Cien (to cincuenta) años de soledad

Por: Jorge Farid Gabino González
Ha pasado medio siglo desde la aparición de Cien años de soledad. Y aunque nadie negaría la indiscutible calidad del García Márquez de antes y de después de la publicación de su más emblemático libro, existe consenso en afirmar que es por Cien años… que su autor se ha ganado un lugar en el Paraíso de los escritores en lengua castellana; a la derecha, desde luego, de don Miguel de Cervantes Saavedra.
No es para menos, desde luego. Claro que, en honor a la verdad, confieso que cuando leí por primera vez el libro, alrededor de los doce años, pensaba todo lo contrario. Que si el autor merecía irse a algún lugar, y cuanto antes, era, literalmente, al mismísimo Infierno. La razón de semejante convicción obedecía, me avergüenza decirlo, a que entonces creía que nadie que dijera, por ejemplo, culo, puta o mierda, tal y como en este libro se hacía, merecía cosa alguna que no fuera el fuego eterno.
Ignoro en qué momento cambié de forma de pensar (o debería decir, mejor, en qué momento comencé a pensar), pero lo cierto es que pocos libros me han abierto tanto los ojos respecto de la poesía que en ocasiones pueden llegar a encerrar estas casi siempre proscritas palabras como lo ha hecho este. Aquí una pequeña muestra de estas voces presentes en Cien años de soledad:
«Para los forasteros que llegaban sin amor, convirtieron la calle de las cariñosas matronas de Francia en un pueblo más extenso que el otro, y un miércoles de gloria llevaron un tren cargado de putas inverosímiles, hembras babilónicas adiestradas en recursos inmemoriales, y provistas de toda clase de ungüentos y dispositivos para estimular a los inermes, despabilar a los tímidos, saciar a los voraces, exaltar a los modestos, escarmentar a los múltiples y corregir a los solitarios.»
«Esa noche los oficiales metieron en una gorra siete papeletas con sus nombres, y el inclemente destino del capitán Roque Carnicero lo señaló con la papeleta premiada. “La mala suerte no tiene resquicios”, dijo él con profunda amargura. “Nací hijo de puta y muero hijo de puta.” A las cinco de la mañana eligió al pelotón por sorteo, lo formó en el patio, y despertó al condenado con una frase premonitoria: -Vamos Buendía -le dijo-. Nos llegó la hora.»
«A la media noche, el general José Raquel Moncada fue sentenciado a muerte. El coronel Aureliano Buendía, a pesar de las violentas recriminaciones de Úrsula, se negó a conmutarle la pena. Poco antes del amanecer, visitó al sentenciado en el cuarto del cepo. -Recuerda compadre -le dijo-, que no te fusilo yo. Te fusila la revolución. El general Moncada ni siquiera se levantó del catre al verlo entrar. -Vete a la mierda, compadre -replicó.»
«Siempre había alguien fuera del círculo de tiza. Alguien a quien le hacía falta dinero, que tenía un hijo con tosferina o que quería irse a dormir para siempre porque ya no podía soportar en la boca el sabor a mierda de la guerra y que, sin embargo, se cuadraba con sus últimas reservas de energía para informar: “Todo normal, mi coronel.”»
«-Esfetafa -decía- esfe defe lasfa quefe lesfe tiefiefenenfe asfacofo afa sufu profopifiafa mifierfedafa. Un día, irritada con la burla, Fernanda quiso saber qué era lo que decía Amaranta, y ella no usó eufemismos para contestarle. -Digo -dijo- que tú eres de las que confunden el culo con las témporas. Desde aquel día no volvieron a dirigirse la palabra.»
Que este medio siglo de la obra cumbre de nuestro autor sirva también para que recordemos que si la poesía de su prosa (que no me digan que es un oxímoron; no, tratándose de él) brilla en ocasiones con un resplandor luciferino, es debido a la simple y sencilla razón de que echa mano de palabras como las arriba aludidas. Y es que estas, de permanecer relegadas al submundo del vocabulario durante más de mil años, han de haberse contagiado del brillo propio de los infiernos. ¿O será, más bien, que son los tales infiernos los que han tomado su brillo de aquellas? Sabrá Gabriel García Márquez, que lo ve todo desde arriba.