Londres. La empresa de neurotecnología Neuralink, fundada por Elon Musk, ha puesto en marcha el primer ensayo clínico en territorio británico de su chip cerebral, con la promesa de devolver independencia digital a personas con parálisis severa. El inicio del estudio marca un hito científico sin precedentes, aunque también revive preocupaciones éticas, sociales y regulatorias sobre la experimentación en seres humanos.
Un salto clínico desde la parálisis hacia el control mental de dispositivos
Tras recibir la autorización de las agencias regulatorias del Reino Unido (MHRA, HRA y HCRW), Neuralink comenzó la fase de reclutamiento de pacientes para el ensayo GB-PRIME. Siete personas con parálisis severa —ya sea por lesiones medulares o enfermedades neurológicas como la esclerosis lateral amiotrófica— serán seleccionadas para participar.
El dispositivo en cuestión, denominado N1, tiene el tamaño de una moneda y está diseñado para registrar señales cerebrales a través de 128 hilos flexibles, más delgados que un cabello humano, conectados a mil electrodos. Estos serán implantados mediante un robot quirúrgico, el R1, con el objetivo de reducir daños y aumentar la precisión en la colocación intracraneal.
Tecnología para restaurar funciones digitales básicas
El objetivo principal es permitir que los pacientes controlen computadoras, teléfonos y otros dispositivos solo con el pensamiento, transformando impulsos neuronales en acciones digitales como mover un cursor o escribir en un teclado virtual.
La investigación incluye una fase inicial de evaluación médica —para medir efectos adversos, infecciones y estabilidad del dispositivo— seguida por un monitoreo de largo plazo que se extenderá al menos cinco años. La iniciativa se apoya en experiencias previas, como la del paciente estadounidense Noland Arbaugh, quien logró navegar por internet y realizar tareas digitales desde su cama tras recibir el mismo implante.
Sin embargo, Arbaugh también reconoció fallos técnicos iniciales, como la desconexión de algunos hilos tras el implante, lo que redujo temporalmente el rendimiento del dispositivo.
Más allá de la discapacidad: los riesgos de la fusión humano-máquina
La visión de Elon Musk con Neuralink va más allá del uso terapéutico. El empresario sostiene que su tecnología permitirá una “simbiosis humano-IA”, con aplicaciones futuras que incluyen comunicación cerebral directa y tratamiento de trastornos como la depresión, el TOC o incluso la ceguera. Tales afirmaciones, sin embargo, carecen por el momento de validación científica formal y han sido recibidas con escepticismo por parte de la comunidad médica.
Investigadores consultados coinciden en que, aunque las interfaces cerebro-computadora (BCI) representan una vía prometedora en neurología, los avances reales aún son limitados. La capacidad actual para decodificar pensamientos complejos es baja, y persisten serios interrogantes sobre los efectos secundarios a largo plazo.
Preocupación por opacidad, seguridad y ausencia de controles independientes
Expertos británicos en neurociencia y bioética han expresado inquietud por la velocidad del proceso clínico y por la falta de publicaciones revisadas por pares que respalden los ensayos. El Dr. Dean Burnett, neurocientífico del Reino Unido, cuestionó la transparencia del proyecto y advirtió que las pruebas en humanos avanzan sin suficiente fiscalización externa.
También hay cuestionamientos sobre la seguridad quirúrgica del implante, especialmente por el riesgo de hemorragias, infecciones o lesiones permanentes en el tejido cerebral. A la fecha, Neuralink no está afiliada a asociaciones médicas internacionales ni se rige por los canales tradicionales de publicación científica.
Privacidad neuronal, desigualdad y manipulación: los dilemas éticos emergentes
Las implicancias sociales del experimento también están bajo la lupa. Los especialistas en neuroética advierten que estas tecnologías podrían crear nuevas brechas de desigualdad, dificultar el acceso para quienes no puedan costearla y generar riesgos de vigilancia o manipulación de pensamientos.
En ese contexto, voces críticas piden marcos regulatorios robustos y una gobernanza ética que proteja tanto a los pacientes como a la sociedad ante avances que podrían ser usados con fines comerciales, políticos o de control conductual.
Un historial cuestionado: ensayos con animales y secretismo corporativo
Pese a su notoriedad global, Neuralink enfrenta una historia cargada de denuncias. Entre 2017 y 2020, múltiples ensayos en animales derivaron en la muerte de primates. Exempleados y grupos animalistas han acusado a la compañía de ocultar evidencias y destruir registros para evitar el escrutinio público.
Aun así, la empresa afirma haber resuelto los cuestionamientos regulatorios y asegura haber reunido más de 1,300 millones de dólares en inversión privada, lo que la convierte en uno de los proyectos neurotecnológicos más financiados del mundo.
Un ensayo con implicancias que trascienden la ciencia
Con el inicio de este ensayo clínico, el Reino Unido se coloca a la vanguardia global en la investigación sobre interfaces cerebro-computadora. Pero más allá de los logros técnicos, lo que está en juego es la capacidad colectiva para establecer límites éticos, políticos y sociales frente a tecnologías que prometen transformar —o intervenir— el funcionamiento más íntimo de la mente humana.
El futuro inmediato planteará preguntas aún sin respuesta: ¿quién regula el pensamiento?, ¿qué ocurre si estos sistemas fallan?, ¿y qué sucede si se convierten en herramientas de poder más que de liberación? Por ahora, el debate apenas comienza.




