Último discurso en la taberna, El hijo y La madre tienen una secuencia lógica: el ebrio deambula por la ciudad en la madrugada, el hijo beodo que libera soledad, amor filial y gratitud y la madre que espera con ansiedad y dolor silencioso. Los tres poemas son monólogos interiores, es decir, el personaje aflora sin tapujos el subconsciente a través de palabras, flashback o escenas retrospectivas que afianzan el discurso presente, imágenes idóneas, metáforas sencillas, adjetivos que revelan connotaciones dramáticas. Último discurso en la taberna revela la desolación y la soledad totales y el vacío de sí mismo que solo una compañía solidaria y más alcohol podrían aplacar momentáneamente. Es la búsqueda infructuosa de un interlocutor (otro ebrio, un trovador, un músico). La segunda persona se dirige al personaje que no oye ni reflexiona, pues solo quiere que lo escuchen y beber más. “Miras en derredor y la única esperanza de vida  /  es la luz de las farolas  /  que titila encima de los árboles de cucarda.  / Un silencio grande de mundo por crear  /  se adensa en el vacío. Un pesado silencio.”   

La madre y El hijo son un contrapunto intenso, tierno por tramos, dramático, de admiración y gratitud mutuos; no hay reproche ni cuentas pendientes. Madre e hijo se extrañan, esperan pacientemente, se buscan; saben que el reencuentro es inevitable.  Ambos poemas tienen una unidad recíproca, complementaria. La madre, “el guardagujas”, habla y el hijo es el interlocutor. “Has recogido tus pasos y llegas  /  calzado de lodo, hediendo a lodo de taberna”.  Es un discurso conmovedor, de impotencia ante el hijo hecho y derecho, de profundo lirismo existencial y simbólicamente trágico. La anciana madre, con reuma y sin fuerzas para ser hacendosa, espera, paciente, en vigilia tenaz, el retorno del hijo extraviado en dudas y alcohol, pero con la suficiente orientación espacial para regresar preciso al hogar y al regazo siempre incondicionales. Le dice la madre al hijo: soldado raso, general que te llevas las medallas, príncipe despótico, lobo. En los versos hay soledad, entrega, renuncia a sí mismo por el hijo, desamparo, sacrificio superlativo y prioridad. “Yo desciendo por ti, yo subo, yo soy tus rodillas.  /  Y hablas de estar solo.  /  Y no sabes,  /  si tú estás una cabeza  /  por encima de cualquier otro pensamiento.” Los últimos versos de La madre anuncian el monólogo del hijo. El poema El hijo es una expiación, una súplica para aliviar el dolor de la madre provocado por los extravíos y la ausencia del hijo. Se dirige a la madre pidiendo indulgencia. Le hace saber que siente soledad, orfandad, vacío existencial y dolor espiritual avivados por la ebriedad. Le dice el hijo a su madre: rosa de mi voz, experta en vendar dolores, “el otro ebrio”, regazo.  “Una y otra vez, tú eres mi lugar  /  Lo sabes por ti: dos pasos adelante  /  y dos atrás, y por los flancos, como un batallón  /  me cierran tus escudos.”

Monólogo del toro de lidia es un alegato contundente contra la corrida de toros, un espectáculo sangriento, brutal, criminal, sádico, donde un animal es expuesto a la ovación y diversión de espectadores delirantes en la tribuna, mientras que el matador con capa y espada, el rejonero sobre un caballo y los banderilleros hieren salvajemente el lomo del toro de lidia antes de la estocada. En el extenso poema, el toro de lidia hace el monólogo, es decir, el poeta aprovecha la prosopopeya para otorgarle al animal la capacidad de pensar con palabras. El toro, que había nacido y vivido libre en la estancia, es conducido, con engaños, a la arena para la faena taurina de donde no podrá escapar, sino muerto, ensangrentado. Dice el toro: “Estoy en orfandad: soy el animal que representa   /  la muerte, aunque sea el único  de los dos  /  que tenga que morir en esta tarde.”  El torero es el depredador; el público, el cómplice. Es un poema de reflexión sobre el respeto por la vida de los animales y frontalmente antitaurino. Soliloquio de un impala a punto de ser cogido por su depredador tiene una perspectiva diferente. El depredador no lo hace por diversión ni sadismo, sino por un instinto de sobrevivencia en la naturaleza, donde predomina la ley del más fuerte. Sin embargo, es comprensible el afecto de Cárdich por la vida de los animales. Dice el impala: “De este trance, solo podría salvarme el azar,  /  pero no será posible. Sin fatalismos,  /  digo: mi suerte está echada,  /  morir sin saber lo que es la muerte,  /  conociendo apenas  el dolor”. El impala –antílope ágil, con cuernos los machos como una lira–  morirá porque es una ley natural; mientras que el toro de lidia morirá en la arena porque así lo dictan las tradiciones y la sociedad indolente.        

Sin duda, estamos ante un gran poeta, el más grande de la segunda mitad del siglo XX, de innegable calidad y solvencia literarias, cuyos libros de poesía han trascendido las fronteras regionales. Samuel Cárdich es un poeta sólido, sostenible en la creación literaria, cuajado, con oficio de orfebre para construir versos y un oficio de arquitecto para diseñar y elaborar el texto poético. Samuel Cárdich es la valla más alta de la poesía de Huánuco. Sé que hay poetas respetables y admirables que escriben con ahínco y perseverancia. Cárdich es, por ahora, la catedral descollante de la poesía huanuqueña, la mayor expresión poética, visible a leguas, del siglo XX y de lo que va del XXI. Leer a Cárdich es una aventura de deleite y asombro estéticos, un modo de ingresar a la intimidad personal y existencial del poeta y admirar el talento poético brillante y prolífico.