CHOFERES EN CONTROL

Por: Orlando Córdova Gómez

Cuando un chofer me ve salir del supermercado cree que soy millonario, pues claro, ¿de qué otra forma podría ser? Porque solo un millonario lleva a casa tantas bolsas llenas de compras. Entonces, lo más lógico es que eleve el precio del pasaje; no es justo que ese tipo gane tanto y le cobre lo mismo que a todos. Es hora de hacer justicia.

Cuando me visto formalmente, con saco y corbata, el chofer considera que vengo de una familia pudiente. Quizá sea un abogado, un empresario, un catedrático, y a esos tipos hay que exprimirles en una carrerita todo lo que tienen. Ese es el castigo por ganar más de lo que deben.

Cuando un chofer me ve con una chica al lado, pues intenta ayudarme a quedar como alguien solvente. Hasta allí son cinco soles, responde. Yo quisiera decirle: «Pero si siempre me cobran tres». Miro a la flaquita que tengo al lado, la odio pues parece coludida con el tipo, y respondo, fingiendo una sonrisa: «claro, no hay problema».

Los choferes creen que todos somos contorsionistas, porque cuando subo al micro y ya estoy fusionándome con otros pasajeros, el tipo sigue diciendo: «¡Apéguense más!»

Cuando tomo un taxi, el chofer parece creer que estoy tan lleno de adrenalina como él, o con sus mismas ganas de morir, porque antes de que pueda decirle el destino ya ha avanzado cinco cuadras. Y así, a 120 km/h tengo que gritar y decir: ¡lléveme a la plaza de armas, por favor!

Los choferes se creen multitareas, porque mientras conducen contestan el celular y si nosotros, los pasajeros, comenzamos a reclamar, hasta se dan el lujo de conducir, hablar por el móvil y discutir.

Los choferes creen que el claxon hace magia, algo así como la vara de Moisés. Toco la bocina y la larga fila de vehículos que me antecede debe retirarse de inmediato, para que pase yo, el elegido, y si hacerlo una vez no funciona entonces uso la sabiduría popular: el que sigue la consigue, aunque lo único que consigo es que los demás también empiecen a tocar las bocinas, originando así una cacofonía salvaje.

Los choferes creen que la calle es su garaje, su local de fiesta y su cancha de fútbol. Basta con ver la petulancia que tienen al cerrar una calle con solo estacionar sus vehículos. Ni un permiso municipal ni una venia comunal; su sola voluntad es suficiente. Atrévanse a criticarlos y se levanta todo el gremio. La calle no le pertenece a nadie, vociferan.

Los choferes creen que son los marginados del país. Algo poco menos que esclavos, que trasladan a los burgueses a sus destinos. Por eso esas caras adustas, enojadas. Sienten que la injusticia es su pan de cada día, pues cómo no, si el pasaje solo cuesta tres soles, o cinco soles, o seis soles, o cuanto les dé la gana dependiendo de la distancia, mientras imaginan que sus pasajeros ganan millones al mes; que duermen rico mientras ellos madrugan; que comen rico mientras ellos se la pasan todo el día en el mecánico; que tienen días libres mientras ellos tienen que trabajar todos los días.  Solo ellos saben lo que es lidiar con la regulación de la autoridad todos los días, que la licencia, que el SOAT, que la revisión técnica, mientras que los transeúntes tenemos libertad ilimitada, no se nos pide nada, ni siquiera respetar las luces del semáforo. Por eso ni un saludo, ni un gracias, por eso no se dan el tiempo de limpiar sus carros o sus motos, porque quieren que convivamos un momento con su ignominia, un momento con el “cliente no tiene la razón”.

Y yo me he puesto a pensar cuándo saldremos a protestar contra ellos. Porque sin darnos cuenta, vivimos bajo su yugo, bajo su dictadura.